Para (intentar) entender lo de Siria / 3. El misil que le falta a Bashar el Asad

(Publicado en La Vanguardia el 6 de Septiembre de 2013)

VladímirPutin ha despejado una incógnita en San Petersburgo: Rusia, principal proveedora de armas a Siria, suspende el envío del sistema de misiles S-300 a Bashar el Asad… aunque ya estaba medio pagado. El sistema S-300 es el equivalente ruso del Patriot estadounidense, misiles de medio-largo alcance capaces de interceptar en pleno vuelo misiles de crucero y aviones de combate; es decir, el mayor obstáculo para el pretendido ataque de Barack Obama a Siria con los Tomahawk. EE.UU. y la OTAN tienen instalados misiles Patriot en Jordania y Turquía.

No se trataba de un misterio, pero en los últimos meses rusos y sirios dejaron margen para la especulación. A finales de mayo, inmediatamente después de que la Unión Europea levantara el embargo de armas a Siria (para apoyar legalmente a los rebeldes), Bashar el Asad dijo que había recibido ya el primer envío de S-300. Rusia afirmó entonces que los S-300 serían “un factor estabilizador”, a lo que Israel respondió amenazando con atacar Siria.

Rusia se desdijo, asegurando que, aunque seguía vigente el contrato (por mil millones de dólares, firmado en el 2011 pero antes de la guerra), la entrega se retrasaba hasta el 2014. Más aún, tras el ataque químico del pasado 21 de agosto, el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, dejó muy claro que Rusia no iba a “entrar en guerra con nadie”. Rusia ha ido evacuando, a lo largo de esta guerra, a sus ciudadanos en Siria, incluido el personal de la base naval de Tartus. Si el S-300 estuviera ya en el país, según el protocolo habitual tendría que ser manejado al principio por los expertos rusos hasta que el cliente sirio estuviera entrenado. Eso sería como entrar directamente en la guerra, y si un ataque norteamericano a una de estas baterías provocara bajas rusas, eso podría ser casus belli.

La agencia rusa Ria-Novosti ha confirmado las palabras de Putin en el sentido de que los componentes entregados -supuestamente en mayo- no son suficientes para poner en marcha una batería de defensa antiaérea. Tampoco Damasco podría haber obtenido el sistema a través de Irán porque Rusia incumplió este mismo tipo de contrato con Teherán y no le envió los S-300. Moscú aplicó el embargo de armas dictado por las sanciones de la ONU contra Irán y suspendió el acuerdo, lo que llevó al Gobierno iraní a denunciar a Rusia ante el Tribunal Internacional de Arbitraje de Ginebra. Los iraníes están desarrollando su propio equivalente al S-300, pero queda lejos de estar listo.

Los planes de intervención en Siria se empezaron a barajar en el Pentágono por orden de Obama oficialmente en marzo del 2012. El esquema inicial era parecido al que se aplicó en Libia en el 2011: imponer una zona de exclusión aérea y abrir corredores para las fuerzas rebeldes. Sin embargo, según explicó al Senado el jefe de Estado Mayor, el general Dempsey, lograr la superioridad aérea en Siria costaría “un periodo de tiempo prolongado y un gran número de aeronaves”, cientos de aviones. Siria no es Libia. La aviación de El Asad es tan obsoleta e ineficiente como lo era la de Gadafi, pero su defensa antiaérea integrada es aparentemente mejor y más numerosa. El primer día de bombardeo de la OTAN sobre Libia se lanzó un centenar de misiles Tomahawk. En el caso de un ataque sostenido a Siria se suma otro problema: es necesaria la colaboración de las fuerzas de tierra para la identificación de objetivos móviles y las comunicaciones. En el caso sirio, ¿en quién hay que confiar?

Todo esto daría sentido a la opción de operación “limitada” a que se ha referido Obama. Existe el precedente de septiembre del 2007, cuando la aviación israelí atacó una supuesta instalación nuclear en Siria, bloqueando la defensa electrónica y los radares durante un breve periodo de tiempo.

Pero queda otro problema. Lo que los rusos sí han tenido tiempo de enviar a Siria es el sistema antibuque Bastión, instalado en la costa pero móvil, que está equipado con misiles supersónicos P-800 Yajont, lo bastante potentes como para hundir un barco a más de 300 kilómetros de distancia. Naturalmente, la Armada de EE.UU., desde cuyos navíos se lanzarían los Tomahawk contra Siria, dispone del sistema antimisil Aegis para protegerse, pero se supone que el misil Yajont está diseñado precisamente para contrarrestarlo…

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Para (intentar) entender lo de Siria / 2. Triple juego en el campo sirio

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ARABIA SAUDI, ESTADOS UNIDOS Y LOS YIHADISTAS, EN UNA INSÓLITA ALIANZA DE INTERESES CONTRA EL RÉGIMEN DE BASHAR EL ASAD

(Publicado en La Vanguardia el 2 de Septiembre de 2013)

El 22 de agosto, al día siguiente del ataque químico en Damasco, el Financial Times publicaba una carta al director firmada por K.N. Al Sabah, de Londres. Decía: “Señor, Irán está apoyando a El Asad. ¡Los estados del Golfo están contra El Asad! El Asad está contra los Hermanos Musulmanes (…) ¡Pero los estados del Golfo son pro-Al Sisi! Lo que significa que están contra los Hermanos Musulmanes! (…) Los estados del Golfo son pro-EE.UU. Pero Turquía está con los estados del Golfo contra El Asad, aunque Turquía está a favor de los Hermanos Musulmanes contra el general Al Sisi. Y el general Al Sisi está apoyado por los estados del Golfo!”
El remitente concluía: “Bienvenido a Oriente Medio y que tenga un buen día”. ¿Confuso? Desde luego. En la carta -que resumimos- el autor concentraba la historia más reciente de Oriente Medio. Pero faltaba el dato más nuevo: EE.UU. está contra El Asad y apoya a los rebeldes sirios, cuya fuerza más importante son yihadistas y asociados a Al Qaeda, que es precisamente el enemigo jurado de EE.UU. En Siria, estos radicales han recibido armas de Arabia Saudí, que es aliado estratégico de EE.UU. en la región. Al mismo tiempo, Barack Obama bombardea con aviones no tripulados a Al Qaeda en Yemen y la frontera afgano-pakistaní (causando por cierto miles de víctimas civiles).
¿Cómo es posible semejante alianza ? En Siria, algunos piensan -o quieren pensar- que Washington aprovecharía el ataque a El Asad para diezmar también a los yihadistas. Otros temen eso mismo. Y observadores exteriores como Robert Fisk creen que no lo hará en absoluto. En el campo de batalla de Siria está la pugna Arabia Saudí-Irán, con sus respectivos aliados EE.UU. y Rusia, en la que Turquía y Qatar aparecen como aspirantes a poderes regionales.
Entre los rebeldes sirios, la filiación islamista ha llegado a ser garantía de recibir armas. Hasta marzo, el tráfico de armas -a través de Turquía y Jordania- era mucho mayor por parte de Qatar que de Arabia Saudí, aunque ambos países colaboraban en las entregas. Pero las cosas han cambiado y el peso de los saudíes, sobre el terreno y en la Coalición Nacional Siria -la oposición política en el exilio-, es ahora mayor.
Todo esto ha coincidido en el tiempo con la abdicación, en junio, del emir qatarí en su hijo y en la sustitución del poderoso ministro de Exteriores y primer ministro, Hamad bin Yazme al Zani, el hombre que llevó a un estado minúsculo a la primera línea de la política regional.
El analista Vijay Prashad observa que desde entonces la política exterior qatarí está en rápida decadencia y señala que Washington cree que la manera de “desinflar” a los Hermanos Musulmanes -a los que antes apoyó indirectamente en Egipto y que están patrocinados por Qatar- es reducir las ambiciones del pequeño emirato. La ecuación también funciona al revés: en Egipto, los Hermanos Musulmanes han sido echados del poder, con lo que Qatar pierde peso, mientras que el partido salafista Al Nur, apoyado por los saudíes, forma parte de la coalición cívico-militar encabezada por el general Al Sisi.
Qatar ha sido enemigo y ha sido aliado de EE.UU. Apoya a Hamas y les puso oficina a los talibanes afganos en Doha, pero también fue un importante socio en el derrocamiento de Gadafi en Libia. La cadena Al Yazira ha sido muy odiada por Washington, pero ahora acaba de inaugurarse el canal Al Yazira América…
Se especuló mucho sobre el interés estadounidense en la caída del gran ministro de Exteriores del viejo emir Al Zani, a la vez que se producía el asenso de John Brennan a jefe de la CIA. En la época en que Brennan fue asesor de Obama en política antiterrorista, según The Wall Street Journal , tuvo de confidente al príncipe saudí Bandar bin Sultan al Saud, que parece ser el hombre del momento.
Amigo de George W. Bush, y de formación estadounidense en su juventud, Bandar desempeñó muchos papeles para EE.UU. en Afganistán e Iraq. Ahora, convertido en jefe de los servicios secretos saudíes, se habría presentado de nuevo como solucionador de problemas , despejando además a Qatar del juego sirio. Se le atribuye haber convencido a Washington de que hay que derrocar a Bashar el Asad y de que eso es posible ayudando con dinero y armas a las milicias menos radicales. Sin embargo, sobre quién ha armado a los más alqaedistas, si Qatar o Arabia Saudí, hay versiones para todos los gustos. Es obvio que quien tiene más medios recluta más combatientes, pero la promesa de controlar e impulsar a determinadas milicias, aceptables para EE.UU., parece cuando menos optimista. Los testimonios recogidos por la periodista Dale Gavlak en el lugar del ataque químico (ver La Vanguardia del 31/IX/2013) afirmaban que Bandar era el proveedor de gas tóxico a los rebeldes (a quienes se les habría ido de las manos , a través de un jefe miliciano saudí.
La reaparición del príncipe Bandar como gestor del ataque de EE.UU. ha servido para desempolvar una pequeña historia sobre petróleo, gas e intereses rusos que podría haber explicado por qué Moscú se ha mostrado tan poco beligerante ante los planes de ataque de Obama.
El 31 de julio, el príncipe Bandar visitó a Vladímir Putin y le ofreció de todo a cambio de que aceptara una resolución del Consejo de Seguridad contra Siria. A saber: conservar la base naval de Tartus, garantías de que los terroristas chechenos no atenten contra los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi, una compra de armas por 15.000 millones de dólares, inversiones en Rusia, un pacto para regular el precio del petróleo y la promesa de que Arabia Saudí no permitiría a los estados del Golfo (léase Qatar) exportar gas a través de Siria dañando los intereses de Rusia.
Los medios rusos filtraron esta oferta y el diario beirutí As Safir la publicó con un sospechoso lujo de detalles y citas textuales, atribuyéndola a un diplomático occidental en Líbano. La intención, según Vitali Naumkin, del Instituto de Oriente de la Academia de Ciencias rusa, era “desacreditar a Rusia” y crear dudas sobre su posición respecto a Siria. Pero Putin no iba a ceder por vender 150 carros de combate T-90 (España espera que los saudíes compren 250 carros Leopard), ni tampoco iba a aceptar que quienes financian a los chechenos le cuiden la granja… Tampoco un acuerdo sobre el precio del petróleo le interesa, según The Daily Telegraph .
Y en cuanto al gas… En el 2009, Qatar estudió con Turquía la construcción de un gasoducto. El objetivo era, una vez más, contrarrestar el peso del gas ruso en Europa. Había dos rutas posibles. Pasando siempre por Arabia Saudí, una llegaría a Turquía por Iraq y la otra, por Jordania y Siria. Esta última era entonces la más segura. Pero Damasco no firmó, y optó por un gasoducto Irán-sur de Iraq-Siria en el que habría inversión rusa. Si existe un pacto por parte de Rusia, no parece ser el del príncipe Bandar. Pero en todo lo que respecta a Oriente Medio, la cuestión no es otra que el petróleo y el gas.

Para (intentar) entender lo de Siria / 1. El empeño de las monarquías árabes por liquidar los regímenes republicanos

(Publicado en La Vanguardia el 3 de Agosto de 2013)

Un empeño incesante parece mover a las monarquías árabes a derrocar -o por lo menos a desearlo- los regímenes laicos, republicanos y nacionalistas, independientemente de que fueran tiránicos o no: Sadam Husein en Iraq, Ben Ali en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y -así lo esperan- Bashar el Asad. No es extraño que, en el mapa de las alianzas regionales contra Damasco, estas naciones de corta historia, escaso concepto del estado y -por razones históricas y de población- gobiernos autoritarios sin ideología, estén surcados de bases militares de EE.UU. Así ocurre en Kuwait, Bahréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, incluso -con la instalación de campos de entrenamiento y misiles Patriot- Jordania.
El filósofo del islam político y fundador del Comité Islámico de Rusia, Geidar Dzhemal, escribía en abril que la principal característicade la guerra siria es que “no es una guerra de clases, no es una guerra por los recursos, no es un conflicto entre distintos clanes criminales (…) Se trata de una guerra totalmente política. La política en este caso adelanta a la ideología, aunque casi siempre ha sido así. En esta situación concreta el conflicto político coincide con el ideológico, lo que subraya lo inevitable del choque directo”.
Es una lectura del enfrentamiento en que ha degenerado Siria: el fundamentalismo suní radical contra todos los demás. A diferencia de los casos de Sadam Husein y el coronel Gadafi, el factor confesional se ha convertido en un eje. Así, las divisiones en el mundo árabe respecto a la guerra siria son notorias en Iraq, donde ésta ha realimentado violentamente el conflicto entre la mayoría suní y los chiíes en el poder, y en Líbano, donde los ataques y atentados entre unos y otros van en aumento. En Bahréin, la mayoría chií ha quedado silenciada por la represión. En Egipto, el derrocado presidente Mohamed Morsi había llamado a luchar al lado de los rebeldes suníes sirios. Arabia Saudí -en su doble condición de aliada estratégica de EE.UU. y de promotora del fundamentalismo- y Qatar, que respalda el islam político de los Hermanos Musulmanes allí donde estén, sea Túnez, Libia o Siria, son quienes financian las milicias islamistas en esta guerra.
Qatar ha sido el gran difusor de la primavera árabe a través de su televisión, Al Yazira. Su rival, el también global canal saudí Al Arabiya, fue el primero en emitir las imágenes del ataque tóxico del 21 de agosto. Por último, la Liga Árabe, engrasada por el dinero qatarí, sirve a estos fines como órgano regional. El miércoles afirmó la “plena responsabilidad del régimen” de Damasco en el ataque químico. A los ocho meses de la rebelión siria, el emir de Qatar (el padre del actual) ya impulsaba el acoso y derribo del régimen. “Yo en su lugar dimitiría”, apuntaba el rey Abdulah de Jordania. La ruptura de Bashar el Asad y el turco Recep Tayyip Erdogan alimentaba esta postura. Para los árabes, según señalaba Hugh Pope, del International Crisis Group, Turquía irrumpía en el mundo árabe tomando partido -apoyando la rebelión siria- a la vez que intentaba imponer “un modelo de dominio regional de cuño otomano”.
Para la izquierda árabe, esta guerra es la mayor tragedia. La izquierda tradicional, para la cual Siria era un baluarte ante el imperialismo y el sionismo, tenía que pechar con la represión brutal de Damasco sin poder excusarla, mientras que los intelectuales más libres observaban preocupados la manipulación de que la rebelión estaba siendo objeto por parte de Arabia Saudí, Qatar, Turquía y Estados Unidos. Finalmente, es esta minoría la que ha acabado teniendo razón, al pensar que los beneficiarios del desastre sirio son precisamente los regímenes árabes a los que señalan como los más retrógrados.

De cómo Guatemala hizo justicia y dio ejemplo al mundo

Moisés Castillo / AP

Moisés Castillo / AP

Ríos Montt se hacía llevar, así me lo contaron, el desayuno del hotel Panamerican. Algo avejentado, rancio y oloroso en sus maderas y sus rincones con detalles de artesanía, sus camareros de miradas bajas y ropas seudofolklóricas, ese es mi recuerdo del Panamerican, en el mismo centro caótico, polucionado y ansioso de la Zona 1 de Ciudad de Guatemala. Es un hotel con solera donde concertar encuentros. Y el desayuno, huevos, frijoles, queso blanco, plátano, tortillas de maíz, el café más suave del mundo, es una comida completa; no es algo que me pareciera al alcance de cualquiera. Ahora, espero que a Ríos Montt no se lo lleven a la cárcel de Matamoros (aunque nunca se sabe).
José Efrain Ríos Montt, general del ejército, reconvertido en pastor evangélico insolente y hombre fuerte del país en ropas civiles, ha sido condenado a 50 años de cárcel por genocidio y 30 años por crímenes de lesa humanidad. En razón de las leyes de Guatemala, la pena se reduce a 50 años. El condenado cumplirá 87 en junio.
Ríos Montt era tan insignificante, en términos relativos, en el ámbito de los gobernantes criminales, y Guatemala es tan pequeña e importa tan poco en el mundo si no tiene la atención de Estados Unidos, que el proceso del general no les ha importado lo más mínimo a los medios de prensa. Hasta que le han condenado. Nunca hasta ahora ningún ex dictador, ningún ex gobernante había sido juzgado y condenado por genocidio en su propio país y por sus propias leyes. La excepción es el proceso a los jemeres rojos en Camboya, que aún no ha concluido y cuyo líder, Pol Pot, escapó a la justicia muriéndose a tiempo.
El Tribunal Penal Internacional con sede en La Haya, que de momento tan sólo ha sido capaz de abrir proceso a asesinos de baja graduación de las guerras africanas, debería reflexionar ahora sobre sus ambiciones y sus alcances. Especialmente, después de que aceptara una acusación motivada políticamente y escasa de pruebas fehacientes contra el coronel Gadafi, su hijo y su cuñado, que fue manejada por un fiscal de opereta, conocido como protagonista de un programa de juicios en la televisión argentina.
Lo que ha sucedido en Guatemala es histórico (esta vez este calificativo tan manido es fidedigno), y también es una lección de valentía y perseverancia que, en un país extremadamente violento, donde el poder de los militares hasta sido total hasta anteayer, parecía impensable. De hecho, tres semanas atrás, una trifulca legal entre el tribunal que juzgaba a Ríos Montt y la Corte de Constitucionalidad a cuenta de un lío con la defensa, no apuntaba a nada bueno. Y sin embargo…
A la jueza Jazmín Barrios, que al leer la sentencia señaló que no habría paz en Guatemala sin justicia, le lanzaron granadas a su casa hace doce años cuando abría el juicio por el asesinato del obispo auxiliar de Guatemala Juan Gerardi, el hombre que fue capaz de señalar por escrito a toda la casta militar. Gerardi estuvo a cargo del informe Nunca más sobre los 36 años de guerra en el país, guerra civil, si se quiere, o guerra contrainsurgencia desde el punto de vista de los generales, que se fueron relevando en el poder, el peor de los cuales en aplicar una política de “tierra arrasada” -ya establecida por sus predecesores- fue Ríos Montt.
Al obispo Gerardi lo mataron poco después de la presentación del informe, en 1998, dos años después de un acuerdo de paz con las guerrillas que los sucesivos gobiernos del país no han cumplido más que en un 30%. Se trata de un informe bastante técnico, pero señala, por ejemplo, cómo el ejército en determinadas zonas del llamado Triángulo Ixil (de los mayas ixiles), en el corazón del país, evitaba enfrentarse con la guerrilla para dedicarse a masacrar a la población civil. Es lo que en términos de contrainsurgencia se llama quitarle el agua al pez (el pez era el indígena armado), y supone quemar viviendas y campos de cultivo, talar bosques, expulsar a la población, , violar mujeres, desventrar embarazadas y descalabrar bebés, mutilar hombres, robar niños… Todo ello según planes definidos: el Plan Sofía, el Plan Victoria 82, el Plan Firmeza 83… Se cuentan 200.000 muertos y desaparecidos en esos 36 años de una guerra larga y lenta, que no recibió ni mucho menos la misma atención mediática que las de Nicaragua y El Salvador y cuyas víctimas eran mayoritariamente indígenas.
Ríos Montt, como general presidente (por golpe de estado) entre marzo de 1982 y agosto de 1983 (hasta otro golpe de estado que le derrocó) fue el más sanguinario. La condena por genocidio sólo hace referencia, sin embargo, a 1.771 muertes y al desplazamiento forzado de decenas de miles de personas. Sin embargo, bajo su mandato hubo 440 masacres, con 12.000 muertos y unos 3.000 desaparecidos. Nunca llegó a dejar del todo el poder. Gobernó (es un decir) a la sombra de presidentes civiles y, bajo una apariencia de país democrático sobre el que no se discutía a escala internacional, en el año 2000 Ríos Montt era nada menos que presidente del Congreso.
En 1999, Rigoberta Menchú, 17 organizaciones civiles, quince acusaciones particulares y el propio procurador de derechos humanos de Guatemala presentaron una querella ante la Audiencia Nacional española contra Ríos Montt y otros dos generales, su predecesor en el poder, Fernando Romeo Lucas García, y su sucesor, Óscar Humberto Mejía Víctores. Aprovechaban el tirón del “caso Pinochet”, abierto tres años antes. El juez Guillermo Ruiz Polanco admitió la querella. Pero la intervención de Eduardo Fungairiño, el fiscal jefe de la Audiencia de infausto recuerdo (se oponía asimismo a admitir los casos contra Pinochet y los militares argentinos), resultó fatal. Fracasó un recurso ante el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional se desentendió del caso. Máximo Cajal, que estaba al frente en 1980 de la embajada que sufrió el asalto criminal de los militares, había testificado ante el juez Ruiz Polanco, dispuesto a participar en el proceso. Al socialista Cajal, embajador en Suecia, en Francia, en la OTAN…, José María Aznar lo había ninguneado en público y marginado como cónsul en Montpellier.
Por las mismas fechas en que Fungairiño argumentaba, para rechazar el caso en España, que en Guatemala había “voluntad de justicia”, ocho miembros de la judicatura guatemalteca huían del país por amenazas, un juez era linchado y la casa de la presidenta de la Corte de Constitucionalidad, Conchita Mazariegos, era tiroteada por meterse con Ríos Montt.
Ríos Montt, presidente del Congreso, manipuló con los diputados de su partido una ley sobre venta de bebidas, y ante el intento –valeroso- de la Corte Suprema de quitarle la inmunidad por esa ilegalidad cometida, intentó modificar las leyes parlamentarias para evitarlo. La jueza Mazariegos logró entonces imponer el desafuero, sin duda con el respaldo moral de las causas abiertas no sólo en España sino también en Bélgica. Pero salió mal. Tanto, que la propia Corte de Constitucionalidad permitió, por cuatro votos a tres, que Ríos Montt presentara su candidatura a la presidencia en el 2003. No ganó, desde luego; obtuvo un 18%.
El caso volvió a España en el 2005, gracias a una resolución del Tribunal Constitucional. Durante cuatro años, el juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional, estuvo recibiendo testigos. Pero la Corte de Constitucionalidad guatemalteca tan pronto aceptaba como rechazaba extraditar a los acusados, que nunca llegaron a Madrid. Por fin, la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, impulsada –con gran preocupación y prisas- a raíz del intento de procesar en España al ex ministro de Defensa israelí Beniamin Ben Eliécer por un criminal bombardeo de Gaza en 2002, dejó el asunto definitivamente en Guatemala.
En enero de 2012 Ríos Montt acabó su mandato como diputado y perdió por fin la inmunidad parlamentaria. Sobre él cayeron entonces las denuncias presentadas en los tribunales de Guatemala.
Es una cruel paradoja que Fungairiño haya acabado de algún modo teniendo razón cuando afirmó, como argumento para rechazar el caso, que en Guatemala había “voluntad de justicia”. La ha habido. Pero esa justicia ha costado presiones, amenazas, atentados y asesinatos, tanto a miembros de la judicatura como a defensores de los derechos humanos, periodistas, ciudadanos… Y aún sorprende más este triunfo de la justicia en un país que en la década pasada alcanzaba grados de violencia superiores a los de los años de la guerra. Sobre esta violencia extendida y enquistada ha reflexionado mucho el escritor Rodrigo Rey Rosa en sus breves, afiladas novelas (una lectura que recomiendo), pintando un panorama poco menos que desesperanzado.
Durante años he recibido los informes mensuales del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), una oenegé dedicada sobre todo a los desaparecidos, que son del orden de los 45.000. Al principio, era alentador -e incluso daba envidia, visto desde España- que, con los acuerdos de paz todavía muy recientes se descubrieran y se abrieran las fosas comunes de la guerra. Luego empezaron a llegar los listados cargados de cifras con las víctimas de todo tipo de violencia, política, criminal, civil. Y los números eran cada vez más elevados. Al final, de año en año, uno los leía con profunda desazón.
El magistrado español Carlos Castresana, parte de cuyo trabajo en Guatemala consistió en ayuda al imperio de la ley, me dijo a finales de 2009 que, en efecto, “el número de muertes violentas no ha dejado de crecer desde los acuerdos de paz”. Y enumeraba los totales durante el mandato de cada presidente: 12.000 con Álvaro Arzú, 14.000 con Alfonso Portillo, 21.000 con Óscar Berger, cerca de 25.000 con Álvaro Colom. “Son cifras prácticamente de conflicto; no son cifras de un país en paz, teniendo en cuenta que no llega trece millones de habitantes”. Castresana, uno de los iniciadores de las causas contra Pinochet y los dictadores argentinos desde la Unión Progresista de Fiscales, había recibido el encargo de la ONU de dirigir la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala.
“Me preocupa -decía- un dato muy significativo que me gusta repetir: el país consume el doble de munición que durante la guerra; en aquella época eran 25 millones de balas al año y ahora son 50 millones. ¿Dónde se disparan? Es obvio que una buena parte se destina al contrabando pero otra se dispara en el país, y eso significa que hay un conflicto, que no lo es en el sentido legal y político del término pero sí de otra naturaleza que está pendiente de resolver.”
La violencia generalizada tenía dos aspectos. Uno, la violencia doméstica, que costaba la vida a 700 mujeres al año. En Ciudad Juárez (México), señalaba Castresana, “estamos hablando de 400 mujeres en diez años”, señalaba. En Guatemala, “a la mujer no la mata un extraño. la mata su marido, su novio, su padre, su conviviente, su compañero de trabajo, su jefe…” El otro aspecto: la colusión de delincuencia común y crimen organizado, local y transnacional -el narcotráfico. La particularidad estaba en el origen o la raíz del crimen organizado en buena parte. Como suele ocurrir siempre, los paramilitares -si los hay, y en Guatemala los había- y los servicios de inteligencia acaban creando su red mafiosa.
El último informe del GAM, referido al periodo de enero a abril de este año, registra 2.129 muertes violentas, un 12,2% más que el año anterior en las mismas fechas, y un aumento de la violencia contra los niños del 23% y contra las mujeres, del 18,9% mes a mes. Carlos Castresana, constatando un índice de impunidad del 98%, es decir, tan sólo un 2% de los casos se resuelven, llegaba a decir que “en Guatemala el sistema de justicia se puede considerar casi colapsado”.
¿Cómo fue posible, entonces, que en este ambiente se dieran las condiciones para perseguir a Ríos Montt?
“Bueno…, algunos jueces están funcionando”, me dijo sencillamente Mario Polanco, coordinador del GAM, cuando le pregunté si es que se había producido un milagro. A las juezas Carol Patricia Flores e Iris Jazmín Barrios les cabe sobre todo el mérito por su valentía. Pero, además, Polanco apuntaba a la existencia de una nueva generación tanto en los puestos de la judicatura como en el ejército. Fue significativo que en la Sala A del Tribunal de Alto Riesgo (no es broma, se llama así), los militares que acompañaban a Ríos Montt salieran momentos antes de que se dictara sentencia, un signo claro de que le abandonaban. “El ejército ha cambiado –decía Polanco-. Y, aunque los militares se protegen entre ellos, hay posibilidad de señalarlos”. Un factor que ha debilitado a los militares es el hecho de que saliera a la luz el saqueo que llevaban a cabo de los fondos de Defensa: hasta el equivalente a 150 millones de euros entre 2005 y 2009. Uno de ellos es hijo de Ríos Montt, Enrique Ríos Sosa.
Por otro lado, la oligarquía guatemalteca ya no forma un todo monolítico. Continúa asegurando que no existió el genocidio, pero ya no puede impedir el debate público. La necesidad de una apariencia democrática es mayor. Y el antes todopoderoso Ríos Montt ya no es digno de ser salvado. Los otros dos encausados principales no cuentan: Romeo Lucas murió en su exilio de Venezuela y Mejía Víctores se ha librado consiguiendo ser declarado loco. “Pero no lo está, ni tampoco en silla de ruedas: se pasea…”
Las amenazas a la judicatura van a seguir, desde luego. El mayor riesgo, señala Mario Polanco, es que el año próximo tiene que haber cambio de magistrados “y las mafias quieren tomar el control”: los propios militares, los narcos, e incluso el llamado “rey del tenis”, Roberto López Villatoro, un ex yerno de Ríos Montt que se ha hecho rico importando zapatillas deportivas, al parecer falsificadas. Carlos Castresana ya se enfrentó con ese fenómeno de asalto a la justicia: la ONU se tuvo que hacerse valer para detenerlo, y fue complicado porque, al fin y al cabo, estaba injiriendo en asuntos internos del país. Castresana denunció a López Villatoro y a cinco de un total de ocho magistrados propuestos para el Tribunal Supremo, cuatro de los cuales formaban un grupo de interés vinculado al “rey del tenis”.
Quedan todavía bastantes criminales por procesar. Uno es Benedicto Lucas, hermano de Romeo Lucas y de 80 años. Y otro es nada menos que el actual presidente de la república.
General retirado, Otto Pérez Molina ha sido señalado por organizaciones de derechos humanos guatemaltecas y estadounidenses como uno de los responsables de la masacre de Nebaj –una de las localidades del Triángulo Ixil- en septiembre de 1982. También se le vincula al asesinato del obispo Juan Gerardo. Se trata de organizaciones pequeñas y poco importantes, según Pérez Molina. Un solo testigo, protegido por la fiscalía, un mecánico de un batallón de Ingenieros presente en Nebaj llamado Hugo Reyes, declaró contra él en el proceso a Ríos Montt identificándole como el mayor Tito Arias, el nombre con el que Pérez Molina, graduado –cómo no- en la siniestra Escuela de las Américas, era conocido en aquel entonces.
Es un solo testigo, ha dicho en esta ocasión el presidente. Podían haber sido dos: el periodista norteamericano Allan Nairn, que cubría la guerra en aquellos años, no pudo testificar, según él mismo ha declarado en televisión, por el temor a que Pérez Molina detuviera todo el proceso a Ríos Montt. Protegido por su acceso a la presidencia, en noviembre del 2011, Otto Pérez Molina puede permitirse decir que respeta “las instituciones de justicia” y que no tiene “ningún problema” en pedir perdón en nombre del Estado. “Por ahora es intocable –dice Mario Polanco-. Y hace falta reunir más pruebas”.
Antiguo alumno de la siniestra Escuela de las Américas –donde Estados Unidos formó a una generación de torturadores latinoamericanos-, Otto Pérez Molina contaba con el beneplácito de La Embajada para que un general octogenario, útil ya para nada, fuera empapelado, y tiene el mejor escudo posible, que es el que han dado las urnas. Pero todo dependerá de lo que haga en el tiempo que le queda de mandato.

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La semana patética de Obama

La política exterior de Estados Unidos está adquiriendo un grado de inanidad, de insignificancia, inhabitual, por no decir impropio, teniendo en cuenta que tiene menos frentes activos abiertos que nunca en los últimos años. La administración Obama se las ha arreglado muy bien y sin mayores molestias en tres asuntos: las retiradas de Iraq y de Afganistán -que son un hecho- y la política de bombardeos a base de drones en el territorio salvaje de Pakistán sin tener que dar mayores explicaciones, por muy ilegal que sea bajo la propia legislación estadounidense. Y en las fechas más recientes, las amenazas de Corea del Norte, que son pura coña en la que nadie cree, le han venido bien para desviar la atención sobre el único asunto de verdad grave, que es Siria. Tan grave debe ser para Estados Unidos esa guerra que en cuanto ocurre algo más allá de la matanza cotidiana Washington emite señales desconcertantes como nunca.
No hace tanto que se supo que Barack Obama rechazó todas las recomendaciones (y parece que eran unánimes) de meterse en Siria, por lo menos ayudando militarmente de forma abierta a los rebeldes. El argumento hecho público por la Casa Blanca parecía tan cabal y decente como impropio de un estado que ha sido capaz de las más retorcidas operaciones secretas que el mundo ha visto: no sabemos, decía Obama, a quién demonios irían a parar las armas, y sin caen en manos de los rebeldes islamistas vamos dados… Muy bien. Pero hay que ser ingenuo para creerlo. ¿O es que ya no son capaces de entregar una mercancía?
Esta pasada semana hemos asistido a otro discurso patético. El mismo día, el jefe del Pentágono, que responde al curioso nombre de Chuck Hagel (estuvo en la infantería en Vienam), dio una versión sobre las supuestas armas químicas de Bashar el Asad y al cabo de unas horas tuvo que dar otra distinta. ¿Qué había cambiado? Nada. Hagel estaba de gira por los países aliados del Golfo, que son los que pagan la guerra siria para los rebeldes sirios, y la primera vez desestimó los informes israelíes y británicos sobre el uso de gas sarín por parte del régimen. Poco después, John McCain -siempre dispuesto a defender a los débiles- dio cuenta del informe que le remitió, a petición, la Casa Blanca a él y a otro senador sobre el mismo asunto. Chuck Hagel, después de que McCain reuniera a la prensa, tuvo que ponerse más serio y mencionar de nuevo las supuestas “líneas rojas” que el uso de armas químicas supondrían para Estados Unidos y sus aliados, traspasadas las cuales se considerarían legitimados para intervenir militarmente. Pero Obama, entonces, volvió a rebajar el tono, diciendo que hay que investigar más, tenerlo todo claro, etc. En total, nada.
El mismo día en que se producía este lío, The Times de Londres, a través de su enviado especial en Alepo, Anthony Loyd, que es un buen reportero, daba cuenta de la muerte de una familia siria víctima del gas sarín el 19 de marzo. Y apuntaba, muy acertadamente, que Bashar el Asad estaba “probando” a Obama con el uso del arma química a pequeña escala. La prueba, parece claro, ha sido un acierto y El Asad puede sentirse satisfecho de la respuesta de Obama.
Todo esto ocurría al mismo tiempo que se inauguraba en Dallas (Texas) un monumento a la desvergüenza política: la biblioteca George W. Bush, en sí misma un oxímoron, pues no está demostrado que este presidente fuera capaz de asimilar algo más complejo que el cuento de la cabrita que leía a aquellos niños la tarde en que cayeron las torres gemelas. El homenaje aljefe de estado más nocivo que ha tenido el país con diferencia, el tipo que se rodeó de una banda de forajidos especialmente rapaces e irreflexivos, rebajó a Obama a extremos más allá de lo patético. Después del aplauso del hombre que quería enmendar tanto desastre, ¿qué se puede esperar de él?
¿Hay, pues, alguna conclusión? Dificilmente, en cuanto a política exterior y a Siria, que es lo que verdaderamente importa. O bien Obama sabe lo que quiere hacer y, evidentemente, no lo dice, o no tiene la menor idea de lo que hará. Lo que se sabe hasta ahora de los planes de Washington es que 200 militares (quizás sean más) están en Jordania, supuestamente preparando a una fuerza de varios miles de sirios “laicos” dispuestos a entrar en el país. Al otro lado de la frontera -según versiones israelíes- habría unos 250 milicianos integristas venidos de Iraq ocupando lugares clave cerca de los altos del Golán, de tal modo que, entre los islamistas que actúan desde el norte, éstos de la frontera jordana y los que intentan asediar Damasco, no quedaría sitio para los rebeldes “buenos” según el criterio occidental, cuya misión sería crear una “zona tampón” entre Jordania y el territorio que todavía controla el régimen, una idea que evoca el experimento del frente del oeste en la guerra de Libia, que permitió la irrupción en Trípoli por la ruta más corta gracias a una buena fuerza de choque y a buena operación de inteligencia en el interior.
Pero puede que todo llegue demasiado tarde y demasiado mal para la población. De la visita de los saudíes a la Casa Blanca, que se produjo inmediatamente después del atentado de Boston, nada se ha dicho, y nada se dirá.

Apagad la música en Mali!

En el norte de Mali, en las dos terceras partes del país, los islamistas han prohibido la música, incluidos los cantos en los que se alaba al profeta.

La música es el alma de Mali, común a todos sus pueblos, y era hasta ahora su gran producto de exportación. Su Festival del Desierto, que se celebraba desde hace años, era el lugar al que acudían los promotores occidentales y los turistas, atraídos al mismo tiempo por el blues hipnótico de Ali Farka Touré, su gran embajador, la voz de Oumou Sangaré, el embrujo del desierto, el mito de Tombuctú. El Festival se va a celebrar este año “en el exilio”, dicen, http://www.festival-au-desert.org/index.cfm?m=0, cerca de Uagadugu (Burkina Faso), donde por cierto medra estos días, en un hotel que pertenecía –o pertenece aún- a la familia Gadafi, uno de los responsables del desastre de Mali, el tuareg metido a islamista Iyad Ag Ghali, líder de la facción Ansar al Din.

La aviación francesa ha bombardeado, por cierto, el Centro Gadafi, que el dictador libio había hecho construir a las afueras de Tombuctú y que servía ahora de base a los yihadistas de AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico). Y esto es sólo el principio de una larga historia.

No es que los turistas se dejaran en Mali un dineral, pero el legado cultural de Tombuctú, Patrimonio de la Humanidad, el desierto y la música eran una fuente de ingresos imprescindible al menos para una parte del norte de Mali empobrecido y marginado por un gobierno que Occidente calificaba de “democrático”. Cuando todo esto empezó, en el invierno de 2012, la sequía había dejado este enorme territorio, así como toda la inmensa región del Sahel, en una situación peor que dramática. La guerra, y con ella el reclutamiento de jóvenes sin nada qué perder, hizo el resto.

Una gran cantidad de armas y cientos, por lo visto, de camionetas todoterreno llegaron al norte de Mali en cuanto acabó la guerra de Libia. Y, con todo este arsenal, los tuareg que habían combatido al lado de Gadafi. El libio había apoyado las rebeliones tuareg de los años noventa y del 2006 en Níger y Mali, y favor con favor se paga… De modo que los tuareg malienses del Movimiento de Liberación Nacional del Azawad (MLNA) se lanzaron hace ahora justo un año a la conquista de su territorio, que llaman Azawad. En marzo se les sumaron los grupos yihadistas -o lumpenyihadistas, encabezados más por gangsters que por ideólogos, rebotados de la guerra sucia de Argelia, antiguos afgani, aventureros…, extranjeros una cantidad indeterminada de ellos- que pululan por toda la región. En tres días, ocupaban las principales ciudades del norte, echando a patadas al ejército de Mali.

Pero los yihadistas han acabado haciéndose con el poder, a costa del MLNA. Lo mismo intentaron en Libia y lo mismo están intentando en Siria, por cierto. Para los nacionalistas del MLNA, había un límite en sus ambiciones territoriales, una frontera; los islamistas, en cambio, dicen aspirar a dominar todo el país. Por el momento, están ejecutando la vieja aspiración de los fundamentalistas wahabíes de Arabia Saudí que pagan todo tipo de fiestas de este estilo: acabar con la manera en que los africanos entienden el islam.

El momento en que estas facciones se lanzaron a la conquista de un importante aeropuerto en la zona fronteriza entre el norte y el sur fue el que determinó que Francia empezara a bombardearles.

¿Y a partir de ahora, qué?

Abdul Karim Sylla describe con todo lujo de detalles en Mali Actualités http://www.maliactu.net/comment-reconquerir-le-nord-mali/ cómo de desastrosa e interminable puede llegar a ser esta guerra en el desierto. Algo parecido han hecho otros analistas.

Apenas diez días antes de que la rebelión ocupara todo el norte, un grupo de militares chusqueros había dado un golpe de Estado, expulsando al presidente Amadou Toumani Touré (recordemos, un demócrata). Desde entonces, el presidente interino, el matemático y sindicalista Dioncounda Traoré, no levanta cabeza. El líder del golpe, untal capitán Sanogo, destituyó luego al primer ministro Sheik Modibo Diarra, un astrofísico que había trabajado para la NASA y que fue el responsable de Microsoft para toda África. El ejército de Mali está medio descompuesto y corrompido (la argumentación francesa de que hay que entrenarlo no es un pretexto, es real), y se dice que sus jefes cobraban su parte de los rescates de occidentales secuestrados por los chicos de Al Qaeda en toda la región, lo mismo que el ex presidente Touré y el “mediador” en el conflicto del norte, el presidente de Burkina Faso, Blaise Compaoré. Por lo que respecta al capitán Sanogo, ahora que están allá los franceses ya no pinta nada.

Por supuesto, hay muchas razones de fondo que explican todo esto, incluidas algunas teorías de la conspiración que incluyen la desestabilización de Argelia. Todas ellas van a ir emergiendo, espero. La intervención armada africano-occidental, que comienza con toda la pinta de fracasar, estaba prevista desde hacía tiempo. También estaban previstas las gestiones diplomáticas, de las que nada se sabe y que por encargo del secretario general de la ONU corren desde octubre a cargo de don Romano Prodi, ex primer ministro italiano y ex presidente de la Comisión Europea. De semejante nombramiento sólo cabe deducir que se procura que nada prospere.

¿Y qué hay para negociar? El MLNA, los tuareg nacionalistas, dicen que sólo ellos pueden acabar con los yihadistas. Y debe ser verdad. Lo harían a cambio de negociar un estatuto para su territorio del norte. El mencionado Iyad Ag Ghali también podría hacer lo mismo y abandonar a los islamistas. Pero la perspectiva de que los tuareg den pasos hacia su independencia contaminaría enseguida a Níger, a Argelia y Mauritania, y quizás también a los bereberes de las montañas de Libia que lucharon contra Gadafi.

Así que lo más probable es que haya guerra para rato (¿el Afganistán francés?) o que se obligue a los yihadistas a retirarse y esconderse, para volver a la misma situación de antes. Dará entonces tiempo, tal vez, para ir a comprobar cómo los islamistas han destruido el legado cultural de Tombuctú y qué ha sido de sus sesenta bibliotecas centenarias. Pero, ¿volverá la música al desierto?