Haití: la ONU no paga un céntimo por el cólera

Me pregunto si estoy fuera de onda por seguir escribiendo sobre Haití (llevo más de cuarenta artículos) cuando parece que a nadie le importa. Incluso Forges -y no es una crítica- ha dejado de añadir su “pero no te olvides…” en su viñeta diaria. La manera indecente, ignominiosa en que la ONU se ha desentendido de la epidemia de cólera que provocó, con qué desprecio ha tratado a sus víctimas, apenas ha merecido atención en los medios españoles y bien poca en los medios internacionales. Todavía no he visto que se pronuncie públicamente al respecto ni una sola ONG, y son centenares las que han trabajado o trabajan aún en el país. Tras el terremoto del 12 de enero de 2010, las donaciones particulares en todo el mundo sumaron 2.300 millones de euros.

Desde octubre de 2010 han muerto de cólera en Haití cerca de 8.000 personas y más de 500.000 han sido infectadas, sobre una población de once millones de habitantes.

¿Qué ha hecho mal la ONU? Todo: negar su responsabilidad, esconder a los que tomaron parte en el desastre, guardar silencio y, por fin, contestar a una reclamación de cinco mil familias que pedían indemnizaciones diciendo que no pagará un céntimo y que tal demanda no es “recibible” o aceptable, ya que Naciones Unidas goza de “inmunidad” según los acuerdos legales que la amparan desde 1946 y que le fueron garantizados por Estados Unidos cuando estableció allí su sede.

En Haití no se había producido una epidemia de cólera en cien años, y estudios epidemiológicos señalan que un terremoto no es un fenómeno que la desencadene.

A estas alturas, está claro cómo sucedió todo. Lo demostró el epidemiólogo francés Renaud Piarroux, pero hubo además otros estudios. El origen del contagio estaba en un campamento de cascos azules nepalíes en Mirebalais, al norte de Puerto Príncipe. La epidemia estalló el 19 de octubre, inmediatamente después de que las tropas nepalíes hicieran un relevo. En Nepal el cólera es endémico, y justo en aquel verano se había producido un brote. El Center for Diseases Control, de Estados Unidos, identificó el origen asiático de la bacteria de Haití: era la misma de Nepal.

Las letrinas del campamento nepalí en Mirebalais estaban sobre un terraplén fangoso que iba a dar al río Artibonite, y había filtraciones de aguas fecales. Una vez por semana, la mierda salía en camiones de una empresa haitiano-estadounidense, Sanco, contratada por la ONU, y era descargada en siete pozos al descubierto, también en un promontorio junto al río donde la gente lavaba, se bañaba e incluso tomaba agua. Había viviendas cerca. Dos periodistas, de la agencia Ap y del canal Al Jazira, visitaron el lugar. La gente decía que los pozos rebosaban “constantemente”.

La misión de la ONU, Minustah, envió un comunicado contra “los rumores difundidos por ciertos medios” y aseguró que sus análisis del agua del río Artibonite daban “negativo”.

No llegué a Mirebalais porque el coche en el que viajaba con varios colegas se averió sin remedio. Pero pude visitar la región de Artibonite, río abajo, que es la región arrocera del país. Miseria espantosa en un paisaje bellísimo de arrozales con palmeras al fondo. En un mercado sofocado por las moscas pude ver la clase de carne que comen los haitianos del campo, cuando la comen, y los sacos de arroz local al lado del que viene de Vietnam o de Estados Unidos, mucho más barato y que ha arruinado al país por obra y gracia de sus políticos y de Bill Clinton, que rompió el mercado haitiano a beneficio de los productores de Arkansas, su estado natal. Un hombre se lavaba, con jabón, en un canal de riego, y en los campos medio anegados los cultivadores se resignaban a lo que viniera. El jerifalte local les vendía agua potable pero, al estar en campaña electoral, se la regalaba temporalmente. En Saint Marc, la capital de la provincia, se contaban a mediados de noviembre 1.523 muertos y 30.000 hospitalizados.

Dos años más tarde, la misión de la ONU pagaba un viaje de periodistas al que fui invitado. Hubo canapés y vino a discreción en una velada en el lujoso –y reconstruido- hotel Montana, con muchos responsables de departamento encargados de dar conversación y transpirando un deseo incontenible de largarse del país cuanto antes y para siempre. Su jefe, el ex canciller chileno Mariano Fernández, también. Cuando le pregunté por lo del cólera dijo que no podía hablar porque el asunto estaba “sub judice”, es decir, pendiente de la demanda.

Ahora Fernández ya no está, y le sustituye de momento Nigel Fisher, que era el coordinador humanitario cuando se declaró la epidemia. El predecesor de Fernández, y máximo responsable de la Minustah del cólera, el guatemalteco Edmond Mulet –un hombre con grandes dotes para el cinismo- ha vuelto a su puesto anterior en Nueva York como número dos del departamento de operaciones de paz.

Recibí el otro día el comunicado firmado por Nigel Fisher en el que se remitía a “la sección 29 de la Convención de 1946 sobre los privilegios y la inmunidad de Naciones Unidas” para justificar que la ONU no pagaría indenminazaciones. Tenía toda la frialdad que requiere un lavarse las manos. No había excusas. La demanda fue presentada por el Instituto por la Justicia y la Democracia (IJD), una ONG de derechos humanos con base en Boston y Puerto Príncipe de la que son miembros abogados estadounidenses y haitianos. Reclamaba cien mil dólares (76.000 euros) por cada fallecido y la mitad por cada enfermo. Conocí a un par de abogados de la IJD, una estadounidense y un haitiano, cuando hacían de observadores independientes en las elecciones de aquel noviembre, en plena epidemia de cólera, que fueron manipuladas y falseadas. Me parecieron gente seria. Su director, Brian Concannon, se quedó pasmado ante el argumento de la ONU de que aceptar la demanda supondría “una revisión de la política” de la organización mundial. “Bajo esta definición –dijo-, cualquier daño que la ONU cause a cualquier persona es un asunto político”. Y así es. En 2005 se demostró que el hijo de Kofi Annan se forró con el programa “Petroleo por alimentos” en Iraq, mucho antes de la invasión norteamericana. No fue el único, desde luego. Y papá Annan, como si fuera un político español, no dimitió. En aquella época, hay que tener en cuenta, sin embargo, la administración Bush hacía todo lo posible por cargarse la ONU y la tachaba de “irrelevante”.

En Naciones Unidas cualquier trapo sucio se lava en casa: a los soldados que violaron a jóvenes de ambos sexos en Haití simplemente los enviaron a su país; anteriormente, una demanda de una empleada por acoso sexual contra el jefe del comisariado para los refugiados, Ruud Lubers, acabó en nada: al tipo lo mandaron a casa. En esto la ONU se parece al Vaticano. Y tiene sentido porque se trata de una burocracia gigantesca en la que, razonablemente, todos se cubren mutuamente.

En Haití, las tropas de la Minustah siempre han sido consideradas invasoras (el país soportó en el pasado dos invasiones de “marines” de EE.UU.), y cualquier desmán levanta protestas más o menos violentas en la calle. El cólera fue el colmo.

-Me recoges todas las pistolas –le decía un oficial a otro, este último de paisano- en la cafetería de la base onusiana de Puerto Príncipe, permanentemente refrescada con difusores de agua y ventiladores-. ¡Y no me pongas a los nuestros delante en los operativos, me los pones detrás de la policía haitiana!

Alguno de la Minustah se había cargado a alguien. Los coches blancos de la ONU hace tiempo que no pueden circular por el centro de la capital.

The Atlantic, uno de los pocos medios que se ha ocupado de este asunto, consultó a cinco expertos en derecho internacional y “a ninguno se le ocurrió ninguna instancia en los tribunales de Estados Unidos o de Europa en que la ONU pudiera ser demandada con éxito”. El artículo de The Atlantic empieza diciendo que “si una multinacional se hubiera comportado de la manera que la ONU lo hizo en Haití la hubieran demandado por una cantidad de dinero estratosférica”. http://www.theatlantic.com/international/archive/2013/02/how-the-un-caused-haitis-cholera-crisis-and-wont-be-held-responsible/273526/

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