La Atlántida en el desierto de Mali

Laatlantida

He visto la película La Atlántida, de G.W. Pabst. Es una película vieja, de 1932, que se conserva moderna en muchos aspectos. Sitúa el continente perdido bajo las arenas del desierto de lo que hoy es Mali, según la novela de Pierre Benoit y las hipótesis francesas del siglo XIX. Hay otras versiones de esta historia, pero esta es la mejor. Dos legionarios franceses, un capitán y un teniente, en viaje de exploración, se despiden de una periodista también francesa que se dirigirá a Tombuctú y se internan en el desierto. Atacados por los tuareg, acaban en una ciudad subterránea, una kasba asfixiante de paredes encaladas, como prisioneros de la reina Antinea.

Los encuadres, la escenografía, proceden de las pinturas románticas. Los tuareg aparecen con sus vestimentas tradicionales, espadas y amuletos con toda autenticidad, o al menos eso parece…

-Y ahora, ¿qué? ¿Váis a pedir rescate? -pregunta el teniente francés al tuareg que le vigila.

-No. No hay rescate. Te vas a quedar aquí -responde el tuareg.

Encarna a la reina de la Atlántida la actriz alemana Brigitte Helm, la protagonista de Metrópolis, de Fritz Lang, donde hacía el doble papel de la ingenua heroína María y el maléfico robot que tomaba sus rasgos. En la película de Pabst, la Antinea del relato, convertida por el destino en reina del desierto, resulta ser en realidad una ex bailarina francesa de can-can…

Nada es lo que parece. Ni en esa historia a veces surreal ni, probablemente, en lo que está ocurriendo en Mali estos días, que no lo es menos. Bajo las arenas existe una Atlántida verdadera de recursos energéticos y minerales. Artículos como los de John Pilger http://www.zcommunications.org/the-real-invasion-of-africa-is-not-news-and-a-licence-to-lie-is-hollywood-s-gift-by-john-pilger, Rafael Poch y el experto en el país Jeremy Keenan http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5637 aportan un montón de claves sobre este punto, los intereses occidentales en Mali y el papel de los islamistas. Y muy oportunamente, en cuanto se confirmaba, en los últimos días, el avance de las tropas franco-malienses hacia el norte, Estados Unidos hacía saber que ha firmado un acuerdo con el vecino Níger para tener allí una base de aviones no tripulados (drones, o zánganos en inglés) que vigilarán los movimientos de los yihadistas en Mali. El acuerdo es lo bastante “amplio” como para permitir (¿acaso el gobierno nigerino es alguien para negarse?) que estos drones de la CIA no sólo espíen a los malos sino que también los maten. De hecho, así ha sido aprobado por la administración Obama en base a una de esas actas de “guerra contra el terrorismo” y a la doctrina vigente de asesinatos selectivos, que a nadie disgusta salvo quizás por del detalle de que en Pakistán han supuesto la muerte de más de 800 personas que estaban en el lugar equivocado en el peor momento. Puede que en el desierto las cosas sean más fáciles pero, ¿y si los yihadistas se ocultan entre la gente de los centros poblados del norte del país?

Igual de aséptica ha sido esta “guerra relámpago” (empezó el 11 de enero), aparentemente sin víctimas por la huida a las montañas de los alqaedos. En realidad, no es así. Los periodistas han tenido que esperar seis y diez días para poder entrar en cada ciudad liberada. Según el diario Libération, no es el ejército francés sino el maliense el que tiene un miedo cerval a que algún que otro periodista pueda ser secuestrado por imprudente. Los lumpenyihadistas tienen todavía once rehenes franceses…, una baza para el futuro. De paso, las tropas se han evitado testigos. Amnistía Internacional, aunque sus observadores lo tuvieron tan complicado como los periodistas, acaba de publicar un informe de lo que ha alcanzado a saber: en la ciudad de Konna los helicópteros franceses han matado civiles –niños incluidos- y los soldados malienses han perpetrado lo que técnicamente se llama “ejecuciones extrajudiciales”, arrojando después a los muertos, que tenían pinta de árabes o de de tuareg, a un pozo. Los yihadistas para entonces ya se habían largado en sus camionetas y sus motos.

De modo que los soldados, a su manera, daban ejemplo a la población civil.

En otras ciudades fronterizas comenzó enseguida la caza de los blancos -los árabes y los tuareg que optaron por no marcharse- y el saqueo de comercios de aquellos que, por convicción o por conveniencia, se pusieron al servicio de los islamistas. Es la venganza por la imposición de la ley islámica.

Pero, además, existe una larga lista de agravios entre los habitantes del norte y los del sur, que no viene de ahora. La misma situación se vive en Nigeria, con 3.000 muertos desde que empezó la guerra con el grupo islamista Boko Haram, en el 2009. Y en Sudán, la guerra entre el norte árabe y el sur negro duró treinta años, hasta que Estados Unidos logró imponer la independencias de lo que hoy es Sur Sudán. Con distintas caras, la historia se repite a todo lo largo de la franja africana del Sahel -en proceso acelerado de desertización, además, desde hace sus buenos treinta o cuarenta años-. Es la herencia, la maldición colonial.

En La Atlántida, el legionario francés protagonista acababa perdido en el desierto.

Apagad la música en Mali!

En el norte de Mali, en las dos terceras partes del país, los islamistas han prohibido la música, incluidos los cantos en los que se alaba al profeta.

La música es el alma de Mali, común a todos sus pueblos, y era hasta ahora su gran producto de exportación. Su Festival del Desierto, que se celebraba desde hace años, era el lugar al que acudían los promotores occidentales y los turistas, atraídos al mismo tiempo por el blues hipnótico de Ali Farka Touré, su gran embajador, la voz de Oumou Sangaré, el embrujo del desierto, el mito de Tombuctú. El Festival se va a celebrar este año “en el exilio”, dicen, http://www.festival-au-desert.org/index.cfm?m=0, cerca de Uagadugu (Burkina Faso), donde por cierto medra estos días, en un hotel que pertenecía –o pertenece aún- a la familia Gadafi, uno de los responsables del desastre de Mali, el tuareg metido a islamista Iyad Ag Ghali, líder de la facción Ansar al Din.

La aviación francesa ha bombardeado, por cierto, el Centro Gadafi, que el dictador libio había hecho construir a las afueras de Tombuctú y que servía ahora de base a los yihadistas de AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico). Y esto es sólo el principio de una larga historia.

No es que los turistas se dejaran en Mali un dineral, pero el legado cultural de Tombuctú, Patrimonio de la Humanidad, el desierto y la música eran una fuente de ingresos imprescindible al menos para una parte del norte de Mali empobrecido y marginado por un gobierno que Occidente calificaba de “democrático”. Cuando todo esto empezó, en el invierno de 2012, la sequía había dejado este enorme territorio, así como toda la inmensa región del Sahel, en una situación peor que dramática. La guerra, y con ella el reclutamiento de jóvenes sin nada qué perder, hizo el resto.

Una gran cantidad de armas y cientos, por lo visto, de camionetas todoterreno llegaron al norte de Mali en cuanto acabó la guerra de Libia. Y, con todo este arsenal, los tuareg que habían combatido al lado de Gadafi. El libio había apoyado las rebeliones tuareg de los años noventa y del 2006 en Níger y Mali, y favor con favor se paga… De modo que los tuareg malienses del Movimiento de Liberación Nacional del Azawad (MLNA) se lanzaron hace ahora justo un año a la conquista de su territorio, que llaman Azawad. En marzo se les sumaron los grupos yihadistas -o lumpenyihadistas, encabezados más por gangsters que por ideólogos, rebotados de la guerra sucia de Argelia, antiguos afgani, aventureros…, extranjeros una cantidad indeterminada de ellos- que pululan por toda la región. En tres días, ocupaban las principales ciudades del norte, echando a patadas al ejército de Mali.

Pero los yihadistas han acabado haciéndose con el poder, a costa del MLNA. Lo mismo intentaron en Libia y lo mismo están intentando en Siria, por cierto. Para los nacionalistas del MLNA, había un límite en sus ambiciones territoriales, una frontera; los islamistas, en cambio, dicen aspirar a dominar todo el país. Por el momento, están ejecutando la vieja aspiración de los fundamentalistas wahabíes de Arabia Saudí que pagan todo tipo de fiestas de este estilo: acabar con la manera en que los africanos entienden el islam.

El momento en que estas facciones se lanzaron a la conquista de un importante aeropuerto en la zona fronteriza entre el norte y el sur fue el que determinó que Francia empezara a bombardearles.

¿Y a partir de ahora, qué?

Abdul Karim Sylla describe con todo lujo de detalles en Mali Actualités http://www.maliactu.net/comment-reconquerir-le-nord-mali/ cómo de desastrosa e interminable puede llegar a ser esta guerra en el desierto. Algo parecido han hecho otros analistas.

Apenas diez días antes de que la rebelión ocupara todo el norte, un grupo de militares chusqueros había dado un golpe de Estado, expulsando al presidente Amadou Toumani Touré (recordemos, un demócrata). Desde entonces, el presidente interino, el matemático y sindicalista Dioncounda Traoré, no levanta cabeza. El líder del golpe, untal capitán Sanogo, destituyó luego al primer ministro Sheik Modibo Diarra, un astrofísico que había trabajado para la NASA y que fue el responsable de Microsoft para toda África. El ejército de Mali está medio descompuesto y corrompido (la argumentación francesa de que hay que entrenarlo no es un pretexto, es real), y se dice que sus jefes cobraban su parte de los rescates de occidentales secuestrados por los chicos de Al Qaeda en toda la región, lo mismo que el ex presidente Touré y el “mediador” en el conflicto del norte, el presidente de Burkina Faso, Blaise Compaoré. Por lo que respecta al capitán Sanogo, ahora que están allá los franceses ya no pinta nada.

Por supuesto, hay muchas razones de fondo que explican todo esto, incluidas algunas teorías de la conspiración que incluyen la desestabilización de Argelia. Todas ellas van a ir emergiendo, espero. La intervención armada africano-occidental, que comienza con toda la pinta de fracasar, estaba prevista desde hacía tiempo. También estaban previstas las gestiones diplomáticas, de las que nada se sabe y que por encargo del secretario general de la ONU corren desde octubre a cargo de don Romano Prodi, ex primer ministro italiano y ex presidente de la Comisión Europea. De semejante nombramiento sólo cabe deducir que se procura que nada prospere.

¿Y qué hay para negociar? El MLNA, los tuareg nacionalistas, dicen que sólo ellos pueden acabar con los yihadistas. Y debe ser verdad. Lo harían a cambio de negociar un estatuto para su territorio del norte. El mencionado Iyad Ag Ghali también podría hacer lo mismo y abandonar a los islamistas. Pero la perspectiva de que los tuareg den pasos hacia su independencia contaminaría enseguida a Níger, a Argelia y Mauritania, y quizás también a los bereberes de las montañas de Libia que lucharon contra Gadafi.

Así que lo más probable es que haya guerra para rato (¿el Afganistán francés?) o que se obligue a los yihadistas a retirarse y esconderse, para volver a la misma situación de antes. Dará entonces tiempo, tal vez, para ir a comprobar cómo los islamistas han destruido el legado cultural de Tombuctú y qué ha sido de sus sesenta bibliotecas centenarias. Pero, ¿volverá la música al desierto?