Para (intentar) entender lo de Siria / 3. El misil que le falta a Bashar el Asad

(Publicado en La Vanguardia el 6 de Septiembre de 2013)

VladímirPutin ha despejado una incógnita en San Petersburgo: Rusia, principal proveedora de armas a Siria, suspende el envío del sistema de misiles S-300 a Bashar el Asad… aunque ya estaba medio pagado. El sistema S-300 es el equivalente ruso del Patriot estadounidense, misiles de medio-largo alcance capaces de interceptar en pleno vuelo misiles de crucero y aviones de combate; es decir, el mayor obstáculo para el pretendido ataque de Barack Obama a Siria con los Tomahawk. EE.UU. y la OTAN tienen instalados misiles Patriot en Jordania y Turquía.

No se trataba de un misterio, pero en los últimos meses rusos y sirios dejaron margen para la especulación. A finales de mayo, inmediatamente después de que la Unión Europea levantara el embargo de armas a Siria (para apoyar legalmente a los rebeldes), Bashar el Asad dijo que había recibido ya el primer envío de S-300. Rusia afirmó entonces que los S-300 serían “un factor estabilizador”, a lo que Israel respondió amenazando con atacar Siria.

Rusia se desdijo, asegurando que, aunque seguía vigente el contrato (por mil millones de dólares, firmado en el 2011 pero antes de la guerra), la entrega se retrasaba hasta el 2014. Más aún, tras el ataque químico del pasado 21 de agosto, el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, dejó muy claro que Rusia no iba a “entrar en guerra con nadie”. Rusia ha ido evacuando, a lo largo de esta guerra, a sus ciudadanos en Siria, incluido el personal de la base naval de Tartus. Si el S-300 estuviera ya en el país, según el protocolo habitual tendría que ser manejado al principio por los expertos rusos hasta que el cliente sirio estuviera entrenado. Eso sería como entrar directamente en la guerra, y si un ataque norteamericano a una de estas baterías provocara bajas rusas, eso podría ser casus belli.

La agencia rusa Ria-Novosti ha confirmado las palabras de Putin en el sentido de que los componentes entregados -supuestamente en mayo- no son suficientes para poner en marcha una batería de defensa antiaérea. Tampoco Damasco podría haber obtenido el sistema a través de Irán porque Rusia incumplió este mismo tipo de contrato con Teherán y no le envió los S-300. Moscú aplicó el embargo de armas dictado por las sanciones de la ONU contra Irán y suspendió el acuerdo, lo que llevó al Gobierno iraní a denunciar a Rusia ante el Tribunal Internacional de Arbitraje de Ginebra. Los iraníes están desarrollando su propio equivalente al S-300, pero queda lejos de estar listo.

Los planes de intervención en Siria se empezaron a barajar en el Pentágono por orden de Obama oficialmente en marzo del 2012. El esquema inicial era parecido al que se aplicó en Libia en el 2011: imponer una zona de exclusión aérea y abrir corredores para las fuerzas rebeldes. Sin embargo, según explicó al Senado el jefe de Estado Mayor, el general Dempsey, lograr la superioridad aérea en Siria costaría “un periodo de tiempo prolongado y un gran número de aeronaves”, cientos de aviones. Siria no es Libia. La aviación de El Asad es tan obsoleta e ineficiente como lo era la de Gadafi, pero su defensa antiaérea integrada es aparentemente mejor y más numerosa. El primer día de bombardeo de la OTAN sobre Libia se lanzó un centenar de misiles Tomahawk. En el caso de un ataque sostenido a Siria se suma otro problema: es necesaria la colaboración de las fuerzas de tierra para la identificación de objetivos móviles y las comunicaciones. En el caso sirio, ¿en quién hay que confiar?

Todo esto daría sentido a la opción de operación “limitada” a que se ha referido Obama. Existe el precedente de septiembre del 2007, cuando la aviación israelí atacó una supuesta instalación nuclear en Siria, bloqueando la defensa electrónica y los radares durante un breve periodo de tiempo.

Pero queda otro problema. Lo que los rusos sí han tenido tiempo de enviar a Siria es el sistema antibuque Bastión, instalado en la costa pero móvil, que está equipado con misiles supersónicos P-800 Yajont, lo bastante potentes como para hundir un barco a más de 300 kilómetros de distancia. Naturalmente, la Armada de EE.UU., desde cuyos navíos se lanzarían los Tomahawk contra Siria, dispone del sistema antimisil Aegis para protegerse, pero se supone que el misil Yajont está diseñado precisamente para contrarrestarlo…

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Para (intentar) entender lo de Siria / 2. Triple juego en el campo sirio

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ARABIA SAUDI, ESTADOS UNIDOS Y LOS YIHADISTAS, EN UNA INSÓLITA ALIANZA DE INTERESES CONTRA EL RÉGIMEN DE BASHAR EL ASAD

(Publicado en La Vanguardia el 2 de Septiembre de 2013)

El 22 de agosto, al día siguiente del ataque químico en Damasco, el Financial Times publicaba una carta al director firmada por K.N. Al Sabah, de Londres. Decía: “Señor, Irán está apoyando a El Asad. ¡Los estados del Golfo están contra El Asad! El Asad está contra los Hermanos Musulmanes (…) ¡Pero los estados del Golfo son pro-Al Sisi! Lo que significa que están contra los Hermanos Musulmanes! (…) Los estados del Golfo son pro-EE.UU. Pero Turquía está con los estados del Golfo contra El Asad, aunque Turquía está a favor de los Hermanos Musulmanes contra el general Al Sisi. Y el general Al Sisi está apoyado por los estados del Golfo!”
El remitente concluía: “Bienvenido a Oriente Medio y que tenga un buen día”. ¿Confuso? Desde luego. En la carta -que resumimos- el autor concentraba la historia más reciente de Oriente Medio. Pero faltaba el dato más nuevo: EE.UU. está contra El Asad y apoya a los rebeldes sirios, cuya fuerza más importante son yihadistas y asociados a Al Qaeda, que es precisamente el enemigo jurado de EE.UU. En Siria, estos radicales han recibido armas de Arabia Saudí, que es aliado estratégico de EE.UU. en la región. Al mismo tiempo, Barack Obama bombardea con aviones no tripulados a Al Qaeda en Yemen y la frontera afgano-pakistaní (causando por cierto miles de víctimas civiles).
¿Cómo es posible semejante alianza ? En Siria, algunos piensan -o quieren pensar- que Washington aprovecharía el ataque a El Asad para diezmar también a los yihadistas. Otros temen eso mismo. Y observadores exteriores como Robert Fisk creen que no lo hará en absoluto. En el campo de batalla de Siria está la pugna Arabia Saudí-Irán, con sus respectivos aliados EE.UU. y Rusia, en la que Turquía y Qatar aparecen como aspirantes a poderes regionales.
Entre los rebeldes sirios, la filiación islamista ha llegado a ser garantía de recibir armas. Hasta marzo, el tráfico de armas -a través de Turquía y Jordania- era mucho mayor por parte de Qatar que de Arabia Saudí, aunque ambos países colaboraban en las entregas. Pero las cosas han cambiado y el peso de los saudíes, sobre el terreno y en la Coalición Nacional Siria -la oposición política en el exilio-, es ahora mayor.
Todo esto ha coincidido en el tiempo con la abdicación, en junio, del emir qatarí en su hijo y en la sustitución del poderoso ministro de Exteriores y primer ministro, Hamad bin Yazme al Zani, el hombre que llevó a un estado minúsculo a la primera línea de la política regional.
El analista Vijay Prashad observa que desde entonces la política exterior qatarí está en rápida decadencia y señala que Washington cree que la manera de “desinflar” a los Hermanos Musulmanes -a los que antes apoyó indirectamente en Egipto y que están patrocinados por Qatar- es reducir las ambiciones del pequeño emirato. La ecuación también funciona al revés: en Egipto, los Hermanos Musulmanes han sido echados del poder, con lo que Qatar pierde peso, mientras que el partido salafista Al Nur, apoyado por los saudíes, forma parte de la coalición cívico-militar encabezada por el general Al Sisi.
Qatar ha sido enemigo y ha sido aliado de EE.UU. Apoya a Hamas y les puso oficina a los talibanes afganos en Doha, pero también fue un importante socio en el derrocamiento de Gadafi en Libia. La cadena Al Yazira ha sido muy odiada por Washington, pero ahora acaba de inaugurarse el canal Al Yazira América…
Se especuló mucho sobre el interés estadounidense en la caída del gran ministro de Exteriores del viejo emir Al Zani, a la vez que se producía el asenso de John Brennan a jefe de la CIA. En la época en que Brennan fue asesor de Obama en política antiterrorista, según The Wall Street Journal , tuvo de confidente al príncipe saudí Bandar bin Sultan al Saud, que parece ser el hombre del momento.
Amigo de George W. Bush, y de formación estadounidense en su juventud, Bandar desempeñó muchos papeles para EE.UU. en Afganistán e Iraq. Ahora, convertido en jefe de los servicios secretos saudíes, se habría presentado de nuevo como solucionador de problemas , despejando además a Qatar del juego sirio. Se le atribuye haber convencido a Washington de que hay que derrocar a Bashar el Asad y de que eso es posible ayudando con dinero y armas a las milicias menos radicales. Sin embargo, sobre quién ha armado a los más alqaedistas, si Qatar o Arabia Saudí, hay versiones para todos los gustos. Es obvio que quien tiene más medios recluta más combatientes, pero la promesa de controlar e impulsar a determinadas milicias, aceptables para EE.UU., parece cuando menos optimista. Los testimonios recogidos por la periodista Dale Gavlak en el lugar del ataque químico (ver La Vanguardia del 31/IX/2013) afirmaban que Bandar era el proveedor de gas tóxico a los rebeldes (a quienes se les habría ido de las manos , a través de un jefe miliciano saudí.
La reaparición del príncipe Bandar como gestor del ataque de EE.UU. ha servido para desempolvar una pequeña historia sobre petróleo, gas e intereses rusos que podría haber explicado por qué Moscú se ha mostrado tan poco beligerante ante los planes de ataque de Obama.
El 31 de julio, el príncipe Bandar visitó a Vladímir Putin y le ofreció de todo a cambio de que aceptara una resolución del Consejo de Seguridad contra Siria. A saber: conservar la base naval de Tartus, garantías de que los terroristas chechenos no atenten contra los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi, una compra de armas por 15.000 millones de dólares, inversiones en Rusia, un pacto para regular el precio del petróleo y la promesa de que Arabia Saudí no permitiría a los estados del Golfo (léase Qatar) exportar gas a través de Siria dañando los intereses de Rusia.
Los medios rusos filtraron esta oferta y el diario beirutí As Safir la publicó con un sospechoso lujo de detalles y citas textuales, atribuyéndola a un diplomático occidental en Líbano. La intención, según Vitali Naumkin, del Instituto de Oriente de la Academia de Ciencias rusa, era “desacreditar a Rusia” y crear dudas sobre su posición respecto a Siria. Pero Putin no iba a ceder por vender 150 carros de combate T-90 (España espera que los saudíes compren 250 carros Leopard), ni tampoco iba a aceptar que quienes financian a los chechenos le cuiden la granja… Tampoco un acuerdo sobre el precio del petróleo le interesa, según The Daily Telegraph .
Y en cuanto al gas… En el 2009, Qatar estudió con Turquía la construcción de un gasoducto. El objetivo era, una vez más, contrarrestar el peso del gas ruso en Europa. Había dos rutas posibles. Pasando siempre por Arabia Saudí, una llegaría a Turquía por Iraq y la otra, por Jordania y Siria. Esta última era entonces la más segura. Pero Damasco no firmó, y optó por un gasoducto Irán-sur de Iraq-Siria en el que habría inversión rusa. Si existe un pacto por parte de Rusia, no parece ser el del príncipe Bandar. Pero en todo lo que respecta a Oriente Medio, la cuestión no es otra que el petróleo y el gas.

Para (intentar) entender lo de Siria / 1. El empeño de las monarquías árabes por liquidar los regímenes republicanos

(Publicado en La Vanguardia el 3 de Agosto de 2013)

Un empeño incesante parece mover a las monarquías árabes a derrocar -o por lo menos a desearlo- los regímenes laicos, republicanos y nacionalistas, independientemente de que fueran tiránicos o no: Sadam Husein en Iraq, Ben Ali en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y -así lo esperan- Bashar el Asad. No es extraño que, en el mapa de las alianzas regionales contra Damasco, estas naciones de corta historia, escaso concepto del estado y -por razones históricas y de población- gobiernos autoritarios sin ideología, estén surcados de bases militares de EE.UU. Así ocurre en Kuwait, Bahréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, incluso -con la instalación de campos de entrenamiento y misiles Patriot- Jordania.
El filósofo del islam político y fundador del Comité Islámico de Rusia, Geidar Dzhemal, escribía en abril que la principal característicade la guerra siria es que “no es una guerra de clases, no es una guerra por los recursos, no es un conflicto entre distintos clanes criminales (…) Se trata de una guerra totalmente política. La política en este caso adelanta a la ideología, aunque casi siempre ha sido así. En esta situación concreta el conflicto político coincide con el ideológico, lo que subraya lo inevitable del choque directo”.
Es una lectura del enfrentamiento en que ha degenerado Siria: el fundamentalismo suní radical contra todos los demás. A diferencia de los casos de Sadam Husein y el coronel Gadafi, el factor confesional se ha convertido en un eje. Así, las divisiones en el mundo árabe respecto a la guerra siria son notorias en Iraq, donde ésta ha realimentado violentamente el conflicto entre la mayoría suní y los chiíes en el poder, y en Líbano, donde los ataques y atentados entre unos y otros van en aumento. En Bahréin, la mayoría chií ha quedado silenciada por la represión. En Egipto, el derrocado presidente Mohamed Morsi había llamado a luchar al lado de los rebeldes suníes sirios. Arabia Saudí -en su doble condición de aliada estratégica de EE.UU. y de promotora del fundamentalismo- y Qatar, que respalda el islam político de los Hermanos Musulmanes allí donde estén, sea Túnez, Libia o Siria, son quienes financian las milicias islamistas en esta guerra.
Qatar ha sido el gran difusor de la primavera árabe a través de su televisión, Al Yazira. Su rival, el también global canal saudí Al Arabiya, fue el primero en emitir las imágenes del ataque tóxico del 21 de agosto. Por último, la Liga Árabe, engrasada por el dinero qatarí, sirve a estos fines como órgano regional. El miércoles afirmó la “plena responsabilidad del régimen” de Damasco en el ataque químico. A los ocho meses de la rebelión siria, el emir de Qatar (el padre del actual) ya impulsaba el acoso y derribo del régimen. “Yo en su lugar dimitiría”, apuntaba el rey Abdulah de Jordania. La ruptura de Bashar el Asad y el turco Recep Tayyip Erdogan alimentaba esta postura. Para los árabes, según señalaba Hugh Pope, del International Crisis Group, Turquía irrumpía en el mundo árabe tomando partido -apoyando la rebelión siria- a la vez que intentaba imponer “un modelo de dominio regional de cuño otomano”.
Para la izquierda árabe, esta guerra es la mayor tragedia. La izquierda tradicional, para la cual Siria era un baluarte ante el imperialismo y el sionismo, tenía que pechar con la represión brutal de Damasco sin poder excusarla, mientras que los intelectuales más libres observaban preocupados la manipulación de que la rebelión estaba siendo objeto por parte de Arabia Saudí, Qatar, Turquía y Estados Unidos. Finalmente, es esta minoría la que ha acabado teniendo razón, al pensar que los beneficiarios del desastre sirio son precisamente los regímenes árabes a los que señalan como los más retrógrados.

Ex jefazos de la ONU denuncian el ataque a Siria

Varios ex jefazos de la ONU denuncian en una carta los planes de ataque a Siria y los argumentos más que dudosos con los que pretenden justificarla. De paso, dicen cuatro verdades. Ya era hora de una cosa así, pero ojalá no fueran antiguos jefes sino los actuales (la fidelidad a unos sueldos fantásticos, ya se sabe…).
Aquí va la carta:

ALEGATO POR LA PAZ

Los tambores de guerra vuelven a resonar una vez más en Oriente Próximo, esta vez con la posibilidad de un inminente ataque a Siria después del supuesto uso de armas químicas por parte de su gobierno. Precisamente en momentos de crisis como estos es cuando los argumentos en favor de la paz son más claros y obvios.

En primer lugar, no tenemos pruebas solidas de que el gobierno sirio haya utilizado armas químicas. Aunque los gobiernos occidentales hubieran proporcionado pruebas, tendríamos que permanecer escépticos recordando los muchos incidentes falsos o fabricados utilizados para justificar el precipitarse a la guerra: el incidente del Golfo de Tonkin, la masacre de las incubadoras de Kuwait, la masacre de Racak en Kosovo, las armas iraquíes de destrucción masiva y la amenaza de una masacre en Bengasi. Vale la pena recordar que las pruebas que indicaban que el gobierno sirio había utilizado armas químicas fueron proporcionadas a Estados Unidos por la inteligencia israelí http://www.theguardian.com/world/2013/aug/28/israeli-intelligence-intercepted-syria-chemical-talk
, que no es exactamente un actor neutral.

Aunque en esta ocasión las pruebas fueran auténticas, esto no legitimaría una acción unilateral por parte de nadie. Todavía se necesita la autorización del Consejo de Seguridad para una acción militar. Quienes se lamentan de su “inacción” deberían recordar que la oposición china y rusa a la intervención en Siria se debe en parte al abuso por parte de las potencias occidentales de la Resolución del Consejo de Seguridad sobre Libia para llevar a cabo un “cambio de régimen” en ese país. Lo que se denomina la “comunidad internacional”, que desea atacar Siria, se reduce a dos países (Estados Unidos y Francia) de los casi doscientos que existen en el mundo. No es posible respetar el derecho internacional sin respetar la opinión decente del resto de la humanidad.

Aunque se autorizara y llevara a cabo una acción militar, ¿qué conseguiría? No se pueden controlar seriamente las armas químicas sin tropas de tierra, lo que nadie considera una opción realista después de los desastres de Iraq y Afganistán. Occidente no tiene un aliado verdadero y fiable en Siria. Los yihadistas que luchan contra el gobierno no siente más amor por Occidente que aquellos que asesinaron al embajador estadounidense en Libia. Una cosa es tomar el dinero y las armas de un país y otra muy diferente es ser su genuino aliado.

Los gobiernos sirio, iraní y ruso han hecho propuestas de negociación que han sido tratadas despectivamente por Occidente. Aquellas personas que afirman “no podemos hablar o negociar con Assad” olvidan que se dijo lo mismo del Frente de Liberación Nacional de Argelia, de Ho Chi Minh, Mao, la Unión Soviética, la OLP, el IRA, ETA, Mandela y el CNA, y muchas guerrillas en América Latina. La cuestión no es si se habla o no con la otra parte, sino después de cuántas muertes innecesarias se acepta hacerlo.

La época en la que Estados Unidos y los pocos aliados que le quedaban actuaban como policía global ha quedado atrás. El mundo se está volviendo más multipolar y los pueblos del mundo quieren más soberanía, no menos. La mayor transformación social del siglo XX ha sido la descolonización y Occidente debería adaptarse al hecho de que no tiene ni el derecho ni la competencia ni los medios de gobernar el mundo.

No existe un lugar en el que la estrategia de guerras interminables haya fracasado más miserablemente que en Oriente Próximo. A largo plazo, el derrocamiento de Mossadegh en Irán, la aventura del Canal de Suez, las muchas guerras israelíes, las dos Guerras del Golfo, las amenazas constantes y las sanciones asesinas contra Iraq y ahora contra Irán, la intervención en Libia no han conseguido nada más que aumentar las masacres, el odio y el caos. Sin un cambio radical de política Siria solo puede ser otro fracaso para Occidente.

El verdadero valor no consiste en lanzar misiles crucero simplemente para hacer gala de un poder militar que se ha vuelto cada vez más ineficaz. El verdadero valor reside en romper radicalmente con esta lógica mortífera y, en vez de ello, obligar a Israel a negociar de buena fe con los palestinos, convocar una Segunda Conferencia de Ginebra sobre Siria y discutir con los iraníes su programa nuclear de forma honesta teniendo en cuenta la legítima seguridad y los intereses de Irán.

La reciente votación del Parlamento británico en contra de la guerra así como las reacciones en los medios sociales reflejan un giro generalizado de la opinión pública. En Occidente estamos cansados de guerras y estamos dispuestos a unirnos a la verdadera comunidad internacional en exigir un mundo basado en la Carta de las Naciones Unidas, la desmilitarización, el respeto a la soberanía nacional y la igualdad de todas las naciones.

Los pueblos de Occidente también exigen ejercer su derecho a la autodeterminación: si hay que emprender guerras, se debe hacer basándose en debates abiertos y teniendo en cuenta las preocupaciones que afectan directamente a nuestra seguridad nacional y no en una mal definida noción de “derecho de injerencia” que se puede manipular y falsear fácilmente.

Está en nosotros y nosotras obligar a nuestros políticos a respetar este derecho a la autodeterminación.

Por la paz y en contra de la intervención.

Firmas:

Dr Hans Christof Graf von Sponeck, Secretario General adjunto de la ONU, y Coordinador Humanitario de la ONU para Iraq 1998 – 2000.

Dr. Denis J. Halliday, Secretario General adjunto de la ONU 1994-98

Dr. Saïd Zulficar, funcionario de la UNESCO 1967 to 1996, Director de la División del Patrimonio Cultural 1992 -1996

Dr. Samir Radwan, Fonctionnaire OIT de 1979 à 2003. Conseiller du Directeur général de l’OIT sur les politiques de développement de 2001 à 2003. Ministre égyptien des Finances de janvier à juillet 2011.

Dr. Samir Basta, directeur du bureau régional pour l’Europe de l’Unicef (1990 à 1995). Directeur Bureau d’Evaluation de l’UNICEF (1985-1990)

Guerra química en Siria: estúpidos o criminales

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El gas sarín actúa sobre las neuronas, inhibe unos enzimas que se ocupan de las conexiones intercelulares y se carga la actividad del nervio vago. La muerte llega por asfixia. Quizás sea sarín lo que mató a cientos de personas, a muchos niños, en la periferia de Damasco, el miércoles a las tres de la madrugada. Quizás sea otra cosa. No importa: puede ser la mayor matanza de la guerra de Siria. La pregunta es quién lo hizo.
Siempre hay que preguntarse a quién beneficia tal o cual cosa. ¿Le beneficia a Bashar el Asad? Veamos:
La guerra no le va mal, aunque parece que aún va a durar mucho tiempo. Las milicias rebeldes están divididas -al igual que sus patrocinadores Qatar, Arabia Saudí y Estados Unidos- y no actúan coordinadas.
Nadie le presiona desde el exterior. Y puede cargarse de razones cuando en Egipto matan y persiguen a los Hermanos Musulmanes, los cuales, como organización internacional y que ya la liaron en Siria en los años ochenta, son el viejo enemigo del régimen laico sirio.
Que se sepa, nadie ha desertado de sus filas desde hace por lo menos un año (tal vez me equivoque con la fecha).
Tiene desde el domingo pasado veinte observadores de la ONU que investigarán el uso de armas químicas en tres sitios, dos de los cuales no se han dado a conocer. El jefe de la misión es un sueco, y a dicho -más o menos- que sería muy estúpido por parte de El Asad tirarle gas tóxico a la gente en estos momentos (y además, en la misma Damasco).
Quizás es que se siente más seguro que nunca, y sabe que Obama no reaccionará ante lo que él mismo llamo “líneas rojas”, el uso de armas químicas.
¿O es que a alguien de los suyos se le ha ido la mano?
Entre los muertos, en unos barrios donde por lo visto ha plantado sus reales la milicia Ahrar al Sham, salafista y formada en su día por numerosos elementos extranjeros, no había guerrilleros.
¿Podrían haber sido los propios rebeldes?
La ocasión, con los inspectores de la ONU en Damasco -que de todos modos tendrían que recibir autorización del gobierno para investigar en esos barrios- la pintaban calva.
Que unos fanáticos se carguen a la gente a la que se supone -sólo se supone- defienden entra perfectamente dentro de lo posible. Posiblemente nadie haya matado más musulmanes que los chicos de Al Qaeda con sus atentados, hay que tenerlo en cuenta. Los propios norteamericanos lo han hecho con su gente en operaciones encubiertas.
Unos y otros, el régimen y los rebeldes, han utilizado ya armas químicas en más de una ocasión. El fotoperiodista Ricardo García Vilanova -el reportero español que más tiempo ha pasado en Siria desde el inicio de la guerra- ha sido testigo de cómo los médicos sirios hacen lo imposible por tratar de paliar los ataques químicos del ejército, hasta ahora limitados y discretos. Del otro lado, los rebeldes acabaron perdiendo -pero sin grandes consecuencias- la batalla de la propaganda después de utilizar gas en Alepo. Se la colaron al “Times” de Londres, pero expertos franceses lo desmintieron y la fiscal Carla del Ponte -comisionada por la ONU para una investigación bastante difusa, por cierto- apuntó directamente hacia el lado rebelde. Los responsables eran, al parecer, Jabar al Nusra, la milicia islamista más potente, de la que hay testimonios de que poseía gas sarín y que, según analistas vinculados a la CIA, mantiene buenas relaciones con Ahrar el Sham.
¿Quién sabe de qué va todo esto? De lo que menos se habla es de la misión de los norteamericanos con base en Jordania, que se supone tiene que velar por la vigilancia de los arsenales químicos sirios. Esta misión no es secreta sino públicamente reconocida. Se conocería dónde están los arsenales y quién los maneja. Ya dirán.

La semana patética de Obama

La política exterior de Estados Unidos está adquiriendo un grado de inanidad, de insignificancia, inhabitual, por no decir impropio, teniendo en cuenta que tiene menos frentes activos abiertos que nunca en los últimos años. La administración Obama se las ha arreglado muy bien y sin mayores molestias en tres asuntos: las retiradas de Iraq y de Afganistán -que son un hecho- y la política de bombardeos a base de drones en el territorio salvaje de Pakistán sin tener que dar mayores explicaciones, por muy ilegal que sea bajo la propia legislación estadounidense. Y en las fechas más recientes, las amenazas de Corea del Norte, que son pura coña en la que nadie cree, le han venido bien para desviar la atención sobre el único asunto de verdad grave, que es Siria. Tan grave debe ser para Estados Unidos esa guerra que en cuanto ocurre algo más allá de la matanza cotidiana Washington emite señales desconcertantes como nunca.
No hace tanto que se supo que Barack Obama rechazó todas las recomendaciones (y parece que eran unánimes) de meterse en Siria, por lo menos ayudando militarmente de forma abierta a los rebeldes. El argumento hecho público por la Casa Blanca parecía tan cabal y decente como impropio de un estado que ha sido capaz de las más retorcidas operaciones secretas que el mundo ha visto: no sabemos, decía Obama, a quién demonios irían a parar las armas, y sin caen en manos de los rebeldes islamistas vamos dados… Muy bien. Pero hay que ser ingenuo para creerlo. ¿O es que ya no son capaces de entregar una mercancía?
Esta pasada semana hemos asistido a otro discurso patético. El mismo día, el jefe del Pentágono, que responde al curioso nombre de Chuck Hagel (estuvo en la infantería en Vienam), dio una versión sobre las supuestas armas químicas de Bashar el Asad y al cabo de unas horas tuvo que dar otra distinta. ¿Qué había cambiado? Nada. Hagel estaba de gira por los países aliados del Golfo, que son los que pagan la guerra siria para los rebeldes sirios, y la primera vez desestimó los informes israelíes y británicos sobre el uso de gas sarín por parte del régimen. Poco después, John McCain -siempre dispuesto a defender a los débiles- dio cuenta del informe que le remitió, a petición, la Casa Blanca a él y a otro senador sobre el mismo asunto. Chuck Hagel, después de que McCain reuniera a la prensa, tuvo que ponerse más serio y mencionar de nuevo las supuestas “líneas rojas” que el uso de armas químicas supondrían para Estados Unidos y sus aliados, traspasadas las cuales se considerarían legitimados para intervenir militarmente. Pero Obama, entonces, volvió a rebajar el tono, diciendo que hay que investigar más, tenerlo todo claro, etc. En total, nada.
El mismo día en que se producía este lío, The Times de Londres, a través de su enviado especial en Alepo, Anthony Loyd, que es un buen reportero, daba cuenta de la muerte de una familia siria víctima del gas sarín el 19 de marzo. Y apuntaba, muy acertadamente, que Bashar el Asad estaba “probando” a Obama con el uso del arma química a pequeña escala. La prueba, parece claro, ha sido un acierto y El Asad puede sentirse satisfecho de la respuesta de Obama.
Todo esto ocurría al mismo tiempo que se inauguraba en Dallas (Texas) un monumento a la desvergüenza política: la biblioteca George W. Bush, en sí misma un oxímoron, pues no está demostrado que este presidente fuera capaz de asimilar algo más complejo que el cuento de la cabrita que leía a aquellos niños la tarde en que cayeron las torres gemelas. El homenaje aljefe de estado más nocivo que ha tenido el país con diferencia, el tipo que se rodeó de una banda de forajidos especialmente rapaces e irreflexivos, rebajó a Obama a extremos más allá de lo patético. Después del aplauso del hombre que quería enmendar tanto desastre, ¿qué se puede esperar de él?
¿Hay, pues, alguna conclusión? Dificilmente, en cuanto a política exterior y a Siria, que es lo que verdaderamente importa. O bien Obama sabe lo que quiere hacer y, evidentemente, no lo dice, o no tiene la menor idea de lo que hará. Lo que se sabe hasta ahora de los planes de Washington es que 200 militares (quizás sean más) están en Jordania, supuestamente preparando a una fuerza de varios miles de sirios “laicos” dispuestos a entrar en el país. Al otro lado de la frontera -según versiones israelíes- habría unos 250 milicianos integristas venidos de Iraq ocupando lugares clave cerca de los altos del Golán, de tal modo que, entre los islamistas que actúan desde el norte, éstos de la frontera jordana y los que intentan asediar Damasco, no quedaría sitio para los rebeldes “buenos” según el criterio occidental, cuya misión sería crear una “zona tampón” entre Jordania y el territorio que todavía controla el régimen, una idea que evoca el experimento del frente del oeste en la guerra de Libia, que permitió la irrupción en Trípoli por la ruta más corta gracias a una buena fuerza de choque y a buena operación de inteligencia en el interior.
Pero puede que todo llegue demasiado tarde y demasiado mal para la población. De la visita de los saudíes a la Casa Blanca, que se produjo inmediatamente después del atentado de Boston, nada se ha dicho, y nada se dirá.

Qué puede pasar en Siria esta semana

Aquí van algunas ideas de lo que se dice, se colige, se especula que puede pasar en los próximos día en Siria.

En la batalla de Alepo, las tropas de Bashar el Asad está por la labor de expulsar al rebelde Ejército Libre Sirio (ELS) de la ciudad. De lo que ocurre allí sólo hay unas pocas fuentes realmente fiables, las de los reporteros que se han quedado dentro. La campaña de desinformación, de un lado y del otro, ha hecho que, una vez más, sólo nos podamos fiar de los periodistas que se juegan la vida en el sitio, y aun así su acceso al conjunto de la situación no es posible: occidentales y árabes sólo pueden trabajar en la parte rebelde; en la del gobierno, lo hacen rusos e iraníes, y no mucho.

El ejército sirio persigue, al mismo tiempo, acabar con el territorio liberado del ELS junto a la frontera turca, pero van pasando las semanas y sigue concentrado en Alepo. Las incursiones en este sector corren a cargo de la aviación, tan sólo, y en realidad de forma limitada. Según unas versiones, las tropas de tierra no dan más de sí porque están empeñadas en otros frentes secundarios (Alepo no es el único); según otras, la familia Asad todavía no ha sacado todo lo que tienen y muchos soldados permanecen aún en sus cuarteles, porque la guerra será larga…

En cualquier caso, las noticias que se han adelantado para esta semana son muy interesantes, aunque vienen de una fuente ignota… Las ha difundido en inglés un tuitero que afirma ser sirio y que se identifica como The 47th, y dicen que el ELS va a disponer de cohetes portátiles antiaéreos SA-7. Hay otros rumores en el mismo sentido.

Lo de los antiaéreos parece fundamental, porque con ellos se podría combatir a la aviación y frenar así un avance de las tropas del régimen no sólo en Alepo sino en toda la provincia del mismo nombre, limítrofe con Turquía. De otro modo, las fuerzas del presidente El Asad lo tendrían mucho más fácil para cerrar la frontera turca y estrangular a la milicia rebelde.

Estos cohetes portátiles procederían de Libia. Llamados SA-7 en la terminología de la OTAN, son de fabricación rusa y su nombre original es Strelá (flecha). El nombre genérico, en inglés, del artefacto es SAM (misil superficie-aire). En la guerra de Afganistán de los ochenta, los muyaidín utilizaron con mucho éxito la versión americana, los Stinger, contra los helicópteros soviéticos.

Un rebelde libio, con un SA-7. Foto: Patrick Baz / Afp.

Y en Libia, en marzo del 2011, cuando el asedio de Bengasi era inminente, un buen día hicieron su aparición en las azoteas de los cuarteles rebeldes, uno, dos, tres, cuatro… Lograron derribar dos aviones; lástima que uno de ellos era de los propios rebeldes. Fue un triste error, con los tanques de Gadafi a las puertas de la ciudad. Lo pude ver perfectamente desde la calle, a eso de las nueve y media de la mañana del 17 de marzo. Sobrevolaba la ciudad a baja altura, la zona de exclusión aérea acababa de ser impuesta por la OTAN y nos preguntábamos entonces si iba o no a bombardear el cuartel general rebelde, junto al puerto. Pero resultó ser uno de los cuatro cazas que tenían los insurgentes. Ni siquiera se vio cómo subía el cohete para alcanzar el avión, que cayó igual que una cerilla que se arroja al suelo. Precisamente la víspera, un diputado conservador alemán de visita que había sido alcanzado cerca del frente de Brega por una lluvia de morteros –muriendo sus acompañantes libios- discutía con un miembro del Consejo Nacional de Transición la necesidad de cohetes Stinger. Aparentemente, en aquel ambiente de caos y a la vez de secretismo del campo rebelde, ni uno ni otro sabían que los cohetes ya habían llegado a Bengasi.

También en esa misma semana se ha de celebrar en territorio turco una reunión de comandantes rebeldes sirios para unificar de algún modo un mando militar, que hasta ahora parece poco menos que inexistente. En Turquía, el coronel desertor Riad el Asad (sin parentesco con la familia gobernante) se presentó en sociedad en junio del 2011 como jefe del Ejército Libre Sirio, pero no es reconocido (en qué medida no lo sabemos) por los comandantes del interior. Eso sí, su actividad en internet es incesante.

Todo esto nos lo adelanta el mencionado tuitero The 47th. Quienquiera que sea, hasta el momento ha acertado en dos cosas: la deserción del general Mustafa Tlas -viejo amigo de la familia El Asad-, que anunció con 24 horas de antelación,  y la defección de un alto cargo, hace más de una semana. Advirtió entonces que había problemas para sacarlo del país. Se trataba del primer ministro, Riad Hijab, y en efecto el hombre se largó a Jordania más o menos en el plazo señalado.

¿Qué se espera, además de todo esto? Teniendo en cuenta cómo están las cosas –e incluso que estamos en pleno agosto-, las fuerzas exteriores implicadas parecen muy relajadas. Nadie tiene prisa. Si acaso, Irán, que apoya a Bashar el Asad, vuelve a intentar una ofensiva diplomática para no quedarse fuera del concierto. Del viaje de Hillary Clinton a Turquía, y de su insinuación de que a lo mejor se impone una zona de exclusión aérea como en Libia, vale más no hacer caso. Porque es obvio que aquí nadie dice la verdad.