La privatización de Haití

Michel Martelly, presidente de Haití

Tres años del terremoto de Haití, y parece que fue ayer, ¿verdad?

No ha habido una catástrofe comparable en el mundo. No hay que medirla por el número de muertos, sino por el hecho de que ocurrió en un país que ya estaba destruido. Nunca en un terremoto había desaparecido, en cuestión de segundos, la estructura de un estado. También desapareció un centenar de funcionarios de la misión de la ONU que estaba allí para apoyarlo. Así ni siquiera fue posible contar los muertos. Había que enterrarlos deprisa, y muchos iban a parar a una gran fosa común a las afueras de Puerto Príncipe, la misma donde los sicarios de la familia Duvalier solían arrojar a sus víctimas. Parece que las cosas no ocurren porque sí. El régimen haitiano, el de siempre, consiste en una docena de familias ricas y millones de miserables; queda un espacio mínimo para lo que llaman la clase media, los que tienen empleo y pagan un alquiler por una vivienda construida con la menor cantidad posible de cemento y hierro. La mayoría de los que murieron fueron estos, los que tienen algún momento para pensar en el estado de cosas del país. De modo que… a la fosa común.

En este aniversario, las ONGs -que ya se sabe que pasan un mal momento debido a la crisis- aprovechan para divulgar una tremenda relación de desastres: el cólera, la desnutrición crónica, el paro en tres cuartas partes de la población, la falta en todas partes de agua potable, electricidad y red sanitaria, las 360.000 personas que continúan sin hogar, la ruina de la agricultura y un sinfín de desgracias más. Un policía español de la misión de la ONU me hizo un resumen de lo que había visto en un año en un campo de 40.000 desplazados: temblores de tierra (hubo varias réplicas), huracanes y lluvias torrenciales, cólera, dengue, violaciones, tiroteos y linchamientos.

Antes del terremoto las cosas ya eran así. Y lo siguen siendo. Visité Haití por última vez en noviembre; no habrá cambiado mucho en dos meses. En aquel campo de desplazados, llamado Jean Marie Vincent, vi a los policías de la ONU partir a trozos una docena tortas fritas -de aspecto infame- para repartirlas a una larga fila de niños. Desde hacía meses tan sólo se suministraba agua a la gente; casi nadie tenía trabajo, ni tan sólo había los habituales chiringuitos donde se venden cuatro cosas como en otros campos. “Vivimos como las bestias”, decían. Hoy, con el aniversario, el campo, que está en unos terrenos militares (en medio de las chabolas quedaban los restos de un helicóptero y una avioneta), será cerrado oficialmente en presencia de la comisaria europea de cooperación, la búlgara Kristalina Georgieva, a quien tengo por cierto vista de la crisis de los refugiados en Túnez al principio de la guerra libia, cuando la UE empezó a temer que todos cruzaran el Mediterráneo.

Adónde irán a parar los desgraciados de Jean Marie Vincent no se sabe, pero lo más probable es que sea a los barrancos que rodean Puerto Príncipe para seguir malviviendo de la misma manera. En un ocasión subí por uno de estos barrancos desde el municipio de Carrefour, que está pegado a la capital. Allí no les afectó el terremoto, pero en todo caso si las paredes de cartón de las barracas se hubieran venido abajo no habrían podido matar a nadie. No puede haber un lugar peor donde vivir en todo el país.

La mayoría de las ONG han hecho las maletas, la ONU ya sólo se ocupa de la seguridad (el índice de criminalidad es sorprendentemente bajo si lo comparamos con Centroamérica; no digamos con Estados Unidos) y en cuanto al gobierno, tanto damnificado empieza a resultar molesto y el concepto dominante ahora es el de “desalojo”.

“Hay una victimización de las víctimas, es decir, doble, y una lumpenización de la población”, decía el cineasta y documentalista Arnold Antonin (¡sí, se filma en Haití, aunque en los formatos más baratos, igual que se pinta, se compone música, se escribe, se hace escultura con materiales sacados de la basura y se tocan todas las ramas del arte). El mejor análisis del país se lo pude escuchar a este hombre. Según el, “el gran problema es la pobreza, que se ha convertido en una fuerza de comercio y de poder; el caos político -constante- es otra forma de comercio, y las catástrofes naturales se han convertido en otra forma de comercio debido a la precariedad de la vida”.

Es algo así como “dejemos que se hunda todo para que nos salven”. Y es aquí donde entra la llamada comunidad internacional, que desde hace años forma parte de un sistema que hace de Haití un país asistido y extremadamente dependiente, de tal modo que la pequeña clase dirigente que habita las colinas de Puerto Príncipe (sobre los barrancos) puede permitirse dejarlo todo en manos de un puñado de políticos venales -o, antes, de los militares-, de las agencias de la ONU y de un millar de ONG (o diez mil, no se sabe a ciencia cierta) y volar todos los fines de semana a Miami o a Santo Domingo. Si los internacionales, que pagan alquileres y buenos sueldos -de paso que roban al Estado a la gente más capaz- se marchan un día, no se sabe lo que puede pasar.

Si algo aprecié en este ambiente fue desidia, hastío y frustración. En la misión de la ONU, Minustah, están deseando echar el cierre. Por si no fuera lo bastante impopular, la Minustah acabó por pegarse un tiro en el pie cuando negó, contra todas las evidencias demostradas por varios epidemiólogos, que el cólera lo provocaron sus soldados nepalíes, cuyas letrinas desagüaban en un río. Han muerto más de 7.000 personas, y se esperan 120.000 casos para este año entrante. Los coches blancos de Minustah evitan el centro de Puerto Príncipe porque “son objetivo” de las protestas y tumultos que se producen allí a cada rato, según me dijo el jefe de inteligencia de la misión. El responsable de Minustah de entonces, que no reconoció la verdad (si recibió órdenes del secretario general de la ONU lo ignoro), el guatemalteco Edmond Mulet, es ahora el número dos del departamento de operaciones de paz en Nueva York.

Me temo que en Haití no se podía haber hecho peor. Después del terremoto, todo el mundo quería echar al presidente René Préval (Washington, para empezar). El hombre sufrió un bloqueo mental absoluto, no abrió la boca durante días, y la gente interpretó su silencio como desprecio. Hubo que organizar unas elecciones (¡con millón y medio de personas viviendo en la calle!) y, después, montar un lío monumental para que el yerno de Préval, candidato oficialista, no ganara. Fue largo, costoso y dio mucho trabajo a las embajadas. Y aun después de eso la marrullera lucha política haitiana impidió durante meses que se formara un gobierno estable.

Entre todo esto se perdió un año y los dineros de la ayuda internacional para la emergencia del terremoto y el cólera y la llamada reconstrucción fueron a parar a las agencias, empresas y ONG contratadas por los países donantes para que hicieran lo que quisieran, sin plan global, sin coordinación ni control efectivo, ni del Estado haitiano ni de organismos internacionales ni de nadie. El resultado de este festival es un chorro de dinero gastado en logística, contratos y dios sabe qué más. Hay quien ha tenido suerte y le ha tocado una casa de cemento, pero hay mutilados del terremoto que verán cómo las termitas se comen pronto su casita de madera, mientras que a sus vecinos no les ha tocado nada. Vale la pena, a este respecto, echarle un vistazo a este breve análisis: http://www.counterpunch.org/2013/01/07/how-the-international-community-failed-haiti/ y en particular a este informe elaborado por una antigua técnico del Banco Mundial: http://www.cgdev.org/content/publications/detail/1426185

Por si fuera poco -aunque tampoco sorprende porque ya sabemos a estas alturas cómo funcionan las cosas-, del dinero prometido entre el 2010 y el 2010, 4.000 millones de euros, sólo se ha desembolsado aproximadamente la mitad. De ahí hay que descontar el 20% que se llevan, por lo menos, los gastos de operación (he visto pagar a los chóferes de una conocida ONG sanitaria una verdadera fortuna), más otro 15-20% que supone el incremento del gasto debido a la impredecibilidad, es decir, a la falta de planificación.

Coincidiendo con la primera vuelta de aquellas elecciones convertidas en farsa, el representante de la Organización de Estados Americanos, el politólogo brasileño Ricardo Seintenfus, se marchó dando un portazo. Seitenfus decía que en Haití se socializaba la desgracia mientras que el beneficio se privatizaba. Y es así. Hay informes que señalan que, antes del terremoto, las ONG ya se ocupaban de la sanidad y la educación del país en un 70% y un 85%. Pero estas cosas nadie las quería oír, y menos que se enteraran los bienintencionados donantes que, en todo el mundo, aportaron 2.300 millones de euros tras el terremoto.

De esta forma, y evitando sistemáticamente suministrar fondos al gobierno de Haití (por poco fiable, por incapaz, por corrupto, por lo que sea…) se llega a la privatización total del Estado. El hombre elegido para asumirlo, apoyado por senadores republicanos de EE.UU., pero bendecido por Hillary Clinton, fue una estrella del carnaval haitiano, Michel Martelly, de quien se dice que cuatro días a la semana es presidente y los otros tres sigue siendo Sweet Micky, el cantante que hacía el ganso y se vestía de mujer. Lo eligieron al fracasar el intento de hacer presidente al mucho más popular Wyclef Jean -el que fuera líder de los Fugees- por tener pasaporte estadounidense.

A Martelly, un hombre sin partido pero con antiguos vínculos con los militares golpistas, le inyectaron un par de millones de dólares y le pusieron de jefe de campaña a un español que desconocía completamente el país pero que había llevado con éxito lo violenta campaña del hoy ex presidente de México Felipe Calderón. Antonio Sola, dueño de un gabinete que ha hecho campañas en el entorno de la FAES, sigue de consejero de Martelly, y ha colocado ahora a uno de sus amigos como jefe de prensa del presidente a pesar de que no habla una palabra de inglés. Dos mujeres enviadas por el ministerio español de Asuntos Exteriores trabajan también en el gobierno haitiano como parte de la cooperación oficial.

Las mañas de Antonio Sola estuvieron a punto de liarla en la primera vuelta electoral. En plena jornada de reflexión, acusó a dos senadores del entonces partido oficialista de disparar desde una camioneta Chevrolet de color dorado contra el candidato Martelly durante un pasacalles en una ciudad el sur del país, matando a uno de sus seguidores. Cuando, al saber la verdad de lo sucedido -y que nadie había disparado a nadie ni había muerto alguno- le pedí explicaciones a Antonio Sola, se lo tomó a broma con el mayor cuajo. Michel Martelly, en cambio, más tarde durante una entrevista estaba muy nervioso.

En noviembre pasado encontré, sin embargo, a un Martelly cambiado, al que va de estadista, un tipo serio que en su encuentro con la prensa se hacía acompañar de un asesor cojo. Sentado a su derecha, este joven cerebro en actitud de permanente alerta le susurraba, le completaba las frases, luego las celebraba, y su jefe le pedía de tanto en tanto que le recordara esto y lo otro. El presidente cantante daba muestras, sin embargo, de cansancio y -estoy casi seguro- de frustración. Sabe que no tiene estado ni lo tendrá, pero debe hacer alguna cosa por el país. No le queda mucho margen, así que se dedica a viajar en busca de inversores. Don de gentes no le falta, y su oferta no es mala: quince años de exención fiscal a quien monte negocio en Haití; podrá comprar además la tierra que quiera, o invertir en el fabuloso, fantasioso plan de turismo que dirige la bella y elegante ministra Stephanie Balmir Villedouin, que por cierto es blanca, supuesta amante del muy pijo primer ministro Laurent Lamothe.

No quisiera negarle a Michel Martelly el beneficio de la duda. Pero la historia de Haití muestra que, como me dijo una vez un economista, “no es un país, sino un lugar donde se vive y se hace negocio”. Puede ser sintomático un hecho: la demolición de las ruinas del blanco palacio presidencial no ha corrido a cargo de excavadoras contratadas por el gobierno; la lleva a cabo la ONG del actor Sean Penn, que al parecer insistió mucho en hacerlo. Y los cascotes se aprovecharán para hacer casas en la inmensa y miserable barriada de Cité Soleil, que un día fue el lugar más violento de las Américas.

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