España y yo somos así, señora

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Muere Alfredo Landa y es enterrado con todos los honores, como dios manda. Como siempre en este país, un rato y basta: el muerto al hoyo y el vivo… En cambio, aquí somos capaces de pasarnos días hablando de la última basura ultraviolenta de farsantes como Tarantino, a quien nadie ha destripado mejor que Michael Haneke, diciendo que “su cinismo hacia el espectador me parece inhumano”. El mismo día que moría Landa, a Haneke le daban el Príncipe de Asturias. ¿Algo que objetar? No, por lo que respecta a Haneke, un tipo peligroso que, juntando dos o tres personajes, es capaz de darte tal patada en las meninges que se te quitan las ganas de ver su siguiente película… pero sabes que acabarás viéndola. Alfredo Landa, en otro registro, desde luego, podía incomodarte también, haciéndote reír por fuera y llorar por dentro. O al menos eso nos ha pasado a los que tenemos ya una cierta edad. En los personajes que hicieron popular a Alfredo Landa podíamos ver a nuestro padre, a nuestro tío, al vecino…, y no sin cierto horror.
Llevo veinte años sin escribir de cine (y, de hecho, fui un diletante, no profundicé mucho; tan sólo me sirvió para empezar en el oficio de periodista), pero hoy la ocasión vale la pena. Alfredo Landa se ha muerto en el momento oportuno para recordarnos que el cine español ha perdido, casi por completo, eso que según la muletilla se llama conexión con la realidad. No queda ni la parodia ni el reírse de nadie ni mucho menos señalar. Estaba yo en Moscú en el verano de 1981 y se había estrenado allí, hacía poco y con gran éxito, “El puente”, que es de 1976. En la URSS de Breznev era una peli de lo más homologable, porque presentaba a un tipo sin conciencia social al que todo le salía mal. No recuerdo nada parecido después a esa película de Bardem (que, encima, era una “road movie”), y mira que motivos no han faltado. Ni tampoco nada como “Las verdes praderas”, donde Landa acaba pegándole fuego a su segunda residencia.
Las necrológicas han sido apreciables, me parece: la profunda, especialmente sentida de su biógrafo Marcos Ordóñez, la muy justa de Carlos Boyero, o una muy certera con lo que ha significado este gran actor, la de Manuel Gutiérrez Aragón en “El Mundo”. Aunque el cine de Gutiérrez Aragón siempre ha tenido mucho de realismo mágico (y una de las mejores secuencias de Fernán Gómez, la del discurso de “La mitad del cielo”), dice: “Estábamos con el Quijote –la miniserie de televisión- y, obviamente, él era Sancho. Lo pienso ahora y, así como es difícil decidirse por quién puede ser el mejor Quijano del cine, lo que no hay duda es que su escudero sólo puede ser Landa. Y, de nuevo, la metáfora se cierra. Si Sancho es la mejor imagen de nosotros, Landa otro tanto”.
Pero, aún más: Gutiérrez Aragón pone las cosas en su sitio y en vez de hablar del “landismo” habla de la “españolada”, que es como siempre se llamaron las películas de la mucha caspa con las que Landa empezó a retratarnos. Entonces lo suyo era con una caricatura; luego, cuando pudo ponerse serio en sus trabajos posteriores, un dibujo al carbón. Alfredo Landa no fue un gran actor español, sino un gran actor sin apelativos. ¿Quién demonios sería su equivalente en Hollywood? No se me ocurre. Como ya la memoria cinéfila me falla, sólo soy capaz de acordarme de Alberto Sordi, que fue reconocido como encarnación del italiano medio. Y al lado de Sordi estaba Vittorio Gassman. Al lado de Alfredo Landa, José Sacristán, Juan Diego… ¿Quién queda, en el plantel español capaz de reflejarnos y de reflejar un tiempo y un país?
España tuvo actores y actrices enormes, que labraban su trabajo desde la calle y desde el teatro, no desde el propio cine y el sofá de casa viendo vídeos. Y alguien escribía para estos actores y actrices. Pero ya no están ahí ni Mario Camus, ni Borau, ni Berlanga, ni Rafael Azcona, ni siquiera el productor Elías Querejeta. Hablar con Berlanga al final de su vida era como hacer un doctorado rápido en sociología, y con Azcona, que no se dejaba entrevistar, ni quiero imaginármelo. En este sentido, lo único realmente grande que he visto en esta época de historias y películas clónicas ha sido a Pepe Sancho –por cierto, en sus últimos días- en la versión televisiva de “Crematorio”. Quien no entienda su creación es que no se ha enterado de qué va este país. Lamentablemente, mientras tanto otro grande, Emilio Gutiérrez Caba, tiene que ganarse la vida haciendo un bodrio -de lo peor, pero de éxito- como “Gran reserva”. Según escribía Gregorio Morán hace una semana en “La Vanguardia”, lo único que ha valido la pena recientemente es la última de Isabel Coixet, “El ayer no muere nunca”, como retrato de esta lamentable sociedad nuestra y con una actriz auténtica, Candela Peña, que por lo visto, no se si será verdad, no tenía ni para pagarse el billete del Ave para ir a recoger el Goya. Candela Peña recordó, con su premio en la mano, el efecto de los recortes en sanidad cuando su padre murió en un hospital de Viladecans. Y no faltó quien encima la puso a caldo. Como siempre en este país.