De cómo Guatemala hizo justicia y dio ejemplo al mundo

Moisés Castillo / AP

Moisés Castillo / AP

Ríos Montt se hacía llevar, así me lo contaron, el desayuno del hotel Panamerican. Algo avejentado, rancio y oloroso en sus maderas y sus rincones con detalles de artesanía, sus camareros de miradas bajas y ropas seudofolklóricas, ese es mi recuerdo del Panamerican, en el mismo centro caótico, polucionado y ansioso de la Zona 1 de Ciudad de Guatemala. Es un hotel con solera donde concertar encuentros. Y el desayuno, huevos, frijoles, queso blanco, plátano, tortillas de maíz, el café más suave del mundo, es una comida completa; no es algo que me pareciera al alcance de cualquiera. Ahora, espero que a Ríos Montt no se lo lleven a la cárcel de Matamoros (aunque nunca se sabe).
José Efrain Ríos Montt, general del ejército, reconvertido en pastor evangélico insolente y hombre fuerte del país en ropas civiles, ha sido condenado a 50 años de cárcel por genocidio y 30 años por crímenes de lesa humanidad. En razón de las leyes de Guatemala, la pena se reduce a 50 años. El condenado cumplirá 87 en junio.
Ríos Montt era tan insignificante, en términos relativos, en el ámbito de los gobernantes criminales, y Guatemala es tan pequeña e importa tan poco en el mundo si no tiene la atención de Estados Unidos, que el proceso del general no les ha importado lo más mínimo a los medios de prensa. Hasta que le han condenado. Nunca hasta ahora ningún ex dictador, ningún ex gobernante había sido juzgado y condenado por genocidio en su propio país y por sus propias leyes. La excepción es el proceso a los jemeres rojos en Camboya, que aún no ha concluido y cuyo líder, Pol Pot, escapó a la justicia muriéndose a tiempo.
El Tribunal Penal Internacional con sede en La Haya, que de momento tan sólo ha sido capaz de abrir proceso a asesinos de baja graduación de las guerras africanas, debería reflexionar ahora sobre sus ambiciones y sus alcances. Especialmente, después de que aceptara una acusación motivada políticamente y escasa de pruebas fehacientes contra el coronel Gadafi, su hijo y su cuñado, que fue manejada por un fiscal de opereta, conocido como protagonista de un programa de juicios en la televisión argentina.
Lo que ha sucedido en Guatemala es histórico (esta vez este calificativo tan manido es fidedigno), y también es una lección de valentía y perseverancia que, en un país extremadamente violento, donde el poder de los militares hasta sido total hasta anteayer, parecía impensable. De hecho, tres semanas atrás, una trifulca legal entre el tribunal que juzgaba a Ríos Montt y la Corte de Constitucionalidad a cuenta de un lío con la defensa, no apuntaba a nada bueno. Y sin embargo…
A la jueza Jazmín Barrios, que al leer la sentencia señaló que no habría paz en Guatemala sin justicia, le lanzaron granadas a su casa hace doce años cuando abría el juicio por el asesinato del obispo auxiliar de Guatemala Juan Gerardi, el hombre que fue capaz de señalar por escrito a toda la casta militar. Gerardi estuvo a cargo del informe Nunca más sobre los 36 años de guerra en el país, guerra civil, si se quiere, o guerra contrainsurgencia desde el punto de vista de los generales, que se fueron relevando en el poder, el peor de los cuales en aplicar una política de “tierra arrasada” -ya establecida por sus predecesores- fue Ríos Montt.
Al obispo Gerardi lo mataron poco después de la presentación del informe, en 1998, dos años después de un acuerdo de paz con las guerrillas que los sucesivos gobiernos del país no han cumplido más que en un 30%. Se trata de un informe bastante técnico, pero señala, por ejemplo, cómo el ejército en determinadas zonas del llamado Triángulo Ixil (de los mayas ixiles), en el corazón del país, evitaba enfrentarse con la guerrilla para dedicarse a masacrar a la población civil. Es lo que en términos de contrainsurgencia se llama quitarle el agua al pez (el pez era el indígena armado), y supone quemar viviendas y campos de cultivo, talar bosques, expulsar a la población, , violar mujeres, desventrar embarazadas y descalabrar bebés, mutilar hombres, robar niños… Todo ello según planes definidos: el Plan Sofía, el Plan Victoria 82, el Plan Firmeza 83… Se cuentan 200.000 muertos y desaparecidos en esos 36 años de una guerra larga y lenta, que no recibió ni mucho menos la misma atención mediática que las de Nicaragua y El Salvador y cuyas víctimas eran mayoritariamente indígenas.
Ríos Montt, como general presidente (por golpe de estado) entre marzo de 1982 y agosto de 1983 (hasta otro golpe de estado que le derrocó) fue el más sanguinario. La condena por genocidio sólo hace referencia, sin embargo, a 1.771 muertes y al desplazamiento forzado de decenas de miles de personas. Sin embargo, bajo su mandato hubo 440 masacres, con 12.000 muertos y unos 3.000 desaparecidos. Nunca llegó a dejar del todo el poder. Gobernó (es un decir) a la sombra de presidentes civiles y, bajo una apariencia de país democrático sobre el que no se discutía a escala internacional, en el año 2000 Ríos Montt era nada menos que presidente del Congreso.
En 1999, Rigoberta Menchú, 17 organizaciones civiles, quince acusaciones particulares y el propio procurador de derechos humanos de Guatemala presentaron una querella ante la Audiencia Nacional española contra Ríos Montt y otros dos generales, su predecesor en el poder, Fernando Romeo Lucas García, y su sucesor, Óscar Humberto Mejía Víctores. Aprovechaban el tirón del “caso Pinochet”, abierto tres años antes. El juez Guillermo Ruiz Polanco admitió la querella. Pero la intervención de Eduardo Fungairiño, el fiscal jefe de la Audiencia de infausto recuerdo (se oponía asimismo a admitir los casos contra Pinochet y los militares argentinos), resultó fatal. Fracasó un recurso ante el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional se desentendió del caso. Máximo Cajal, que estaba al frente en 1980 de la embajada que sufrió el asalto criminal de los militares, había testificado ante el juez Ruiz Polanco, dispuesto a participar en el proceso. Al socialista Cajal, embajador en Suecia, en Francia, en la OTAN…, José María Aznar lo había ninguneado en público y marginado como cónsul en Montpellier.
Por las mismas fechas en que Fungairiño argumentaba, para rechazar el caso en España, que en Guatemala había “voluntad de justicia”, ocho miembros de la judicatura guatemalteca huían del país por amenazas, un juez era linchado y la casa de la presidenta de la Corte de Constitucionalidad, Conchita Mazariegos, era tiroteada por meterse con Ríos Montt.
Ríos Montt, presidente del Congreso, manipuló con los diputados de su partido una ley sobre venta de bebidas, y ante el intento –valeroso- de la Corte Suprema de quitarle la inmunidad por esa ilegalidad cometida, intentó modificar las leyes parlamentarias para evitarlo. La jueza Mazariegos logró entonces imponer el desafuero, sin duda con el respaldo moral de las causas abiertas no sólo en España sino también en Bélgica. Pero salió mal. Tanto, que la propia Corte de Constitucionalidad permitió, por cuatro votos a tres, que Ríos Montt presentara su candidatura a la presidencia en el 2003. No ganó, desde luego; obtuvo un 18%.
El caso volvió a España en el 2005, gracias a una resolución del Tribunal Constitucional. Durante cuatro años, el juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional, estuvo recibiendo testigos. Pero la Corte de Constitucionalidad guatemalteca tan pronto aceptaba como rechazaba extraditar a los acusados, que nunca llegaron a Madrid. Por fin, la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, impulsada –con gran preocupación y prisas- a raíz del intento de procesar en España al ex ministro de Defensa israelí Beniamin Ben Eliécer por un criminal bombardeo de Gaza en 2002, dejó el asunto definitivamente en Guatemala.
En enero de 2012 Ríos Montt acabó su mandato como diputado y perdió por fin la inmunidad parlamentaria. Sobre él cayeron entonces las denuncias presentadas en los tribunales de Guatemala.
Es una cruel paradoja que Fungairiño haya acabado de algún modo teniendo razón cuando afirmó, como argumento para rechazar el caso, que en Guatemala había “voluntad de justicia”. La ha habido. Pero esa justicia ha costado presiones, amenazas, atentados y asesinatos, tanto a miembros de la judicatura como a defensores de los derechos humanos, periodistas, ciudadanos… Y aún sorprende más este triunfo de la justicia en un país que en la década pasada alcanzaba grados de violencia superiores a los de los años de la guerra. Sobre esta violencia extendida y enquistada ha reflexionado mucho el escritor Rodrigo Rey Rosa en sus breves, afiladas novelas (una lectura que recomiendo), pintando un panorama poco menos que desesperanzado.
Durante años he recibido los informes mensuales del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), una oenegé dedicada sobre todo a los desaparecidos, que son del orden de los 45.000. Al principio, era alentador -e incluso daba envidia, visto desde España- que, con los acuerdos de paz todavía muy recientes se descubrieran y se abrieran las fosas comunes de la guerra. Luego empezaron a llegar los listados cargados de cifras con las víctimas de todo tipo de violencia, política, criminal, civil. Y los números eran cada vez más elevados. Al final, de año en año, uno los leía con profunda desazón.
El magistrado español Carlos Castresana, parte de cuyo trabajo en Guatemala consistió en ayuda al imperio de la ley, me dijo a finales de 2009 que, en efecto, “el número de muertes violentas no ha dejado de crecer desde los acuerdos de paz”. Y enumeraba los totales durante el mandato de cada presidente: 12.000 con Álvaro Arzú, 14.000 con Alfonso Portillo, 21.000 con Óscar Berger, cerca de 25.000 con Álvaro Colom. “Son cifras prácticamente de conflicto; no son cifras de un país en paz, teniendo en cuenta que no llega trece millones de habitantes”. Castresana, uno de los iniciadores de las causas contra Pinochet y los dictadores argentinos desde la Unión Progresista de Fiscales, había recibido el encargo de la ONU de dirigir la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala.
“Me preocupa -decía- un dato muy significativo que me gusta repetir: el país consume el doble de munición que durante la guerra; en aquella época eran 25 millones de balas al año y ahora son 50 millones. ¿Dónde se disparan? Es obvio que una buena parte se destina al contrabando pero otra se dispara en el país, y eso significa que hay un conflicto, que no lo es en el sentido legal y político del término pero sí de otra naturaleza que está pendiente de resolver.”
La violencia generalizada tenía dos aspectos. Uno, la violencia doméstica, que costaba la vida a 700 mujeres al año. En Ciudad Juárez (México), señalaba Castresana, “estamos hablando de 400 mujeres en diez años”, señalaba. En Guatemala, “a la mujer no la mata un extraño. la mata su marido, su novio, su padre, su conviviente, su compañero de trabajo, su jefe…” El otro aspecto: la colusión de delincuencia común y crimen organizado, local y transnacional -el narcotráfico. La particularidad estaba en el origen o la raíz del crimen organizado en buena parte. Como suele ocurrir siempre, los paramilitares -si los hay, y en Guatemala los había- y los servicios de inteligencia acaban creando su red mafiosa.
El último informe del GAM, referido al periodo de enero a abril de este año, registra 2.129 muertes violentas, un 12,2% más que el año anterior en las mismas fechas, y un aumento de la violencia contra los niños del 23% y contra las mujeres, del 18,9% mes a mes. Carlos Castresana, constatando un índice de impunidad del 98%, es decir, tan sólo un 2% de los casos se resuelven, llegaba a decir que “en Guatemala el sistema de justicia se puede considerar casi colapsado”.
¿Cómo fue posible, entonces, que en este ambiente se dieran las condiciones para perseguir a Ríos Montt?
“Bueno…, algunos jueces están funcionando”, me dijo sencillamente Mario Polanco, coordinador del GAM, cuando le pregunté si es que se había producido un milagro. A las juezas Carol Patricia Flores e Iris Jazmín Barrios les cabe sobre todo el mérito por su valentía. Pero, además, Polanco apuntaba a la existencia de una nueva generación tanto en los puestos de la judicatura como en el ejército. Fue significativo que en la Sala A del Tribunal de Alto Riesgo (no es broma, se llama así), los militares que acompañaban a Ríos Montt salieran momentos antes de que se dictara sentencia, un signo claro de que le abandonaban. “El ejército ha cambiado –decía Polanco-. Y, aunque los militares se protegen entre ellos, hay posibilidad de señalarlos”. Un factor que ha debilitado a los militares es el hecho de que saliera a la luz el saqueo que llevaban a cabo de los fondos de Defensa: hasta el equivalente a 150 millones de euros entre 2005 y 2009. Uno de ellos es hijo de Ríos Montt, Enrique Ríos Sosa.
Por otro lado, la oligarquía guatemalteca ya no forma un todo monolítico. Continúa asegurando que no existió el genocidio, pero ya no puede impedir el debate público. La necesidad de una apariencia democrática es mayor. Y el antes todopoderoso Ríos Montt ya no es digno de ser salvado. Los otros dos encausados principales no cuentan: Romeo Lucas murió en su exilio de Venezuela y Mejía Víctores se ha librado consiguiendo ser declarado loco. “Pero no lo está, ni tampoco en silla de ruedas: se pasea…”
Las amenazas a la judicatura van a seguir, desde luego. El mayor riesgo, señala Mario Polanco, es que el año próximo tiene que haber cambio de magistrados “y las mafias quieren tomar el control”: los propios militares, los narcos, e incluso el llamado “rey del tenis”, Roberto López Villatoro, un ex yerno de Ríos Montt que se ha hecho rico importando zapatillas deportivas, al parecer falsificadas. Carlos Castresana ya se enfrentó con ese fenómeno de asalto a la justicia: la ONU se tuvo que hacerse valer para detenerlo, y fue complicado porque, al fin y al cabo, estaba injiriendo en asuntos internos del país. Castresana denunció a López Villatoro y a cinco de un total de ocho magistrados propuestos para el Tribunal Supremo, cuatro de los cuales formaban un grupo de interés vinculado al “rey del tenis”.
Quedan todavía bastantes criminales por procesar. Uno es Benedicto Lucas, hermano de Romeo Lucas y de 80 años. Y otro es nada menos que el actual presidente de la república.
General retirado, Otto Pérez Molina ha sido señalado por organizaciones de derechos humanos guatemaltecas y estadounidenses como uno de los responsables de la masacre de Nebaj –una de las localidades del Triángulo Ixil- en septiembre de 1982. También se le vincula al asesinato del obispo Juan Gerardo. Se trata de organizaciones pequeñas y poco importantes, según Pérez Molina. Un solo testigo, protegido por la fiscalía, un mecánico de un batallón de Ingenieros presente en Nebaj llamado Hugo Reyes, declaró contra él en el proceso a Ríos Montt identificándole como el mayor Tito Arias, el nombre con el que Pérez Molina, graduado –cómo no- en la siniestra Escuela de las Américas, era conocido en aquel entonces.
Es un solo testigo, ha dicho en esta ocasión el presidente. Podían haber sido dos: el periodista norteamericano Allan Nairn, que cubría la guerra en aquellos años, no pudo testificar, según él mismo ha declarado en televisión, por el temor a que Pérez Molina detuviera todo el proceso a Ríos Montt. Protegido por su acceso a la presidencia, en noviembre del 2011, Otto Pérez Molina puede permitirse decir que respeta “las instituciones de justicia” y que no tiene “ningún problema” en pedir perdón en nombre del Estado. “Por ahora es intocable –dice Mario Polanco-. Y hace falta reunir más pruebas”.
Antiguo alumno de la siniestra Escuela de las Américas –donde Estados Unidos formó a una generación de torturadores latinoamericanos-, Otto Pérez Molina contaba con el beneplácito de La Embajada para que un general octogenario, útil ya para nada, fuera empapelado, y tiene el mejor escudo posible, que es el que han dado las urnas. Pero todo dependerá de lo que haga en el tiempo que le queda de mandato.

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España y yo somos así, señora

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Muere Alfredo Landa y es enterrado con todos los honores, como dios manda. Como siempre en este país, un rato y basta: el muerto al hoyo y el vivo… En cambio, aquí somos capaces de pasarnos días hablando de la última basura ultraviolenta de farsantes como Tarantino, a quien nadie ha destripado mejor que Michael Haneke, diciendo que “su cinismo hacia el espectador me parece inhumano”. El mismo día que moría Landa, a Haneke le daban el Príncipe de Asturias. ¿Algo que objetar? No, por lo que respecta a Haneke, un tipo peligroso que, juntando dos o tres personajes, es capaz de darte tal patada en las meninges que se te quitan las ganas de ver su siguiente película… pero sabes que acabarás viéndola. Alfredo Landa, en otro registro, desde luego, podía incomodarte también, haciéndote reír por fuera y llorar por dentro. O al menos eso nos ha pasado a los que tenemos ya una cierta edad. En los personajes que hicieron popular a Alfredo Landa podíamos ver a nuestro padre, a nuestro tío, al vecino…, y no sin cierto horror.
Llevo veinte años sin escribir de cine (y, de hecho, fui un diletante, no profundicé mucho; tan sólo me sirvió para empezar en el oficio de periodista), pero hoy la ocasión vale la pena. Alfredo Landa se ha muerto en el momento oportuno para recordarnos que el cine español ha perdido, casi por completo, eso que según la muletilla se llama conexión con la realidad. No queda ni la parodia ni el reírse de nadie ni mucho menos señalar. Estaba yo en Moscú en el verano de 1981 y se había estrenado allí, hacía poco y con gran éxito, “El puente”, que es de 1976. En la URSS de Breznev era una peli de lo más homologable, porque presentaba a un tipo sin conciencia social al que todo le salía mal. No recuerdo nada parecido después a esa película de Bardem (que, encima, era una “road movie”), y mira que motivos no han faltado. Ni tampoco nada como “Las verdes praderas”, donde Landa acaba pegándole fuego a su segunda residencia.
Las necrológicas han sido apreciables, me parece: la profunda, especialmente sentida de su biógrafo Marcos Ordóñez, la muy justa de Carlos Boyero, o una muy certera con lo que ha significado este gran actor, la de Manuel Gutiérrez Aragón en “El Mundo”. Aunque el cine de Gutiérrez Aragón siempre ha tenido mucho de realismo mágico (y una de las mejores secuencias de Fernán Gómez, la del discurso de “La mitad del cielo”), dice: “Estábamos con el Quijote –la miniserie de televisión- y, obviamente, él era Sancho. Lo pienso ahora y, así como es difícil decidirse por quién puede ser el mejor Quijano del cine, lo que no hay duda es que su escudero sólo puede ser Landa. Y, de nuevo, la metáfora se cierra. Si Sancho es la mejor imagen de nosotros, Landa otro tanto”.
Pero, aún más: Gutiérrez Aragón pone las cosas en su sitio y en vez de hablar del “landismo” habla de la “españolada”, que es como siempre se llamaron las películas de la mucha caspa con las que Landa empezó a retratarnos. Entonces lo suyo era con una caricatura; luego, cuando pudo ponerse serio en sus trabajos posteriores, un dibujo al carbón. Alfredo Landa no fue un gran actor español, sino un gran actor sin apelativos. ¿Quién demonios sería su equivalente en Hollywood? No se me ocurre. Como ya la memoria cinéfila me falla, sólo soy capaz de acordarme de Alberto Sordi, que fue reconocido como encarnación del italiano medio. Y al lado de Sordi estaba Vittorio Gassman. Al lado de Alfredo Landa, José Sacristán, Juan Diego… ¿Quién queda, en el plantel español capaz de reflejarnos y de reflejar un tiempo y un país?
España tuvo actores y actrices enormes, que labraban su trabajo desde la calle y desde el teatro, no desde el propio cine y el sofá de casa viendo vídeos. Y alguien escribía para estos actores y actrices. Pero ya no están ahí ni Mario Camus, ni Borau, ni Berlanga, ni Rafael Azcona, ni siquiera el productor Elías Querejeta. Hablar con Berlanga al final de su vida era como hacer un doctorado rápido en sociología, y con Azcona, que no se dejaba entrevistar, ni quiero imaginármelo. En este sentido, lo único realmente grande que he visto en esta época de historias y películas clónicas ha sido a Pepe Sancho –por cierto, en sus últimos días- en la versión televisiva de “Crematorio”. Quien no entienda su creación es que no se ha enterado de qué va este país. Lamentablemente, mientras tanto otro grande, Emilio Gutiérrez Caba, tiene que ganarse la vida haciendo un bodrio -de lo peor, pero de éxito- como “Gran reserva”. Según escribía Gregorio Morán hace una semana en “La Vanguardia”, lo único que ha valido la pena recientemente es la última de Isabel Coixet, “El ayer no muere nunca”, como retrato de esta lamentable sociedad nuestra y con una actriz auténtica, Candela Peña, que por lo visto, no se si será verdad, no tenía ni para pagarse el billete del Ave para ir a recoger el Goya. Candela Peña recordó, con su premio en la mano, el efecto de los recortes en sanidad cuando su padre murió en un hospital de Viladecans. Y no faltó quien encima la puso a caldo. Como siempre en este país.

La semana patética de Obama

La política exterior de Estados Unidos está adquiriendo un grado de inanidad, de insignificancia, inhabitual, por no decir impropio, teniendo en cuenta que tiene menos frentes activos abiertos que nunca en los últimos años. La administración Obama se las ha arreglado muy bien y sin mayores molestias en tres asuntos: las retiradas de Iraq y de Afganistán -que son un hecho- y la política de bombardeos a base de drones en el territorio salvaje de Pakistán sin tener que dar mayores explicaciones, por muy ilegal que sea bajo la propia legislación estadounidense. Y en las fechas más recientes, las amenazas de Corea del Norte, que son pura coña en la que nadie cree, le han venido bien para desviar la atención sobre el único asunto de verdad grave, que es Siria. Tan grave debe ser para Estados Unidos esa guerra que en cuanto ocurre algo más allá de la matanza cotidiana Washington emite señales desconcertantes como nunca.
No hace tanto que se supo que Barack Obama rechazó todas las recomendaciones (y parece que eran unánimes) de meterse en Siria, por lo menos ayudando militarmente de forma abierta a los rebeldes. El argumento hecho público por la Casa Blanca parecía tan cabal y decente como impropio de un estado que ha sido capaz de las más retorcidas operaciones secretas que el mundo ha visto: no sabemos, decía Obama, a quién demonios irían a parar las armas, y sin caen en manos de los rebeldes islamistas vamos dados… Muy bien. Pero hay que ser ingenuo para creerlo. ¿O es que ya no son capaces de entregar una mercancía?
Esta pasada semana hemos asistido a otro discurso patético. El mismo día, el jefe del Pentágono, que responde al curioso nombre de Chuck Hagel (estuvo en la infantería en Vienam), dio una versión sobre las supuestas armas químicas de Bashar el Asad y al cabo de unas horas tuvo que dar otra distinta. ¿Qué había cambiado? Nada. Hagel estaba de gira por los países aliados del Golfo, que son los que pagan la guerra siria para los rebeldes sirios, y la primera vez desestimó los informes israelíes y británicos sobre el uso de gas sarín por parte del régimen. Poco después, John McCain -siempre dispuesto a defender a los débiles- dio cuenta del informe que le remitió, a petición, la Casa Blanca a él y a otro senador sobre el mismo asunto. Chuck Hagel, después de que McCain reuniera a la prensa, tuvo que ponerse más serio y mencionar de nuevo las supuestas “líneas rojas” que el uso de armas químicas supondrían para Estados Unidos y sus aliados, traspasadas las cuales se considerarían legitimados para intervenir militarmente. Pero Obama, entonces, volvió a rebajar el tono, diciendo que hay que investigar más, tenerlo todo claro, etc. En total, nada.
El mismo día en que se producía este lío, The Times de Londres, a través de su enviado especial en Alepo, Anthony Loyd, que es un buen reportero, daba cuenta de la muerte de una familia siria víctima del gas sarín el 19 de marzo. Y apuntaba, muy acertadamente, que Bashar el Asad estaba “probando” a Obama con el uso del arma química a pequeña escala. La prueba, parece claro, ha sido un acierto y El Asad puede sentirse satisfecho de la respuesta de Obama.
Todo esto ocurría al mismo tiempo que se inauguraba en Dallas (Texas) un monumento a la desvergüenza política: la biblioteca George W. Bush, en sí misma un oxímoron, pues no está demostrado que este presidente fuera capaz de asimilar algo más complejo que el cuento de la cabrita que leía a aquellos niños la tarde en que cayeron las torres gemelas. El homenaje aljefe de estado más nocivo que ha tenido el país con diferencia, el tipo que se rodeó de una banda de forajidos especialmente rapaces e irreflexivos, rebajó a Obama a extremos más allá de lo patético. Después del aplauso del hombre que quería enmendar tanto desastre, ¿qué se puede esperar de él?
¿Hay, pues, alguna conclusión? Dificilmente, en cuanto a política exterior y a Siria, que es lo que verdaderamente importa. O bien Obama sabe lo que quiere hacer y, evidentemente, no lo dice, o no tiene la menor idea de lo que hará. Lo que se sabe hasta ahora de los planes de Washington es que 200 militares (quizás sean más) están en Jordania, supuestamente preparando a una fuerza de varios miles de sirios “laicos” dispuestos a entrar en el país. Al otro lado de la frontera -según versiones israelíes- habría unos 250 milicianos integristas venidos de Iraq ocupando lugares clave cerca de los altos del Golán, de tal modo que, entre los islamistas que actúan desde el norte, éstos de la frontera jordana y los que intentan asediar Damasco, no quedaría sitio para los rebeldes “buenos” según el criterio occidental, cuya misión sería crear una “zona tampón” entre Jordania y el territorio que todavía controla el régimen, una idea que evoca el experimento del frente del oeste en la guerra de Libia, que permitió la irrupción en Trípoli por la ruta más corta gracias a una buena fuerza de choque y a buena operación de inteligencia en el interior.
Pero puede que todo llegue demasiado tarde y demasiado mal para la población. De la visita de los saudíes a la Casa Blanca, que se produjo inmediatamente después del atentado de Boston, nada se ha dicho, y nada se dirá.

Lo malo de ser checheno

A estas horas, mientras se persigue por todo Boston y alrededores a un chaval de 19 años de origen checheno, cómplice al parecer de su hermano mayor, sólo espero que, a diferencia de éste, sea capturado con vida y pueda ser interrogado. Porque hasta ahora el mero hecho de ser chechenos y musulmanes los ha catalogado como terroristas, cuando muy bien podría tratarse de un vulgar asesino -un “lobo solitario” al mejor estilo norteamericano- que fue secundado por su hermanito. Y los motivos ideológicos, si los hay, podrían ser de naturaleza muy difusa…
Durante todo el viernes, las agencias de noticias exprimieron al máximo la hipótesis del terrorismo islamista. Basándose -y esto es lo más grave- en páginas de la versión rusa de Facebook, Vkontakte (en ruso “en contacto”), se señalaban cosas como que los hermanos eran musulmanes, que el mayor, Tamerlán, condenaba el alcohol, etc., etc., y que el pequeño y huido Yojar incluía en su página enlaces a webs islámicas y sobre la guerra siria y el independentismo checheno, como si no fuera de lo más normal en un chaval de su edad, origen y cultura. Aunque podría serlo, eso no le convierte en terrorista.
Desde el Kremlin, un portavoz de Putin se ocupó de recordar que el presidente había advertido, mucho tiempo atrás, que no existen “mis” terroristas o “tus” terroristas, sino que el mismo terrorismo afecta a todos porque es global. Y esto sirve para justificar tanto el trato que él y los suyos han dado a los chechenos durante años como su apoyo al régimen de Bashar el Asad, habida cuenta de que son los salafistas los que llevan la delantera en la guerra de Siria (gracias a Qatar y Arabia Saudí, los más indeseables aliados que podría tener Estados Unidos) y que Siria no está tan lejos del patio trasero ruso del norte del Cáucaso como podría parecer.
Sin embargo, la ONG rusa Memorial dudaba mucho de que la pareja siguiera las órdenes del actual jefe rebelde checheno, Doku Umárov -o Doku Abu Usmán-. Y la propia página web rebelde Kavkaz Center, que se dedicó a analizar un sinfín de datos -incluidos supuestos registros falsos en Twitter- titulaba: “Extraños terroristas: el uno soñaba con tener una carrera y ganar dinero -el joven Yojar- y el otro, con competir por América en los Juegos Olímpicos”… Ni Kavkaz Center ni algunos observadores occidentales pierden de vista que el hecho de que los criminales sean chechenos le viene bien a Putin.

Desde aquella vez que ví a Chávez

Chávez
Ví solamente una vez a Chávez, cuando aún no se ponía camisas rojas ni chándales con la bandera nacional. No las tenía entonces todas consigo como gobernante ni se intuía la enorme influencia que tendría después en América Latina: para mí, y al margen de su personaje, de lo que haya hecho o dejado de hacer en Venezuela, su herencia más importante.

Fue ante alumnos de la Escuela Diplomática, en Madrid, en mayo de 2002. Y dijo cosas como esta:

“¡El neoliberalismo es el camino… pero al infierno! Yo hago un llamado a los jóvenes para que se opongan. Según los neoliberales, el mercado es más poderoso que Dios. Pero una contradicción que el neoliberalismo no ha podido solucionar es que genera desempleo”.

Le vi desde un palco, muy cerca del escenario. Chávez, durante una hora exacta de discurso, no utilizó ni una sola nota, y fue rematadamente preciso y agudo. Le aplaudieron mucho, más de lo que lo esperaba de semejante auditorio. Traía consigo un ejemplar de la Constitución del tamaño de uno de esos minúsculos diccionarios de viaje, y lo mostraba a cada rato, se lo guardaba en un bolsillo interior de la americana y lo volvía a sacar, siempre con algún comentario orgulloso pero bromista, qué cosa tan pequeña la Constitución, pero qué importante… Ahora parece que en Caracas se la saltan a la torera.

Hugo Chávez será lo que se quiera, no voy a calificarle de nada, pero era un político de talla, y mucho más coherente que nuestros registradores de la propiedad y abogados sin oficio que nos gobiernan. En aquel mayo de 2002, Chávez vino a Madrid para una cumbre Unión Europea-América Latina, y se fotografió con Aznar. Luego le acusaría de participar en el intento de golpe contra él (“Han inventado un nuevo formato de golpe de estado que debería figurar en el libro aquel de Curzio Malaparte”, dijo en aquella conferencia, y me juego cualquier cosa a que Aznar no debe saber todavía quién era Malaparte). Pero no pasó nada, y España siguió vendiendo fragatas a la Venezuela bolivariana.

Vale la pena recordar, a propósito de aquella cumbre, quién mandaba en cada país latinoamericano. En Colombia, Andrés Pastrana (le sustituiría el impresentable Álvaro Uribe). En México, Vicente Fox (con este, el ex jefe de la Coca Cola en su país, empresa que controla el negocio del agua potable en DF, estuve en un desayuno-entrevista deprimente). En Ecuador, Bolivia y Uruguay mandaban esos que se podrían llamar los de siempre, Álvaro Noboa, Jorge Quiroga, Jorge Batlle… En Perú, el gran fiasco del cholo Alejandro Toledo (le conocí de candidato y de presidente, y casi me convenció la primera vez; la segunda ya no). En Argentina, uno de sus fantoches habituales, Eduardo Duhalde. En Chile, Ricardo Lagos. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso, que precedería a Lula da Silva… Y no sigo.

¿Alguien se acuerda de toda esta tropa? No, ¿verdad? Pues entonces ya estaba Chávez… Y luego vendrían Evo Morales, Rafael Correa, José Mujica, Ollanta Humala y el susodicho Lula. Con todos los peros que se les puede añadir a todos ellos, aparecieron gracias al influjo de Hugo Chávez y por primera vez en treinta años los pobres de América Latina volvieron a recuperar un poco la voz. Mal o bien, plantaron cara al neoliberalismo, a Estados Unidos y su Acuerdo de Libre Comerio de las Américas, ALCA. “El ALCA… ¡al carajo!”, decía Chávez.

Y todos ellos ganaron elecciones democráticamente, incluido Chávez, algo que no se le perdona. Aún me acuerdo de un libro que tiré a la basura, en aquella época pre-Lehman Brothers en que Chávez era el demonio y el miserable neocon Robert Kagan, asesor de Bush, se forraba dando conferencias. Se titulaba “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, y lo firmaban Álvaro Vargas Llosa (papá escribía el prólogo), Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, jaleadores profesionales de la derecha. Se trataba de dar la réplica -tardía- a “Las venas abiertas de América Latina”, el libro de Eduardo Galeano que solía regalar Chávez, y decir que ser de izquierdas es ser imbécil.

De modo que algo movió Chávez en América Latina. Devolvió cierto orgullo por lo menos. Cuando llamaba a Bush “Mister Danger” todo el mundo se descojonaba. ¿Y saben qué pasó? Que Mario Vargas Llosa acabó escribiendo que votaría a Ollanta Humala, un militar como Chavez, hijo de un rojo que era además indigenista… Del libro aquel, como de los presidentes de hace una década, tampoco se acuerda nadie. El de Galeano sigue en las librerías.

Haití: la ONU no paga un céntimo por el cólera

Me pregunto si estoy fuera de onda por seguir escribiendo sobre Haití (llevo más de cuarenta artículos) cuando parece que a nadie le importa. Incluso Forges -y no es una crítica- ha dejado de añadir su “pero no te olvides…” en su viñeta diaria. La manera indecente, ignominiosa en que la ONU se ha desentendido de la epidemia de cólera que provocó, con qué desprecio ha tratado a sus víctimas, apenas ha merecido atención en los medios españoles y bien poca en los medios internacionales. Todavía no he visto que se pronuncie públicamente al respecto ni una sola ONG, y son centenares las que han trabajado o trabajan aún en el país. Tras el terremoto del 12 de enero de 2010, las donaciones particulares en todo el mundo sumaron 2.300 millones de euros.

Desde octubre de 2010 han muerto de cólera en Haití cerca de 8.000 personas y más de 500.000 han sido infectadas, sobre una población de once millones de habitantes.

¿Qué ha hecho mal la ONU? Todo: negar su responsabilidad, esconder a los que tomaron parte en el desastre, guardar silencio y, por fin, contestar a una reclamación de cinco mil familias que pedían indemnizaciones diciendo que no pagará un céntimo y que tal demanda no es “recibible” o aceptable, ya que Naciones Unidas goza de “inmunidad” según los acuerdos legales que la amparan desde 1946 y que le fueron garantizados por Estados Unidos cuando estableció allí su sede.

En Haití no se había producido una epidemia de cólera en cien años, y estudios epidemiológicos señalan que un terremoto no es un fenómeno que la desencadene.

A estas alturas, está claro cómo sucedió todo. Lo demostró el epidemiólogo francés Renaud Piarroux, pero hubo además otros estudios. El origen del contagio estaba en un campamento de cascos azules nepalíes en Mirebalais, al norte de Puerto Príncipe. La epidemia estalló el 19 de octubre, inmediatamente después de que las tropas nepalíes hicieran un relevo. En Nepal el cólera es endémico, y justo en aquel verano se había producido un brote. El Center for Diseases Control, de Estados Unidos, identificó el origen asiático de la bacteria de Haití: era la misma de Nepal.

Las letrinas del campamento nepalí en Mirebalais estaban sobre un terraplén fangoso que iba a dar al río Artibonite, y había filtraciones de aguas fecales. Una vez por semana, la mierda salía en camiones de una empresa haitiano-estadounidense, Sanco, contratada por la ONU, y era descargada en siete pozos al descubierto, también en un promontorio junto al río donde la gente lavaba, se bañaba e incluso tomaba agua. Había viviendas cerca. Dos periodistas, de la agencia Ap y del canal Al Jazira, visitaron el lugar. La gente decía que los pozos rebosaban “constantemente”.

La misión de la ONU, Minustah, envió un comunicado contra “los rumores difundidos por ciertos medios” y aseguró que sus análisis del agua del río Artibonite daban “negativo”.

No llegué a Mirebalais porque el coche en el que viajaba con varios colegas se averió sin remedio. Pero pude visitar la región de Artibonite, río abajo, que es la región arrocera del país. Miseria espantosa en un paisaje bellísimo de arrozales con palmeras al fondo. En un mercado sofocado por las moscas pude ver la clase de carne que comen los haitianos del campo, cuando la comen, y los sacos de arroz local al lado del que viene de Vietnam o de Estados Unidos, mucho más barato y que ha arruinado al país por obra y gracia de sus políticos y de Bill Clinton, que rompió el mercado haitiano a beneficio de los productores de Arkansas, su estado natal. Un hombre se lavaba, con jabón, en un canal de riego, y en los campos medio anegados los cultivadores se resignaban a lo que viniera. El jerifalte local les vendía agua potable pero, al estar en campaña electoral, se la regalaba temporalmente. En Saint Marc, la capital de la provincia, se contaban a mediados de noviembre 1.523 muertos y 30.000 hospitalizados.

Dos años más tarde, la misión de la ONU pagaba un viaje de periodistas al que fui invitado. Hubo canapés y vino a discreción en una velada en el lujoso –y reconstruido- hotel Montana, con muchos responsables de departamento encargados de dar conversación y transpirando un deseo incontenible de largarse del país cuanto antes y para siempre. Su jefe, el ex canciller chileno Mariano Fernández, también. Cuando le pregunté por lo del cólera dijo que no podía hablar porque el asunto estaba “sub judice”, es decir, pendiente de la demanda.

Ahora Fernández ya no está, y le sustituye de momento Nigel Fisher, que era el coordinador humanitario cuando se declaró la epidemia. El predecesor de Fernández, y máximo responsable de la Minustah del cólera, el guatemalteco Edmond Mulet –un hombre con grandes dotes para el cinismo- ha vuelto a su puesto anterior en Nueva York como número dos del departamento de operaciones de paz.

Recibí el otro día el comunicado firmado por Nigel Fisher en el que se remitía a “la sección 29 de la Convención de 1946 sobre los privilegios y la inmunidad de Naciones Unidas” para justificar que la ONU no pagaría indenminazaciones. Tenía toda la frialdad que requiere un lavarse las manos. No había excusas. La demanda fue presentada por el Instituto por la Justicia y la Democracia (IJD), una ONG de derechos humanos con base en Boston y Puerto Príncipe de la que son miembros abogados estadounidenses y haitianos. Reclamaba cien mil dólares (76.000 euros) por cada fallecido y la mitad por cada enfermo. Conocí a un par de abogados de la IJD, una estadounidense y un haitiano, cuando hacían de observadores independientes en las elecciones de aquel noviembre, en plena epidemia de cólera, que fueron manipuladas y falseadas. Me parecieron gente seria. Su director, Brian Concannon, se quedó pasmado ante el argumento de la ONU de que aceptar la demanda supondría “una revisión de la política” de la organización mundial. “Bajo esta definición –dijo-, cualquier daño que la ONU cause a cualquier persona es un asunto político”. Y así es. En 2005 se demostró que el hijo de Kofi Annan se forró con el programa “Petroleo por alimentos” en Iraq, mucho antes de la invasión norteamericana. No fue el único, desde luego. Y papá Annan, como si fuera un político español, no dimitió. En aquella época, hay que tener en cuenta, sin embargo, la administración Bush hacía todo lo posible por cargarse la ONU y la tachaba de “irrelevante”.

En Naciones Unidas cualquier trapo sucio se lava en casa: a los soldados que violaron a jóvenes de ambos sexos en Haití simplemente los enviaron a su país; anteriormente, una demanda de una empleada por acoso sexual contra el jefe del comisariado para los refugiados, Ruud Lubers, acabó en nada: al tipo lo mandaron a casa. En esto la ONU se parece al Vaticano. Y tiene sentido porque se trata de una burocracia gigantesca en la que, razonablemente, todos se cubren mutuamente.

En Haití, las tropas de la Minustah siempre han sido consideradas invasoras (el país soportó en el pasado dos invasiones de “marines” de EE.UU.), y cualquier desmán levanta protestas más o menos violentas en la calle. El cólera fue el colmo.

-Me recoges todas las pistolas –le decía un oficial a otro, este último de paisano- en la cafetería de la base onusiana de Puerto Príncipe, permanentemente refrescada con difusores de agua y ventiladores-. ¡Y no me pongas a los nuestros delante en los operativos, me los pones detrás de la policía haitiana!

Alguno de la Minustah se había cargado a alguien. Los coches blancos de la ONU hace tiempo que no pueden circular por el centro de la capital.

The Atlantic, uno de los pocos medios que se ha ocupado de este asunto, consultó a cinco expertos en derecho internacional y “a ninguno se le ocurrió ninguna instancia en los tribunales de Estados Unidos o de Europa en que la ONU pudiera ser demandada con éxito”. El artículo de The Atlantic empieza diciendo que “si una multinacional se hubiera comportado de la manera que la ONU lo hizo en Haití la hubieran demandado por una cantidad de dinero estratosférica”. http://www.theatlantic.com/international/archive/2013/02/how-the-un-caused-haitis-cholera-crisis-and-wont-be-held-responsible/273526/

La Atlántida en el desierto de Mali

Laatlantida

He visto la película La Atlántida, de G.W. Pabst. Es una película vieja, de 1932, que se conserva moderna en muchos aspectos. Sitúa el continente perdido bajo las arenas del desierto de lo que hoy es Mali, según la novela de Pierre Benoit y las hipótesis francesas del siglo XIX. Hay otras versiones de esta historia, pero esta es la mejor. Dos legionarios franceses, un capitán y un teniente, en viaje de exploración, se despiden de una periodista también francesa que se dirigirá a Tombuctú y se internan en el desierto. Atacados por los tuareg, acaban en una ciudad subterránea, una kasba asfixiante de paredes encaladas, como prisioneros de la reina Antinea.

Los encuadres, la escenografía, proceden de las pinturas románticas. Los tuareg aparecen con sus vestimentas tradicionales, espadas y amuletos con toda autenticidad, o al menos eso parece…

-Y ahora, ¿qué? ¿Váis a pedir rescate? -pregunta el teniente francés al tuareg que le vigila.

-No. No hay rescate. Te vas a quedar aquí -responde el tuareg.

Encarna a la reina de la Atlántida la actriz alemana Brigitte Helm, la protagonista de Metrópolis, de Fritz Lang, donde hacía el doble papel de la ingenua heroína María y el maléfico robot que tomaba sus rasgos. En la película de Pabst, la Antinea del relato, convertida por el destino en reina del desierto, resulta ser en realidad una ex bailarina francesa de can-can…

Nada es lo que parece. Ni en esa historia a veces surreal ni, probablemente, en lo que está ocurriendo en Mali estos días, que no lo es menos. Bajo las arenas existe una Atlántida verdadera de recursos energéticos y minerales. Artículos como los de John Pilger http://www.zcommunications.org/the-real-invasion-of-africa-is-not-news-and-a-licence-to-lie-is-hollywood-s-gift-by-john-pilger, Rafael Poch y el experto en el país Jeremy Keenan http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5637 aportan un montón de claves sobre este punto, los intereses occidentales en Mali y el papel de los islamistas. Y muy oportunamente, en cuanto se confirmaba, en los últimos días, el avance de las tropas franco-malienses hacia el norte, Estados Unidos hacía saber que ha firmado un acuerdo con el vecino Níger para tener allí una base de aviones no tripulados (drones, o zánganos en inglés) que vigilarán los movimientos de los yihadistas en Mali. El acuerdo es lo bastante “amplio” como para permitir (¿acaso el gobierno nigerino es alguien para negarse?) que estos drones de la CIA no sólo espíen a los malos sino que también los maten. De hecho, así ha sido aprobado por la administración Obama en base a una de esas actas de “guerra contra el terrorismo” y a la doctrina vigente de asesinatos selectivos, que a nadie disgusta salvo quizás por del detalle de que en Pakistán han supuesto la muerte de más de 800 personas que estaban en el lugar equivocado en el peor momento. Puede que en el desierto las cosas sean más fáciles pero, ¿y si los yihadistas se ocultan entre la gente de los centros poblados del norte del país?

Igual de aséptica ha sido esta “guerra relámpago” (empezó el 11 de enero), aparentemente sin víctimas por la huida a las montañas de los alqaedos. En realidad, no es así. Los periodistas han tenido que esperar seis y diez días para poder entrar en cada ciudad liberada. Según el diario Libération, no es el ejército francés sino el maliense el que tiene un miedo cerval a que algún que otro periodista pueda ser secuestrado por imprudente. Los lumpenyihadistas tienen todavía once rehenes franceses…, una baza para el futuro. De paso, las tropas se han evitado testigos. Amnistía Internacional, aunque sus observadores lo tuvieron tan complicado como los periodistas, acaba de publicar un informe de lo que ha alcanzado a saber: en la ciudad de Konna los helicópteros franceses han matado civiles –niños incluidos- y los soldados malienses han perpetrado lo que técnicamente se llama “ejecuciones extrajudiciales”, arrojando después a los muertos, que tenían pinta de árabes o de de tuareg, a un pozo. Los yihadistas para entonces ya se habían largado en sus camionetas y sus motos.

De modo que los soldados, a su manera, daban ejemplo a la población civil.

En otras ciudades fronterizas comenzó enseguida la caza de los blancos -los árabes y los tuareg que optaron por no marcharse- y el saqueo de comercios de aquellos que, por convicción o por conveniencia, se pusieron al servicio de los islamistas. Es la venganza por la imposición de la ley islámica.

Pero, además, existe una larga lista de agravios entre los habitantes del norte y los del sur, que no viene de ahora. La misma situación se vive en Nigeria, con 3.000 muertos desde que empezó la guerra con el grupo islamista Boko Haram, en el 2009. Y en Sudán, la guerra entre el norte árabe y el sur negro duró treinta años, hasta que Estados Unidos logró imponer la independencias de lo que hoy es Sur Sudán. Con distintas caras, la historia se repite a todo lo largo de la franja africana del Sahel -en proceso acelerado de desertización, además, desde hace sus buenos treinta o cuarenta años-. Es la herencia, la maldición colonial.

En La Atlántida, el legionario francés protagonista acababa perdido en el desierto.