La banca española, según Trotski

“Dos clases de edificios monumentales dominan en Madrid: iglesias y bancos. La vieja España coloca sus capitales en las iglesias. Los marqueses y condes gastan una millonada en sus panteones familiares y encargan misas para el eterno descanso de sus almas. En los nichos de mármol el oro aparece a la vista de todo el mundo, como para atestiguar las buenas relaciones de sus propietarios con el cielo. Pero España no lleva la mayor parte de su dinero a las iglesias, sino a los bancos. Y en la lucha por el alma de España, los bancos levantan enormes edificios, templos de una suntuosidad aplastante. Su número es incontable, y alternan con las iglesias y los grandes cafés. He aquí el templo, en construcción, del Banco del Río de la Plata. Sería, sin embargo, un error imaginarse que las relaciones entre la Iglesia y la Banca se caracterizan por una lucha encarnizada. Los millones que los piadosos nobles pagan por el privilegio de sus mausoleos son depositados luego en los bancos por los santos padres. Y los bancos, por su parte, prestan su ayuda financiera a todo, sin excluir la construcción de catedrales.”
Lo anota Trotski en 1916, durante un extraño, e involuntario, viaje por España.
Unas páginas más adelante, Trotski escribe:
“El Palacio de las Cortes, con seis columnas corintias, dos leones de bronce y una escultura alegórica triangular sobre la entrada, fue construido a mediados del siglo pasado. En aquel tiempo podría parecer imponente, por lo menos en Madrid. Ahora, aun aquí, parece un edificio provinciano. ¡Dónde va a compararse con los edificios de los bancos!”
¿Y qué parece ahora el Palacio de las Cortes, que hace no tantos días fue protegido innecesariamente la policía, sino un edificio cada vez más irrelevante? Y no sólo en comparación con la banca y la iglesia.
Estamos, insisto, en 1916, cuando Trotski hace esta observación tan simple y atinada, de algún modo un resumen de la historia contemporánea de España. Trotski ha sido deportado de Francia y, custodiado siempre por policías, visita Madrid –incluida la cárcel, aunque brevemente-, luego es llevado a Cádiz y allí embarca hacia Nueva York. Nunca volverá a España, y no escribirá todo esto hasta años después. La traducción de su texto al castellano la hará nada menos que Andreu Nin, el dirigente del POUM, en 1929. Mis peripecias en España ha sido reeditado ahora por Reino de Cordelia de forma muy cuidada, con los grabados de K. Rotova para la edición rusa de 1926.

Son pocas páginas. Y es una lástima, porque es un Trotski con un gran sentido del humor. Más allá de los tópicos del ruido, de la incontinencia verbal, de la picaresca española (auténtica impostura generalizada, a día de hoy), su descripción del país, del paisanaje y del origen de sus males es la de un gran observador, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones en las que viaja. Trotski estudiará la historia de España con interés y eso le permitirá, en 1931, ya exiliado en Turquía, aventurar lo que va a ocurrir ya antes de la proclamación de la República, y luego analizar la revolución frustrada y el devenir de la guerra.

Trotski mantiene correspondencia política con su traductor Nin (cada vez discrepan más), que al parecer intentaría buscarle refugio en España en sus años de exilio. El asesinato de Andreu Nin, en julio de 1937, por los estalinistas le pilla en México. Redacta entonces una declaración política bastante desapasionada. Esas fechas coinciden con el final de su idilio con Frida Kahlo.

Sus dos años de estancia en la Casa Azul de Frida Kahlo en  Coyoacán (no muy lejos, por cierto, de la Casa Roja de la Malinche, la intérprete y amante de Hernán Cortés) los cuenta Trotski entre los más felices de su vida. Es una casa llena de luz, y Trotski tiene una gran habitación, entre la cocina y el jardín. Se muda, con su mujer, Natasha, a unas pocas manzanas de distancia. Pero esa casa se convertirá en una especie de cárcel, y en ella será asesinado, en 1940. Hoy es, posiblemente, la casa museo más extraordinaria del mundo. No se ha tocado casi nada desde entonces. http://museocasadeleontrotsky.blogspot.com.es/

Jirones de pintura desconchada cuelgan del techo de la cocina, por donde se accede a la casa desde el jardín, después de pasar por un  complejo museístico añadido que corresponde a una finca anexa.  Como la casa es perfectamente rectangular, con un pasillo lateral, se dispuso una pasarela de hierro elevada unos centímetros del suelo. El efecto que resulta es un poco teatral; da la impresión de que nos encontremos ante un escenario o un diorama.

Pero, a diferencia de la Casa Azul, todo es auténtico aquí, la cocina de Natasha, con sus cacharros sencillos y las sillas de anea, donde comía la pareja con sus colaboradores-guardaespaldas, en familia; la oficina,  donde trabajaban todos menos Trotski, que tenía su estudio justo al lado. El cuarto de baño es grande, frío y desapacible. Hay un pequeño espacio que hacía de vestidor, muy precario. En el lavabo, junto a un calentador de agua alimentado con leña, se conserva un frasco de masaje Floïd para después del afeitado, una navaja, si no recuerdo mal, y algunas pocas cosas más.

Lo más interesante es el dormitorio, tan austero como el resto. En la pared a la cabecera de la cama hay varios impactos de bala, obra de un grupo de estalinistas, entre ellos el pintor muralista Siqueiros, que irrumpieron a tiros en la casa con la complicidad de un guardaespaldas. Trotski y Natasha lograron refugiarse entre la cama y la pared; el nieto, que dormía en el cuarto contiguo, fue herido en un pie. Trotski, por lo visto, nunca hizo enyesar los agujeros, pero las ventanas fueron parcialmente tapiadas, oscureciendo el interior de la casa; se instalaron puertas blindadas en las habitaciones, se erigió una torre de guardia y la amplia entrada principal pasó a ser parte del muro exterior.

En el estudio de Trotski hay una pequeña librería, un  dictáfono… La mesa es bastante baja y enfrente hay un catre donde se tumbaba para descansar de su dolor de espalda. A menos que se haya cambiado la disposición de los muebles, que no lo parece, el espacio entre la mesa y la pared de atrás es reducido. Ramon Mercader sin duda le golpeó desde un lado con su piolet de mango recortado.

En la cárcel de Madrid, Trotski se procuró una celda “de las de de pago” -cuya existencia le sorprendió mucho- con todas las comodidades posibles. Así lo cuenta en Mis peripecias en España. En la casa de la calle Viena de Coyoacán acabó viviendo como un prisionero. Siempre con sus escoltas, su gran alegría era salir al campo. Mientras escribía la biografía de Stalin, oportunamente truncada por el agente Mercader, en el jardín de la casa cuidaba sus cactus y criaba gallinas y conejos.

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