Para (intentar) entender lo de Siria / 1. El empeño de las monarquías árabes por liquidar los regímenes republicanos

(Publicado en La Vanguardia el 3 de Agosto de 2013)

Un empeño incesante parece mover a las monarquías árabes a derrocar -o por lo menos a desearlo- los regímenes laicos, republicanos y nacionalistas, independientemente de que fueran tiránicos o no: Sadam Husein en Iraq, Ben Ali en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y -así lo esperan- Bashar el Asad. No es extraño que, en el mapa de las alianzas regionales contra Damasco, estas naciones de corta historia, escaso concepto del estado y -por razones históricas y de población- gobiernos autoritarios sin ideología, estén surcados de bases militares de EE.UU. Así ocurre en Kuwait, Bahréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, incluso -con la instalación de campos de entrenamiento y misiles Patriot- Jordania.
El filósofo del islam político y fundador del Comité Islámico de Rusia, Geidar Dzhemal, escribía en abril que la principal característicade la guerra siria es que “no es una guerra de clases, no es una guerra por los recursos, no es un conflicto entre distintos clanes criminales (…) Se trata de una guerra totalmente política. La política en este caso adelanta a la ideología, aunque casi siempre ha sido así. En esta situación concreta el conflicto político coincide con el ideológico, lo que subraya lo inevitable del choque directo”.
Es una lectura del enfrentamiento en que ha degenerado Siria: el fundamentalismo suní radical contra todos los demás. A diferencia de los casos de Sadam Husein y el coronel Gadafi, el factor confesional se ha convertido en un eje. Así, las divisiones en el mundo árabe respecto a la guerra siria son notorias en Iraq, donde ésta ha realimentado violentamente el conflicto entre la mayoría suní y los chiíes en el poder, y en Líbano, donde los ataques y atentados entre unos y otros van en aumento. En Bahréin, la mayoría chií ha quedado silenciada por la represión. En Egipto, el derrocado presidente Mohamed Morsi había llamado a luchar al lado de los rebeldes suníes sirios. Arabia Saudí -en su doble condición de aliada estratégica de EE.UU. y de promotora del fundamentalismo- y Qatar, que respalda el islam político de los Hermanos Musulmanes allí donde estén, sea Túnez, Libia o Siria, son quienes financian las milicias islamistas en esta guerra.
Qatar ha sido el gran difusor de la primavera árabe a través de su televisión, Al Yazira. Su rival, el también global canal saudí Al Arabiya, fue el primero en emitir las imágenes del ataque tóxico del 21 de agosto. Por último, la Liga Árabe, engrasada por el dinero qatarí, sirve a estos fines como órgano regional. El miércoles afirmó la “plena responsabilidad del régimen” de Damasco en el ataque químico. A los ocho meses de la rebelión siria, el emir de Qatar (el padre del actual) ya impulsaba el acoso y derribo del régimen. “Yo en su lugar dimitiría”, apuntaba el rey Abdulah de Jordania. La ruptura de Bashar el Asad y el turco Recep Tayyip Erdogan alimentaba esta postura. Para los árabes, según señalaba Hugh Pope, del International Crisis Group, Turquía irrumpía en el mundo árabe tomando partido -apoyando la rebelión siria- a la vez que intentaba imponer “un modelo de dominio regional de cuño otomano”.
Para la izquierda árabe, esta guerra es la mayor tragedia. La izquierda tradicional, para la cual Siria era un baluarte ante el imperialismo y el sionismo, tenía que pechar con la represión brutal de Damasco sin poder excusarla, mientras que los intelectuales más libres observaban preocupados la manipulación de que la rebelión estaba siendo objeto por parte de Arabia Saudí, Qatar, Turquía y Estados Unidos. Finalmente, es esta minoría la que ha acabado teniendo razón, al pensar que los beneficiarios del desastre sirio son precisamente los regímenes árabes a los que señalan como los más retrógrados.

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Ex jefazos de la ONU denuncian el ataque a Siria

Varios ex jefazos de la ONU denuncian en una carta los planes de ataque a Siria y los argumentos más que dudosos con los que pretenden justificarla. De paso, dicen cuatro verdades. Ya era hora de una cosa así, pero ojalá no fueran antiguos jefes sino los actuales (la fidelidad a unos sueldos fantásticos, ya se sabe…).
Aquí va la carta:

ALEGATO POR LA PAZ

Los tambores de guerra vuelven a resonar una vez más en Oriente Próximo, esta vez con la posibilidad de un inminente ataque a Siria después del supuesto uso de armas químicas por parte de su gobierno. Precisamente en momentos de crisis como estos es cuando los argumentos en favor de la paz son más claros y obvios.

En primer lugar, no tenemos pruebas solidas de que el gobierno sirio haya utilizado armas químicas. Aunque los gobiernos occidentales hubieran proporcionado pruebas, tendríamos que permanecer escépticos recordando los muchos incidentes falsos o fabricados utilizados para justificar el precipitarse a la guerra: el incidente del Golfo de Tonkin, la masacre de las incubadoras de Kuwait, la masacre de Racak en Kosovo, las armas iraquíes de destrucción masiva y la amenaza de una masacre en Bengasi. Vale la pena recordar que las pruebas que indicaban que el gobierno sirio había utilizado armas químicas fueron proporcionadas a Estados Unidos por la inteligencia israelí http://www.theguardian.com/world/2013/aug/28/israeli-intelligence-intercepted-syria-chemical-talk
, que no es exactamente un actor neutral.

Aunque en esta ocasión las pruebas fueran auténticas, esto no legitimaría una acción unilateral por parte de nadie. Todavía se necesita la autorización del Consejo de Seguridad para una acción militar. Quienes se lamentan de su “inacción” deberían recordar que la oposición china y rusa a la intervención en Siria se debe en parte al abuso por parte de las potencias occidentales de la Resolución del Consejo de Seguridad sobre Libia para llevar a cabo un “cambio de régimen” en ese país. Lo que se denomina la “comunidad internacional”, que desea atacar Siria, se reduce a dos países (Estados Unidos y Francia) de los casi doscientos que existen en el mundo. No es posible respetar el derecho internacional sin respetar la opinión decente del resto de la humanidad.

Aunque se autorizara y llevara a cabo una acción militar, ¿qué conseguiría? No se pueden controlar seriamente las armas químicas sin tropas de tierra, lo que nadie considera una opción realista después de los desastres de Iraq y Afganistán. Occidente no tiene un aliado verdadero y fiable en Siria. Los yihadistas que luchan contra el gobierno no siente más amor por Occidente que aquellos que asesinaron al embajador estadounidense en Libia. Una cosa es tomar el dinero y las armas de un país y otra muy diferente es ser su genuino aliado.

Los gobiernos sirio, iraní y ruso han hecho propuestas de negociación que han sido tratadas despectivamente por Occidente. Aquellas personas que afirman “no podemos hablar o negociar con Assad” olvidan que se dijo lo mismo del Frente de Liberación Nacional de Argelia, de Ho Chi Minh, Mao, la Unión Soviética, la OLP, el IRA, ETA, Mandela y el CNA, y muchas guerrillas en América Latina. La cuestión no es si se habla o no con la otra parte, sino después de cuántas muertes innecesarias se acepta hacerlo.

La época en la que Estados Unidos y los pocos aliados que le quedaban actuaban como policía global ha quedado atrás. El mundo se está volviendo más multipolar y los pueblos del mundo quieren más soberanía, no menos. La mayor transformación social del siglo XX ha sido la descolonización y Occidente debería adaptarse al hecho de que no tiene ni el derecho ni la competencia ni los medios de gobernar el mundo.

No existe un lugar en el que la estrategia de guerras interminables haya fracasado más miserablemente que en Oriente Próximo. A largo plazo, el derrocamiento de Mossadegh en Irán, la aventura del Canal de Suez, las muchas guerras israelíes, las dos Guerras del Golfo, las amenazas constantes y las sanciones asesinas contra Iraq y ahora contra Irán, la intervención en Libia no han conseguido nada más que aumentar las masacres, el odio y el caos. Sin un cambio radical de política Siria solo puede ser otro fracaso para Occidente.

El verdadero valor no consiste en lanzar misiles crucero simplemente para hacer gala de un poder militar que se ha vuelto cada vez más ineficaz. El verdadero valor reside en romper radicalmente con esta lógica mortífera y, en vez de ello, obligar a Israel a negociar de buena fe con los palestinos, convocar una Segunda Conferencia de Ginebra sobre Siria y discutir con los iraníes su programa nuclear de forma honesta teniendo en cuenta la legítima seguridad y los intereses de Irán.

La reciente votación del Parlamento británico en contra de la guerra así como las reacciones en los medios sociales reflejan un giro generalizado de la opinión pública. En Occidente estamos cansados de guerras y estamos dispuestos a unirnos a la verdadera comunidad internacional en exigir un mundo basado en la Carta de las Naciones Unidas, la desmilitarización, el respeto a la soberanía nacional y la igualdad de todas las naciones.

Los pueblos de Occidente también exigen ejercer su derecho a la autodeterminación: si hay que emprender guerras, se debe hacer basándose en debates abiertos y teniendo en cuenta las preocupaciones que afectan directamente a nuestra seguridad nacional y no en una mal definida noción de “derecho de injerencia” que se puede manipular y falsear fácilmente.

Está en nosotros y nosotras obligar a nuestros políticos a respetar este derecho a la autodeterminación.

Por la paz y en contra de la intervención.

Firmas:

Dr Hans Christof Graf von Sponeck, Secretario General adjunto de la ONU, y Coordinador Humanitario de la ONU para Iraq 1998 – 2000.

Dr. Denis J. Halliday, Secretario General adjunto de la ONU 1994-98

Dr. Saïd Zulficar, funcionario de la UNESCO 1967 to 1996, Director de la División del Patrimonio Cultural 1992 -1996

Dr. Samir Radwan, Fonctionnaire OIT de 1979 à 2003. Conseiller du Directeur général de l’OIT sur les politiques de développement de 2001 à 2003. Ministre égyptien des Finances de janvier à juillet 2011.

Dr. Samir Basta, directeur du bureau régional pour l’Europe de l’Unicef (1990 à 1995). Directeur Bureau d’Evaluation de l’UNICEF (1985-1990)

La semana patética de Obama

La política exterior de Estados Unidos está adquiriendo un grado de inanidad, de insignificancia, inhabitual, por no decir impropio, teniendo en cuenta que tiene menos frentes activos abiertos que nunca en los últimos años. La administración Obama se las ha arreglado muy bien y sin mayores molestias en tres asuntos: las retiradas de Iraq y de Afganistán -que son un hecho- y la política de bombardeos a base de drones en el territorio salvaje de Pakistán sin tener que dar mayores explicaciones, por muy ilegal que sea bajo la propia legislación estadounidense. Y en las fechas más recientes, las amenazas de Corea del Norte, que son pura coña en la que nadie cree, le han venido bien para desviar la atención sobre el único asunto de verdad grave, que es Siria. Tan grave debe ser para Estados Unidos esa guerra que en cuanto ocurre algo más allá de la matanza cotidiana Washington emite señales desconcertantes como nunca.
No hace tanto que se supo que Barack Obama rechazó todas las recomendaciones (y parece que eran unánimes) de meterse en Siria, por lo menos ayudando militarmente de forma abierta a los rebeldes. El argumento hecho público por la Casa Blanca parecía tan cabal y decente como impropio de un estado que ha sido capaz de las más retorcidas operaciones secretas que el mundo ha visto: no sabemos, decía Obama, a quién demonios irían a parar las armas, y sin caen en manos de los rebeldes islamistas vamos dados… Muy bien. Pero hay que ser ingenuo para creerlo. ¿O es que ya no son capaces de entregar una mercancía?
Esta pasada semana hemos asistido a otro discurso patético. El mismo día, el jefe del Pentágono, que responde al curioso nombre de Chuck Hagel (estuvo en la infantería en Vienam), dio una versión sobre las supuestas armas químicas de Bashar el Asad y al cabo de unas horas tuvo que dar otra distinta. ¿Qué había cambiado? Nada. Hagel estaba de gira por los países aliados del Golfo, que son los que pagan la guerra siria para los rebeldes sirios, y la primera vez desestimó los informes israelíes y británicos sobre el uso de gas sarín por parte del régimen. Poco después, John McCain -siempre dispuesto a defender a los débiles- dio cuenta del informe que le remitió, a petición, la Casa Blanca a él y a otro senador sobre el mismo asunto. Chuck Hagel, después de que McCain reuniera a la prensa, tuvo que ponerse más serio y mencionar de nuevo las supuestas “líneas rojas” que el uso de armas químicas supondrían para Estados Unidos y sus aliados, traspasadas las cuales se considerarían legitimados para intervenir militarmente. Pero Obama, entonces, volvió a rebajar el tono, diciendo que hay que investigar más, tenerlo todo claro, etc. En total, nada.
El mismo día en que se producía este lío, The Times de Londres, a través de su enviado especial en Alepo, Anthony Loyd, que es un buen reportero, daba cuenta de la muerte de una familia siria víctima del gas sarín el 19 de marzo. Y apuntaba, muy acertadamente, que Bashar el Asad estaba “probando” a Obama con el uso del arma química a pequeña escala. La prueba, parece claro, ha sido un acierto y El Asad puede sentirse satisfecho de la respuesta de Obama.
Todo esto ocurría al mismo tiempo que se inauguraba en Dallas (Texas) un monumento a la desvergüenza política: la biblioteca George W. Bush, en sí misma un oxímoron, pues no está demostrado que este presidente fuera capaz de asimilar algo más complejo que el cuento de la cabrita que leía a aquellos niños la tarde en que cayeron las torres gemelas. El homenaje aljefe de estado más nocivo que ha tenido el país con diferencia, el tipo que se rodeó de una banda de forajidos especialmente rapaces e irreflexivos, rebajó a Obama a extremos más allá de lo patético. Después del aplauso del hombre que quería enmendar tanto desastre, ¿qué se puede esperar de él?
¿Hay, pues, alguna conclusión? Dificilmente, en cuanto a política exterior y a Siria, que es lo que verdaderamente importa. O bien Obama sabe lo que quiere hacer y, evidentemente, no lo dice, o no tiene la menor idea de lo que hará. Lo que se sabe hasta ahora de los planes de Washington es que 200 militares (quizás sean más) están en Jordania, supuestamente preparando a una fuerza de varios miles de sirios “laicos” dispuestos a entrar en el país. Al otro lado de la frontera -según versiones israelíes- habría unos 250 milicianos integristas venidos de Iraq ocupando lugares clave cerca de los altos del Golán, de tal modo que, entre los islamistas que actúan desde el norte, éstos de la frontera jordana y los que intentan asediar Damasco, no quedaría sitio para los rebeldes “buenos” según el criterio occidental, cuya misión sería crear una “zona tampón” entre Jordania y el territorio que todavía controla el régimen, una idea que evoca el experimento del frente del oeste en la guerra de Libia, que permitió la irrupción en Trípoli por la ruta más corta gracias a una buena fuerza de choque y a buena operación de inteligencia en el interior.
Pero puede que todo llegue demasiado tarde y demasiado mal para la población. De la visita de los saudíes a la Casa Blanca, que se produjo inmediatamente después del atentado de Boston, nada se ha dicho, y nada se dirá.

Apagad la música en Mali!

En el norte de Mali, en las dos terceras partes del país, los islamistas han prohibido la música, incluidos los cantos en los que se alaba al profeta.

La música es el alma de Mali, común a todos sus pueblos, y era hasta ahora su gran producto de exportación. Su Festival del Desierto, que se celebraba desde hace años, era el lugar al que acudían los promotores occidentales y los turistas, atraídos al mismo tiempo por el blues hipnótico de Ali Farka Touré, su gran embajador, la voz de Oumou Sangaré, el embrujo del desierto, el mito de Tombuctú. El Festival se va a celebrar este año “en el exilio”, dicen, http://www.festival-au-desert.org/index.cfm?m=0, cerca de Uagadugu (Burkina Faso), donde por cierto medra estos días, en un hotel que pertenecía –o pertenece aún- a la familia Gadafi, uno de los responsables del desastre de Mali, el tuareg metido a islamista Iyad Ag Ghali, líder de la facción Ansar al Din.

La aviación francesa ha bombardeado, por cierto, el Centro Gadafi, que el dictador libio había hecho construir a las afueras de Tombuctú y que servía ahora de base a los yihadistas de AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico). Y esto es sólo el principio de una larga historia.

No es que los turistas se dejaran en Mali un dineral, pero el legado cultural de Tombuctú, Patrimonio de la Humanidad, el desierto y la música eran una fuente de ingresos imprescindible al menos para una parte del norte de Mali empobrecido y marginado por un gobierno que Occidente calificaba de “democrático”. Cuando todo esto empezó, en el invierno de 2012, la sequía había dejado este enorme territorio, así como toda la inmensa región del Sahel, en una situación peor que dramática. La guerra, y con ella el reclutamiento de jóvenes sin nada qué perder, hizo el resto.

Una gran cantidad de armas y cientos, por lo visto, de camionetas todoterreno llegaron al norte de Mali en cuanto acabó la guerra de Libia. Y, con todo este arsenal, los tuareg que habían combatido al lado de Gadafi. El libio había apoyado las rebeliones tuareg de los años noventa y del 2006 en Níger y Mali, y favor con favor se paga… De modo que los tuareg malienses del Movimiento de Liberación Nacional del Azawad (MLNA) se lanzaron hace ahora justo un año a la conquista de su territorio, que llaman Azawad. En marzo se les sumaron los grupos yihadistas -o lumpenyihadistas, encabezados más por gangsters que por ideólogos, rebotados de la guerra sucia de Argelia, antiguos afgani, aventureros…, extranjeros una cantidad indeterminada de ellos- que pululan por toda la región. En tres días, ocupaban las principales ciudades del norte, echando a patadas al ejército de Mali.

Pero los yihadistas han acabado haciéndose con el poder, a costa del MLNA. Lo mismo intentaron en Libia y lo mismo están intentando en Siria, por cierto. Para los nacionalistas del MLNA, había un límite en sus ambiciones territoriales, una frontera; los islamistas, en cambio, dicen aspirar a dominar todo el país. Por el momento, están ejecutando la vieja aspiración de los fundamentalistas wahabíes de Arabia Saudí que pagan todo tipo de fiestas de este estilo: acabar con la manera en que los africanos entienden el islam.

El momento en que estas facciones se lanzaron a la conquista de un importante aeropuerto en la zona fronteriza entre el norte y el sur fue el que determinó que Francia empezara a bombardearles.

¿Y a partir de ahora, qué?

Abdul Karim Sylla describe con todo lujo de detalles en Mali Actualités http://www.maliactu.net/comment-reconquerir-le-nord-mali/ cómo de desastrosa e interminable puede llegar a ser esta guerra en el desierto. Algo parecido han hecho otros analistas.

Apenas diez días antes de que la rebelión ocupara todo el norte, un grupo de militares chusqueros había dado un golpe de Estado, expulsando al presidente Amadou Toumani Touré (recordemos, un demócrata). Desde entonces, el presidente interino, el matemático y sindicalista Dioncounda Traoré, no levanta cabeza. El líder del golpe, untal capitán Sanogo, destituyó luego al primer ministro Sheik Modibo Diarra, un astrofísico que había trabajado para la NASA y que fue el responsable de Microsoft para toda África. El ejército de Mali está medio descompuesto y corrompido (la argumentación francesa de que hay que entrenarlo no es un pretexto, es real), y se dice que sus jefes cobraban su parte de los rescates de occidentales secuestrados por los chicos de Al Qaeda en toda la región, lo mismo que el ex presidente Touré y el “mediador” en el conflicto del norte, el presidente de Burkina Faso, Blaise Compaoré. Por lo que respecta al capitán Sanogo, ahora que están allá los franceses ya no pinta nada.

Por supuesto, hay muchas razones de fondo que explican todo esto, incluidas algunas teorías de la conspiración que incluyen la desestabilización de Argelia. Todas ellas van a ir emergiendo, espero. La intervención armada africano-occidental, que comienza con toda la pinta de fracasar, estaba prevista desde hacía tiempo. También estaban previstas las gestiones diplomáticas, de las que nada se sabe y que por encargo del secretario general de la ONU corren desde octubre a cargo de don Romano Prodi, ex primer ministro italiano y ex presidente de la Comisión Europea. De semejante nombramiento sólo cabe deducir que se procura que nada prospere.

¿Y qué hay para negociar? El MLNA, los tuareg nacionalistas, dicen que sólo ellos pueden acabar con los yihadistas. Y debe ser verdad. Lo harían a cambio de negociar un estatuto para su territorio del norte. El mencionado Iyad Ag Ghali también podría hacer lo mismo y abandonar a los islamistas. Pero la perspectiva de que los tuareg den pasos hacia su independencia contaminaría enseguida a Níger, a Argelia y Mauritania, y quizás también a los bereberes de las montañas de Libia que lucharon contra Gadafi.

Así que lo más probable es que haya guerra para rato (¿el Afganistán francés?) o que se obligue a los yihadistas a retirarse y esconderse, para volver a la misma situación de antes. Dará entonces tiempo, tal vez, para ir a comprobar cómo los islamistas han destruido el legado cultural de Tombuctú y qué ha sido de sus sesenta bibliotecas centenarias. Pero, ¿volverá la música al desierto?

Qué puede pasar en Siria esta semana

Aquí van algunas ideas de lo que se dice, se colige, se especula que puede pasar en los próximos día en Siria.

En la batalla de Alepo, las tropas de Bashar el Asad está por la labor de expulsar al rebelde Ejército Libre Sirio (ELS) de la ciudad. De lo que ocurre allí sólo hay unas pocas fuentes realmente fiables, las de los reporteros que se han quedado dentro. La campaña de desinformación, de un lado y del otro, ha hecho que, una vez más, sólo nos podamos fiar de los periodistas que se juegan la vida en el sitio, y aun así su acceso al conjunto de la situación no es posible: occidentales y árabes sólo pueden trabajar en la parte rebelde; en la del gobierno, lo hacen rusos e iraníes, y no mucho.

El ejército sirio persigue, al mismo tiempo, acabar con el territorio liberado del ELS junto a la frontera turca, pero van pasando las semanas y sigue concentrado en Alepo. Las incursiones en este sector corren a cargo de la aviación, tan sólo, y en realidad de forma limitada. Según unas versiones, las tropas de tierra no dan más de sí porque están empeñadas en otros frentes secundarios (Alepo no es el único); según otras, la familia Asad todavía no ha sacado todo lo que tienen y muchos soldados permanecen aún en sus cuarteles, porque la guerra será larga…

En cualquier caso, las noticias que se han adelantado para esta semana son muy interesantes, aunque vienen de una fuente ignota… Las ha difundido en inglés un tuitero que afirma ser sirio y que se identifica como The 47th, y dicen que el ELS va a disponer de cohetes portátiles antiaéreos SA-7. Hay otros rumores en el mismo sentido.

Lo de los antiaéreos parece fundamental, porque con ellos se podría combatir a la aviación y frenar así un avance de las tropas del régimen no sólo en Alepo sino en toda la provincia del mismo nombre, limítrofe con Turquía. De otro modo, las fuerzas del presidente El Asad lo tendrían mucho más fácil para cerrar la frontera turca y estrangular a la milicia rebelde.

Estos cohetes portátiles procederían de Libia. Llamados SA-7 en la terminología de la OTAN, son de fabricación rusa y su nombre original es Strelá (flecha). El nombre genérico, en inglés, del artefacto es SAM (misil superficie-aire). En la guerra de Afganistán de los ochenta, los muyaidín utilizaron con mucho éxito la versión americana, los Stinger, contra los helicópteros soviéticos.

Un rebelde libio, con un SA-7. Foto: Patrick Baz / Afp.

Y en Libia, en marzo del 2011, cuando el asedio de Bengasi era inminente, un buen día hicieron su aparición en las azoteas de los cuarteles rebeldes, uno, dos, tres, cuatro… Lograron derribar dos aviones; lástima que uno de ellos era de los propios rebeldes. Fue un triste error, con los tanques de Gadafi a las puertas de la ciudad. Lo pude ver perfectamente desde la calle, a eso de las nueve y media de la mañana del 17 de marzo. Sobrevolaba la ciudad a baja altura, la zona de exclusión aérea acababa de ser impuesta por la OTAN y nos preguntábamos entonces si iba o no a bombardear el cuartel general rebelde, junto al puerto. Pero resultó ser uno de los cuatro cazas que tenían los insurgentes. Ni siquiera se vio cómo subía el cohete para alcanzar el avión, que cayó igual que una cerilla que se arroja al suelo. Precisamente la víspera, un diputado conservador alemán de visita que había sido alcanzado cerca del frente de Brega por una lluvia de morteros –muriendo sus acompañantes libios- discutía con un miembro del Consejo Nacional de Transición la necesidad de cohetes Stinger. Aparentemente, en aquel ambiente de caos y a la vez de secretismo del campo rebelde, ni uno ni otro sabían que los cohetes ya habían llegado a Bengasi.

También en esa misma semana se ha de celebrar en territorio turco una reunión de comandantes rebeldes sirios para unificar de algún modo un mando militar, que hasta ahora parece poco menos que inexistente. En Turquía, el coronel desertor Riad el Asad (sin parentesco con la familia gobernante) se presentó en sociedad en junio del 2011 como jefe del Ejército Libre Sirio, pero no es reconocido (en qué medida no lo sabemos) por los comandantes del interior. Eso sí, su actividad en internet es incesante.

Todo esto nos lo adelanta el mencionado tuitero The 47th. Quienquiera que sea, hasta el momento ha acertado en dos cosas: la deserción del general Mustafa Tlas -viejo amigo de la familia El Asad-, que anunció con 24 horas de antelación,  y la defección de un alto cargo, hace más de una semana. Advirtió entonces que había problemas para sacarlo del país. Se trataba del primer ministro, Riad Hijab, y en efecto el hombre se largó a Jordania más o menos en el plazo señalado.

¿Qué se espera, además de todo esto? Teniendo en cuenta cómo están las cosas –e incluso que estamos en pleno agosto-, las fuerzas exteriores implicadas parecen muy relajadas. Nadie tiene prisa. Si acaso, Irán, que apoya a Bashar el Asad, vuelve a intentar una ofensiva diplomática para no quedarse fuera del concierto. Del viaje de Hillary Clinton a Turquía, y de su insinuación de que a lo mejor se impone una zona de exclusión aérea como en Libia, vale más no hacer caso. Porque es obvio que aquí nadie dice la verdad.

Silencio sobre Siria

¿Por qué este silencio sobre Siria?

Ahora, cuando la guerra ha llegado a Alepo, ciudad Patrimonio de la Humanidad, y se cuentan más de 18.000 muertos, que salen a  un millar por mes desde que el conflicto sirio empezó, puede ser oportuno recordar cómo la (ex) ministra de Exteriores Trinidad Jiménez piropeaba a Bashar el Asad por sus ojos bonitos. Alguien le había dicho que era “un reformista”. Su predecesor en el cargo, Miguel Ángel Moratinos, me dijo hace algo más de seis meses que le sorprendía la actitud de Bashar, inesperada en un tipo “moderno”…  Para entonces ya se había cargado a un montón de gente…, cuánta exactamente no importa, fueran mil o cinco mil. ¿A partir de cuánto hay que empezar a contar? A Gadafi le persiguieron las furias por sólo 250 muertos en la Cirenaica y unos pocos en Trípoli. Italia, preparándose para el cambio de tercio, dijo que eran diez mil…

Bashar el Asad no tiene nada que temer de ninguna amenaza exterior. Ya es demasiado tarde para que se produzca. Supongo que no son muchos los que conocen de verdad a este tipo, posiblemente el más patético de los mandatarios contemporáneos. Ahora me lo imagino divagando, huyendo de la realidad en todo momento posible, quizás colgado de internet allá en su palacio; echando firmas en toda clase de documentos, cargado de hombros por la responsabilidad del clan familiar. Pero sin sentirse en absoluto responsable de la ruina de su país, de la muerte de sus súbditos, que no conciudadanos…

Quien tenga memoria recordará cómo, hace exactamente un año, todo el mundo clamaba  por salvar Bengasi de las bombas de Gadafi. Yo estaba allí entonces y me llegaba el eco. Y tengo, a fin de cuentas, que estarle agradecido a la OTAN. Ahora nadie alza la voz por Alepo, ni un jefe de estado. Lo que dicen los secretarios y ministros y subalternos no lo voy a reproducir aquí porque se resume en un “qué lástima”. Pero señalan que una masacre… pues sí, va a haberla.

Ahora, con la batalla de Alepo, muy oportunamente y de una forma tan ruda como en el fondo previsible, ha aparecido el argumento de oro para justificar el abandono del pueblo sirio (y me refiero por igual al que está a uno y otro lado de la barricada o en ninguno de ellos). Se nos dice que Al Qaeda, los yihadistas, los salafistas, están en Siria, entre los rebeldes.

Resulta, pues, que en esto coinciden todos: el régimen sirio, Estados Unidos, Rusia, todos aquellos convencidos de que en el mundo árabe sólo funciona la mano dura y, por fin, los conspiranoicos de esa supuesta izquierda que es capaz de colgar juntos los retratos de Fidel, Chávez, Gadafi y Bashar como héroes de la lucha antiimperialista.

La noticia no es nueva y el argumento es débil. Lo mismo se dijo en el caso de Libia –con una importante comunidad yihadista que luchó en Iraq y Afganistán, incluido un jefazo de Al Qaeda ya liquidado-, y sin embargo nada impidió las resoluciones de la ONU y la intervención de la OTAN.

En la tragedia siria, las coartadas están a la vista. A Rusia no le gustó nada que se utilizaran las resoluciones de la ONU -en las que convino, absteniéndose- para bombardear Libia. Y la recién estrenada doctrina de la ONU “Responsabilidad de proteger” (a los civiles en una guerra) aplicada entonces quedó tocada seriamente por el cabreo ruso al excederse los aliados occidentales en sus atribuciones. El pretexto ruso ha resultado muy útil para no hacer nada.

A la opinión pública rusa –que cuenta poco- se le vende la arrogancia de EE.UU., que según el Kremlin quiere imponer por las armas cambios de régimen en Oriente Medio. Y al público occidental se le vende que, como Rusia apoya al dictador, no hay nada qué hacer. Pero cuando ya todos están de acuerdo en que a Bashar se le paró el reloj –y los rusos se refieren a los occidentales como sus “socios” en este asunto-, Al Qaeda, que es el enemigo de todos, viene al pelo para que, aunque hubiera acuerdo… ¡mmmh! Casi que no conviene.

Y como los medios de comunicación afines a los gobiernos no agitan el ambiente, nadie sale a la calle a protestar por la matanza de sirios

Parece que nadie quiera acordarse de que todo esto empezó como una revuelta civil, y de que sigue siéndolo en parte, a pesar de del Ejército Libre Sirio, de los yihadistas, los ajustes de cuentas sectarios y las degollinas, etc., etc. El Asad hablaba entonces –en su convencimiento de ser doctor en medicina, concretamente oftalmólogo- de “gérmenes” que infectaban la sociedad; en los últimos meses hablaba ya de “cirujía” para extirpar lo que hiciera falta.

Por último, y por si hiciera falta calmar la decepción general, se suma un argumento más. Resulta que la revolución se ha convertido en una asquerosa guerra de esas que los anglosajones llaman “by proxy”, impulsada a mayor beneficio de agentes externos: Arabia Saudí, Qatar, regímenes oscurantistas, y Turquía, en una complicada operación para estrangular a Irán. De modo que más pronto que tarde sabremos de las barbaridades que habrán cometido los rebeldes armados.

Los motivos reales son historia mucho más compleja. Esto es sólo el cuento.

Pocas bromas con Mahmud Yibril

El hombre que podría ser presidente de Libia

Contra todo pronóstico, los islamistas han perdido las elecciones del 7 de julio en Libia. Los libios no se parecen a sus vecinos egipcios y tunecinos, dicen. Los libios, insistían durante la guerra, son buenos musulmanes pero no fanáticos islamistas. De otro lado, la manipulación de la religión por Moamar el Gadafi bien podría haber generado un sentimiento del todo opuesto a un fervor reactivo, eso está por analizar. La derrota de los islamistas, si la comparamos con su triunfo en Túnez y en Egipto, es bochornosa.

Quizás los libios son unos pragmáticos incontestables y no están para experimentos. Yo me lo creo, porque las brigadas combatientes en la guerra, a pesar de las diferencias y las rencillas, fueron capaces de luchar más o menos unidas y no se han exterminado entre ellas después de liquidar al dictador. Así, estos jóvenes que apenas han sido desmovilizados y que no tienen trabajo, sus padres, cuñados y hermanas están eligiendo como líder del país a un personaje típico de una transición, un hombre puente entre el antiguo régimen y uno nuevo: Mahmud Yibril, un tipo que de entrada no parece agradable ni simpático.

Mahmud Yibril es un hombre con una expresión permanente de hastío y de disgusto hacia cuanto le rodea.  Dicen que carece de sentido del humor (Gadafi eso sí lo tenía, al menos en apariencia) y yo comparto  esa impresión; en todo caso, su humor debe ser ácido. Ha sido descrito por sus rivales como autoritario, opaco y manipulador. Un político de talla, pues. Tanto, que su verdadera aspiración probablemente no es otra que la de convertirse en presidente de Libia.

Quizás esa suma de actitudes que le adorna proceda de la época en que oficiaba de asesor de Saif al Islam Gadafi cuando el heredero se las daba de reformista después de licenciarse en la London School of Economics a golpe de talonario. Entonces Yibril aguantaba las intemperancias del hijo y las del padre, que no quería saber nada de todo aquello. Es politólogo y economista. Se doctoró en la universidad de Pittsburg y dio clases allí mismo.

Yibril les hizo la guerra a los Gadafi desde el principio de la rebelión de febrero de 2011. Fue el jefe de la diplomacia rebelde y ganó la confianza de los franceses, los británicos y los estadounidenses. Pasó casi toda la guerra viajando a pesar de que al mismo tiempo era jefe ejecutivo del Consejo Nacional de Transición, una especie de primer ministro. Al final, tras la toma de Trípoli, sus enemigos políticos y algunos comandantes milicianos le obligaron a retirarse. Lo hizo dos días después del linchamiento de Gadafi. Teniendo en cuenta la época de caos que siguió, la suya se puede entender como una retirada a tiempo

El pasado enero, en Barcelona, durante una entrevista me mostró una tableta con tres diseños para el logotipo de lo que él llamaba un “movimiento cívico” que estaba formando, y que acabó siendo una coalición electoral.

-¿Cuál le gusta más?

Los tres diseños, variaciones del mismo tema, eran más bien pobres y anticuados, algo así como los logos de deportes de los juegos olímpicos. Por contestar algo, le dije cuál me gustaba menos: una silueta que hacia girar el globo terráqueo en sus manos.

-Me recuerda un poco la escena de El gran dictador, de Charles Chaplin.

Yibril sonrió a medias, por el colmillo. Llamó a su lado al flamante embajador libio en España, el poeta Mohamed el Fakih Saleh, y enseñándole la tabla le repitió mi comentario (del cual lo únco que entendí fue la palabra “Chaplin”). Al final descartaría los tres diseños. El logo de su Alianza de Fuerzas Nacionales (ANF) son tres siluetas que avanzan en fila, cada una de un color de la bandera libia, muy sencillo y evidente.

Yibril se quejaba de que sus paisanos no tenían ni idea de lo que son unas elecciones, ni una Constitución, ni un sistema presidencialista o uno parlamentario, ni nada de nada…

Ese era el espacio que podían conquistar los islamistas. Mahmud Yibril temía dos cosas, que les lloviera el dinero de Qatar y de Arabia Saudí, y que los occidentales, ante la ecuación orden/democracia optaran por apoyar como siempre el orden, como ha hecho Estados Unidos en Egipto con los Hermanos Musulmanes.

Al final, el Partido de la Justicia y la Construcción, vinculado a la rama libia de los Hermanos Musulmanes, ha ganado 17 escaños y la Alianza de Fuerzas Nacionales de Mahmud Yibril, 34. Una goleada en todas las ciudades libias, que se hace extensiva además al ex yihadista y comandante militar rebelde de Trípoli Abdelhakim Belhaj: ni un escaño para sí mismo.

Las elecciones tienen truco, de todas formas, y nadie puede asegurar que los islamistas no se hagan con la mayoría en la Asamblea Nacional provisional que se ha de formar, porque la elección por listas de partidos –que es la que ha ganado Yibril- sólo afecta a 80 de los 200 escaños. Los otros 120 corresponden a candidatos independientes, y es ahí donde los islamistas aspiran a sacar partidarios, en una pelea que ya empezó hace días y que ni dios sabe cuándo acabará.

Pero al margen del voto al pariente, al jefe miliciano o al notable del pueblo, es innegable que Mahmud Yibril ha sabido manejar mejor sus recursos. Aunque no era candidato (no podía serlo ningún miembro o ex miembro del Consejo Nacional de Transición que, mal que bien, ha llevado a Libia hasta estas elecciones), colocó su foto en los carteles de su Alianza y salió en la tele todo lo que pudo. ¿Y quién, recién salido de una guerra, no vota al tipo que parece más experimentado y más serio?

Mohamed Sauan, el principal candidato islamista, ha dicho que Yibril ha engañado a la gente porque no era candidato y que no está cualificado para dirigir el país, pero que sería muy útil como  profesor de universidad. Que sepamos, el señor Sauan es un antiguo gerente de hotel, dicho sea con todos los respetos para tan digno menester. De otro lado, algunos electores dijeron a las agencias de noticias (entusiasmadas con la derrota de los islamistas) que no les hace falta que nadie les enseñe religión… Esa había sido una amenaza en toda regla por parte de Mohamed Sauan.

En su primera -y dramática- conferencia de prensa en Trípoli, el 8 de septiembre, Yibril anunció que se retiraría del Consejo Nacional de Transición en cuanto acabara la guerra. Y afirmó: “No tomaré parte en experimentos de gobierno interino”. Lo dijo porque lo echaban, pero también es lo que le convenía. El primer ministro que salga de la Asamblea Nacional durará lo que se tarde en redactar una Constitución. Después de aprobada en referéndum, habrá otras elecciones. Aún no sabemos si sólo parlamentarias o también presidenciales. La Alianza de Yibril no ha dicho qué sistema prefiere, pero probablemente él ya sabe qué clase de presidente quiere ser.

(A continuación la entrevista con Mahmud Yibril de enero de 2011)