Para (intentar) entender lo de Siria / 2. Triple juego en el campo sirio

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ARABIA SAUDI, ESTADOS UNIDOS Y LOS YIHADISTAS, EN UNA INSÓLITA ALIANZA DE INTERESES CONTRA EL RÉGIMEN DE BASHAR EL ASAD

(Publicado en La Vanguardia el 2 de Septiembre de 2013)

El 22 de agosto, al día siguiente del ataque químico en Damasco, el Financial Times publicaba una carta al director firmada por K.N. Al Sabah, de Londres. Decía: “Señor, Irán está apoyando a El Asad. ¡Los estados del Golfo están contra El Asad! El Asad está contra los Hermanos Musulmanes (…) ¡Pero los estados del Golfo son pro-Al Sisi! Lo que significa que están contra los Hermanos Musulmanes! (…) Los estados del Golfo son pro-EE.UU. Pero Turquía está con los estados del Golfo contra El Asad, aunque Turquía está a favor de los Hermanos Musulmanes contra el general Al Sisi. Y el general Al Sisi está apoyado por los estados del Golfo!”
El remitente concluía: “Bienvenido a Oriente Medio y que tenga un buen día”. ¿Confuso? Desde luego. En la carta -que resumimos- el autor concentraba la historia más reciente de Oriente Medio. Pero faltaba el dato más nuevo: EE.UU. está contra El Asad y apoya a los rebeldes sirios, cuya fuerza más importante son yihadistas y asociados a Al Qaeda, que es precisamente el enemigo jurado de EE.UU. En Siria, estos radicales han recibido armas de Arabia Saudí, que es aliado estratégico de EE.UU. en la región. Al mismo tiempo, Barack Obama bombardea con aviones no tripulados a Al Qaeda en Yemen y la frontera afgano-pakistaní (causando por cierto miles de víctimas civiles).
¿Cómo es posible semejante alianza ? En Siria, algunos piensan -o quieren pensar- que Washington aprovecharía el ataque a El Asad para diezmar también a los yihadistas. Otros temen eso mismo. Y observadores exteriores como Robert Fisk creen que no lo hará en absoluto. En el campo de batalla de Siria está la pugna Arabia Saudí-Irán, con sus respectivos aliados EE.UU. y Rusia, en la que Turquía y Qatar aparecen como aspirantes a poderes regionales.
Entre los rebeldes sirios, la filiación islamista ha llegado a ser garantía de recibir armas. Hasta marzo, el tráfico de armas -a través de Turquía y Jordania- era mucho mayor por parte de Qatar que de Arabia Saudí, aunque ambos países colaboraban en las entregas. Pero las cosas han cambiado y el peso de los saudíes, sobre el terreno y en la Coalición Nacional Siria -la oposición política en el exilio-, es ahora mayor.
Todo esto ha coincidido en el tiempo con la abdicación, en junio, del emir qatarí en su hijo y en la sustitución del poderoso ministro de Exteriores y primer ministro, Hamad bin Yazme al Zani, el hombre que llevó a un estado minúsculo a la primera línea de la política regional.
El analista Vijay Prashad observa que desde entonces la política exterior qatarí está en rápida decadencia y señala que Washington cree que la manera de “desinflar” a los Hermanos Musulmanes -a los que antes apoyó indirectamente en Egipto y que están patrocinados por Qatar- es reducir las ambiciones del pequeño emirato. La ecuación también funciona al revés: en Egipto, los Hermanos Musulmanes han sido echados del poder, con lo que Qatar pierde peso, mientras que el partido salafista Al Nur, apoyado por los saudíes, forma parte de la coalición cívico-militar encabezada por el general Al Sisi.
Qatar ha sido enemigo y ha sido aliado de EE.UU. Apoya a Hamas y les puso oficina a los talibanes afganos en Doha, pero también fue un importante socio en el derrocamiento de Gadafi en Libia. La cadena Al Yazira ha sido muy odiada por Washington, pero ahora acaba de inaugurarse el canal Al Yazira América…
Se especuló mucho sobre el interés estadounidense en la caída del gran ministro de Exteriores del viejo emir Al Zani, a la vez que se producía el asenso de John Brennan a jefe de la CIA. En la época en que Brennan fue asesor de Obama en política antiterrorista, según The Wall Street Journal , tuvo de confidente al príncipe saudí Bandar bin Sultan al Saud, que parece ser el hombre del momento.
Amigo de George W. Bush, y de formación estadounidense en su juventud, Bandar desempeñó muchos papeles para EE.UU. en Afganistán e Iraq. Ahora, convertido en jefe de los servicios secretos saudíes, se habría presentado de nuevo como solucionador de problemas , despejando además a Qatar del juego sirio. Se le atribuye haber convencido a Washington de que hay que derrocar a Bashar el Asad y de que eso es posible ayudando con dinero y armas a las milicias menos radicales. Sin embargo, sobre quién ha armado a los más alqaedistas, si Qatar o Arabia Saudí, hay versiones para todos los gustos. Es obvio que quien tiene más medios recluta más combatientes, pero la promesa de controlar e impulsar a determinadas milicias, aceptables para EE.UU., parece cuando menos optimista. Los testimonios recogidos por la periodista Dale Gavlak en el lugar del ataque químico (ver La Vanguardia del 31/IX/2013) afirmaban que Bandar era el proveedor de gas tóxico a los rebeldes (a quienes se les habría ido de las manos , a través de un jefe miliciano saudí.
La reaparición del príncipe Bandar como gestor del ataque de EE.UU. ha servido para desempolvar una pequeña historia sobre petróleo, gas e intereses rusos que podría haber explicado por qué Moscú se ha mostrado tan poco beligerante ante los planes de ataque de Obama.
El 31 de julio, el príncipe Bandar visitó a Vladímir Putin y le ofreció de todo a cambio de que aceptara una resolución del Consejo de Seguridad contra Siria. A saber: conservar la base naval de Tartus, garantías de que los terroristas chechenos no atenten contra los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi, una compra de armas por 15.000 millones de dólares, inversiones en Rusia, un pacto para regular el precio del petróleo y la promesa de que Arabia Saudí no permitiría a los estados del Golfo (léase Qatar) exportar gas a través de Siria dañando los intereses de Rusia.
Los medios rusos filtraron esta oferta y el diario beirutí As Safir la publicó con un sospechoso lujo de detalles y citas textuales, atribuyéndola a un diplomático occidental en Líbano. La intención, según Vitali Naumkin, del Instituto de Oriente de la Academia de Ciencias rusa, era “desacreditar a Rusia” y crear dudas sobre su posición respecto a Siria. Pero Putin no iba a ceder por vender 150 carros de combate T-90 (España espera que los saudíes compren 250 carros Leopard), ni tampoco iba a aceptar que quienes financian a los chechenos le cuiden la granja… Tampoco un acuerdo sobre el precio del petróleo le interesa, según The Daily Telegraph .
Y en cuanto al gas… En el 2009, Qatar estudió con Turquía la construcción de un gasoducto. El objetivo era, una vez más, contrarrestar el peso del gas ruso en Europa. Había dos rutas posibles. Pasando siempre por Arabia Saudí, una llegaría a Turquía por Iraq y la otra, por Jordania y Siria. Esta última era entonces la más segura. Pero Damasco no firmó, y optó por un gasoducto Irán-sur de Iraq-Siria en el que habría inversión rusa. Si existe un pacto por parte de Rusia, no parece ser el del príncipe Bandar. Pero en todo lo que respecta a Oriente Medio, la cuestión no es otra que el petróleo y el gas.

La semana patética de Obama

La política exterior de Estados Unidos está adquiriendo un grado de inanidad, de insignificancia, inhabitual, por no decir impropio, teniendo en cuenta que tiene menos frentes activos abiertos que nunca en los últimos años. La administración Obama se las ha arreglado muy bien y sin mayores molestias en tres asuntos: las retiradas de Iraq y de Afganistán -que son un hecho- y la política de bombardeos a base de drones en el territorio salvaje de Pakistán sin tener que dar mayores explicaciones, por muy ilegal que sea bajo la propia legislación estadounidense. Y en las fechas más recientes, las amenazas de Corea del Norte, que son pura coña en la que nadie cree, le han venido bien para desviar la atención sobre el único asunto de verdad grave, que es Siria. Tan grave debe ser para Estados Unidos esa guerra que en cuanto ocurre algo más allá de la matanza cotidiana Washington emite señales desconcertantes como nunca.
No hace tanto que se supo que Barack Obama rechazó todas las recomendaciones (y parece que eran unánimes) de meterse en Siria, por lo menos ayudando militarmente de forma abierta a los rebeldes. El argumento hecho público por la Casa Blanca parecía tan cabal y decente como impropio de un estado que ha sido capaz de las más retorcidas operaciones secretas que el mundo ha visto: no sabemos, decía Obama, a quién demonios irían a parar las armas, y sin caen en manos de los rebeldes islamistas vamos dados… Muy bien. Pero hay que ser ingenuo para creerlo. ¿O es que ya no son capaces de entregar una mercancía?
Esta pasada semana hemos asistido a otro discurso patético. El mismo día, el jefe del Pentágono, que responde al curioso nombre de Chuck Hagel (estuvo en la infantería en Vienam), dio una versión sobre las supuestas armas químicas de Bashar el Asad y al cabo de unas horas tuvo que dar otra distinta. ¿Qué había cambiado? Nada. Hagel estaba de gira por los países aliados del Golfo, que son los que pagan la guerra siria para los rebeldes sirios, y la primera vez desestimó los informes israelíes y británicos sobre el uso de gas sarín por parte del régimen. Poco después, John McCain -siempre dispuesto a defender a los débiles- dio cuenta del informe que le remitió, a petición, la Casa Blanca a él y a otro senador sobre el mismo asunto. Chuck Hagel, después de que McCain reuniera a la prensa, tuvo que ponerse más serio y mencionar de nuevo las supuestas “líneas rojas” que el uso de armas químicas supondrían para Estados Unidos y sus aliados, traspasadas las cuales se considerarían legitimados para intervenir militarmente. Pero Obama, entonces, volvió a rebajar el tono, diciendo que hay que investigar más, tenerlo todo claro, etc. En total, nada.
El mismo día en que se producía este lío, The Times de Londres, a través de su enviado especial en Alepo, Anthony Loyd, que es un buen reportero, daba cuenta de la muerte de una familia siria víctima del gas sarín el 19 de marzo. Y apuntaba, muy acertadamente, que Bashar el Asad estaba “probando” a Obama con el uso del arma química a pequeña escala. La prueba, parece claro, ha sido un acierto y El Asad puede sentirse satisfecho de la respuesta de Obama.
Todo esto ocurría al mismo tiempo que se inauguraba en Dallas (Texas) un monumento a la desvergüenza política: la biblioteca George W. Bush, en sí misma un oxímoron, pues no está demostrado que este presidente fuera capaz de asimilar algo más complejo que el cuento de la cabrita que leía a aquellos niños la tarde en que cayeron las torres gemelas. El homenaje aljefe de estado más nocivo que ha tenido el país con diferencia, el tipo que se rodeó de una banda de forajidos especialmente rapaces e irreflexivos, rebajó a Obama a extremos más allá de lo patético. Después del aplauso del hombre que quería enmendar tanto desastre, ¿qué se puede esperar de él?
¿Hay, pues, alguna conclusión? Dificilmente, en cuanto a política exterior y a Siria, que es lo que verdaderamente importa. O bien Obama sabe lo que quiere hacer y, evidentemente, no lo dice, o no tiene la menor idea de lo que hará. Lo que se sabe hasta ahora de los planes de Washington es que 200 militares (quizás sean más) están en Jordania, supuestamente preparando a una fuerza de varios miles de sirios “laicos” dispuestos a entrar en el país. Al otro lado de la frontera -según versiones israelíes- habría unos 250 milicianos integristas venidos de Iraq ocupando lugares clave cerca de los altos del Golán, de tal modo que, entre los islamistas que actúan desde el norte, éstos de la frontera jordana y los que intentan asediar Damasco, no quedaría sitio para los rebeldes “buenos” según el criterio occidental, cuya misión sería crear una “zona tampón” entre Jordania y el territorio que todavía controla el régimen, una idea que evoca el experimento del frente del oeste en la guerra de Libia, que permitió la irrupción en Trípoli por la ruta más corta gracias a una buena fuerza de choque y a buena operación de inteligencia en el interior.
Pero puede que todo llegue demasiado tarde y demasiado mal para la población. De la visita de los saudíes a la Casa Blanca, que se produjo inmediatamente después del atentado de Boston, nada se ha dicho, y nada se dirá.

Desde aquella vez que ví a Chávez

Chávez
Ví solamente una vez a Chávez, cuando aún no se ponía camisas rojas ni chándales con la bandera nacional. No las tenía entonces todas consigo como gobernante ni se intuía la enorme influencia que tendría después en América Latina: para mí, y al margen de su personaje, de lo que haya hecho o dejado de hacer en Venezuela, su herencia más importante.

Fue ante alumnos de la Escuela Diplomática, en Madrid, en mayo de 2002. Y dijo cosas como esta:

“¡El neoliberalismo es el camino… pero al infierno! Yo hago un llamado a los jóvenes para que se opongan. Según los neoliberales, el mercado es más poderoso que Dios. Pero una contradicción que el neoliberalismo no ha podido solucionar es que genera desempleo”.

Le vi desde un palco, muy cerca del escenario. Chávez, durante una hora exacta de discurso, no utilizó ni una sola nota, y fue rematadamente preciso y agudo. Le aplaudieron mucho, más de lo que lo esperaba de semejante auditorio. Traía consigo un ejemplar de la Constitución del tamaño de uno de esos minúsculos diccionarios de viaje, y lo mostraba a cada rato, se lo guardaba en un bolsillo interior de la americana y lo volvía a sacar, siempre con algún comentario orgulloso pero bromista, qué cosa tan pequeña la Constitución, pero qué importante… Ahora parece que en Caracas se la saltan a la torera.

Hugo Chávez será lo que se quiera, no voy a calificarle de nada, pero era un político de talla, y mucho más coherente que nuestros registradores de la propiedad y abogados sin oficio que nos gobiernan. En aquel mayo de 2002, Chávez vino a Madrid para una cumbre Unión Europea-América Latina, y se fotografió con Aznar. Luego le acusaría de participar en el intento de golpe contra él (“Han inventado un nuevo formato de golpe de estado que debería figurar en el libro aquel de Curzio Malaparte”, dijo en aquella conferencia, y me juego cualquier cosa a que Aznar no debe saber todavía quién era Malaparte). Pero no pasó nada, y España siguió vendiendo fragatas a la Venezuela bolivariana.

Vale la pena recordar, a propósito de aquella cumbre, quién mandaba en cada país latinoamericano. En Colombia, Andrés Pastrana (le sustituiría el impresentable Álvaro Uribe). En México, Vicente Fox (con este, el ex jefe de la Coca Cola en su país, empresa que controla el negocio del agua potable en DF, estuve en un desayuno-entrevista deprimente). En Ecuador, Bolivia y Uruguay mandaban esos que se podrían llamar los de siempre, Álvaro Noboa, Jorge Quiroga, Jorge Batlle… En Perú, el gran fiasco del cholo Alejandro Toledo (le conocí de candidato y de presidente, y casi me convenció la primera vez; la segunda ya no). En Argentina, uno de sus fantoches habituales, Eduardo Duhalde. En Chile, Ricardo Lagos. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso, que precedería a Lula da Silva… Y no sigo.

¿Alguien se acuerda de toda esta tropa? No, ¿verdad? Pues entonces ya estaba Chávez… Y luego vendrían Evo Morales, Rafael Correa, José Mujica, Ollanta Humala y el susodicho Lula. Con todos los peros que se les puede añadir a todos ellos, aparecieron gracias al influjo de Hugo Chávez y por primera vez en treinta años los pobres de América Latina volvieron a recuperar un poco la voz. Mal o bien, plantaron cara al neoliberalismo, a Estados Unidos y su Acuerdo de Libre Comerio de las Américas, ALCA. “El ALCA… ¡al carajo!”, decía Chávez.

Y todos ellos ganaron elecciones democráticamente, incluido Chávez, algo que no se le perdona. Aún me acuerdo de un libro que tiré a la basura, en aquella época pre-Lehman Brothers en que Chávez era el demonio y el miserable neocon Robert Kagan, asesor de Bush, se forraba dando conferencias. Se titulaba “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, y lo firmaban Álvaro Vargas Llosa (papá escribía el prólogo), Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, jaleadores profesionales de la derecha. Se trataba de dar la réplica -tardía- a “Las venas abiertas de América Latina”, el libro de Eduardo Galeano que solía regalar Chávez, y decir que ser de izquierdas es ser imbécil.

De modo que algo movió Chávez en América Latina. Devolvió cierto orgullo por lo menos. Cuando llamaba a Bush “Mister Danger” todo el mundo se descojonaba. ¿Y saben qué pasó? Que Mario Vargas Llosa acabó escribiendo que votaría a Ollanta Humala, un militar como Chavez, hijo de un rojo que era además indigenista… Del libro aquel, como de los presidentes de hace una década, tampoco se acuerda nadie. El de Galeano sigue en las librerías.