Desde aquella vez que ví a Chávez

Chávez
Ví solamente una vez a Chávez, cuando aún no se ponía camisas rojas ni chándales con la bandera nacional. No las tenía entonces todas consigo como gobernante ni se intuía la enorme influencia que tendría después en América Latina: para mí, y al margen de su personaje, de lo que haya hecho o dejado de hacer en Venezuela, su herencia más importante.

Fue ante alumnos de la Escuela Diplomática, en Madrid, en mayo de 2002. Y dijo cosas como esta:

“¡El neoliberalismo es el camino… pero al infierno! Yo hago un llamado a los jóvenes para que se opongan. Según los neoliberales, el mercado es más poderoso que Dios. Pero una contradicción que el neoliberalismo no ha podido solucionar es que genera desempleo”.

Le vi desde un palco, muy cerca del escenario. Chávez, durante una hora exacta de discurso, no utilizó ni una sola nota, y fue rematadamente preciso y agudo. Le aplaudieron mucho, más de lo que lo esperaba de semejante auditorio. Traía consigo un ejemplar de la Constitución del tamaño de uno de esos minúsculos diccionarios de viaje, y lo mostraba a cada rato, se lo guardaba en un bolsillo interior de la americana y lo volvía a sacar, siempre con algún comentario orgulloso pero bromista, qué cosa tan pequeña la Constitución, pero qué importante… Ahora parece que en Caracas se la saltan a la torera.

Hugo Chávez será lo que se quiera, no voy a calificarle de nada, pero era un político de talla, y mucho más coherente que nuestros registradores de la propiedad y abogados sin oficio que nos gobiernan. En aquel mayo de 2002, Chávez vino a Madrid para una cumbre Unión Europea-América Latina, y se fotografió con Aznar. Luego le acusaría de participar en el intento de golpe contra él (“Han inventado un nuevo formato de golpe de estado que debería figurar en el libro aquel de Curzio Malaparte”, dijo en aquella conferencia, y me juego cualquier cosa a que Aznar no debe saber todavía quién era Malaparte). Pero no pasó nada, y España siguió vendiendo fragatas a la Venezuela bolivariana.

Vale la pena recordar, a propósito de aquella cumbre, quién mandaba en cada país latinoamericano. En Colombia, Andrés Pastrana (le sustituiría el impresentable Álvaro Uribe). En México, Vicente Fox (con este, el ex jefe de la Coca Cola en su país, empresa que controla el negocio del agua potable en DF, estuve en un desayuno-entrevista deprimente). En Ecuador, Bolivia y Uruguay mandaban esos que se podrían llamar los de siempre, Álvaro Noboa, Jorge Quiroga, Jorge Batlle… En Perú, el gran fiasco del cholo Alejandro Toledo (le conocí de candidato y de presidente, y casi me convenció la primera vez; la segunda ya no). En Argentina, uno de sus fantoches habituales, Eduardo Duhalde. En Chile, Ricardo Lagos. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso, que precedería a Lula da Silva… Y no sigo.

¿Alguien se acuerda de toda esta tropa? No, ¿verdad? Pues entonces ya estaba Chávez… Y luego vendrían Evo Morales, Rafael Correa, José Mujica, Ollanta Humala y el susodicho Lula. Con todos los peros que se les puede añadir a todos ellos, aparecieron gracias al influjo de Hugo Chávez y por primera vez en treinta años los pobres de América Latina volvieron a recuperar un poco la voz. Mal o bien, plantaron cara al neoliberalismo, a Estados Unidos y su Acuerdo de Libre Comerio de las Américas, ALCA. “El ALCA… ¡al carajo!”, decía Chávez.

Y todos ellos ganaron elecciones democráticamente, incluido Chávez, algo que no se le perdona. Aún me acuerdo de un libro que tiré a la basura, en aquella época pre-Lehman Brothers en que Chávez era el demonio y el miserable neocon Robert Kagan, asesor de Bush, se forraba dando conferencias. Se titulaba “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, y lo firmaban Álvaro Vargas Llosa (papá escribía el prólogo), Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, jaleadores profesionales de la derecha. Se trataba de dar la réplica -tardía- a “Las venas abiertas de América Latina”, el libro de Eduardo Galeano que solía regalar Chávez, y decir que ser de izquierdas es ser imbécil.

De modo que algo movió Chávez en América Latina. Devolvió cierto orgullo por lo menos. Cuando llamaba a Bush “Mister Danger” todo el mundo se descojonaba. ¿Y saben qué pasó? Que Mario Vargas Llosa acabó escribiendo que votaría a Ollanta Humala, un militar como Chavez, hijo de un rojo que era además indigenista… Del libro aquel, como de los presidentes de hace una década, tampoco se acuerda nadie. El de Galeano sigue en las librerías.