En la muerte de Sven Hassel

Mi cultura literaria es limitada y se ha ido haciendo a salto de mata. Quizá es debido a que estudié por ciencias, cosa de la que no me arrepiento porque supe muy pronto qué es el ADN. El caso es que, de adolescente, en vez de andar leyendo a García Márquez como estaba mandado y quizás debería haber hecho, leía cosas como las teorías cibernéticas de Norbert Wiener y las novelas de guerra de Sven Hassel. Todo mezclado. Norbert Wiener asesoró a Salvador Allende cuando el presidente chileno intentaba crear una administración moderna del estado (y es que la ciencia tiene más de idealismo y de poesía de lo que la gente cree), pero la escuela de Chicago pudo más. Sven Hassel, que en otro tiempo y otro lugar hubiera sido calificado de escritor de pulps, no tiene que ver con altos ideales pero sí con, digamos, cierta educación sentimental de toda una -amplia- generación.

Sven Hassel murió el 21 de septiembre en Barcelona, donde residía desde 1964. Tenía 95 años. Sus catorce novelas se tradujeron a 25 idiomas, y de ellas se vendieron 53 millones de ejemplares en 50 países, que se dice pronto. Al menos así queda reseñado en su web oficial, www.svenhassel.net De él se ha acordado, en su muerte, la prensa escandinava (era danés) y en España ha habido unas pocas necrológicas, como la de Jacinto Antón -que le conoció- en El País. El Mundo titulaba con gran acierto una breve nota: “..el mariscal del kiosco”. Creo, sin embargo, que somos muchos los que leímos las novelas de esvénjasel editadas por Plaza y Janés, en una época en la que a nadie le llamaban friki por algo así.

La primera, La legión de los condenados, sobre un batallón de castigo del ejército alemán en la II Guerra Mundial, apareció en 1954 y es la única realmente valiosa. El resto -salvo quizás Los pánzer de la muerte– es una repetición constante y sin apenas interés de las aventuras en casi todos los frentes de la guerra europea de un puñado de personajes fijos que, como los héroes de cómic, creaban adicción; muy bien dibujados, más o menos creíbles. Era una narrativa de aquellas que se solían llamar trepidantes. Sven Hassel tenía un gran sentido del ritmo, una gran capacidad de evocar imágenes y de arrastrarte en su relato. Era seco, duro, con un humor perverso, o así nos parecía. Un Hemingway, llegó a escribir alguien (como a mi me gusta poco lo de Hemingway, y el personaje aún menos, la comparación no me molesta).

Pero, ¿cuál fue el gran valor de Sven Hassel, si lo tuvo?

Era una época en que la II Guerra Mundial se resumía en la cultura popular en Hazañas bélicas, Sargento Gorila, artículos de Historia y Vida y una serie de películas de Hollywood donde los americanos, protagonistas, se lo pasaban siempre en grande matando soldados alemanes, que solían ser o nazis fanáticos o estúpidos. Erich Maria Remarque nos era entonces desconocido (hoy también la verdad) y Jünger ni te cuento. Intelectualizar la guerra es tan reprochable como la basura –militarista en el fondo- que nos vendían en el kiosco y en el cine del barrio. Sven Hassel, en cambio, tenía la virtud de contarte la guerra de verdad, la guerra para el que se la trabaja; muy, muy a lo bestia. Y además, desde el otro lado, el de los vencidos. Cuando un tanque aplasta a un hombre, los que van dentro no sienten absolutamente nada, escribía… Llegaron a acusarle de pornógrafo, claro. Él decía que escribía en contra de la guerra, pero ya se sabe que este tipo de cosas son de doble uso. Es posible que entre aquellas lecturas se criara algún que otro filonazi (de hecho, conocí a uno), pero no me parece que fuera la intención del autor: los malos siempre eran los SS y, en el frente ruso, los comisarios soviéticos del NKVD. Desde luego, había cosas más peligrosas que el señor Hassel.

Sven Hassel hizo de su vida un misterio mucho más interesante que su literatura de bolsillo. Su biografía aparece bien detallada por ejemplo en www.exordio.com/1939-1945/codex/verdad-ficcion/sven-hassel.html, con su parte polémica. De ser cierto todo su periplo vital, podía haberle sacado mucho más partido como escritor. Y con tanto nazi que se vino para España… En fin.

No se sabe si al menos La legión de los condenados es autobiográfica ni si el autor tenía algo de farsante. Pero lo que cuenta son las obras. Ahí está Curzio Malaparte, salvando las distancias. La piel y Kaputt fueron dos lecturas de la época, inseparables de las de Sven Hassel: quien leía al uno leía al otro. Malaparte ha sido recientemente recuperado, por cierto. Un espabilado que empezó de fascista e hizo de su vida novela. El escritor Norman Lewis, ya fallecido, me contó que una vez trató de venderle en Nápoles una serie de cuadros robados. Lewis era entonces soldado del servicio de inteligencia militar británico. “Curzio Malaparte era un bribón. Y ese libro, La piel, es una porquería”, me dijo Lewis en tono todavía indignado cincuenta años después. Norman Lewis era, no me cabe duda, un escritor honesto. Su retrato de un Hemingway casi acabado, en Cuba, es un ejemplo de decencia y rigor. Pero lo cierto es que su Nápoles 44 no es brillante como La piel.

“Curzio ejercía de marginal de postín”, escribía hace un par de años Gregorio Morán a propósito de la reedición de Kaputt. Sven Hassel, que venía de pobre, ejerció sólo de marginal.

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